‘Nashville’ explora nuevos dramas musicales en su 4ª temporada


'Nashville' vuelve a tener la música y el drama romántico y familiar como centro en su cuarta temporada.Que la serie Nashville es una especie de telenovela musical en el que los giros dramáticos llevan a los personajes a situaciones más o menos límite no es nada nuevo. Tras cuatro temporadas quedan pocas dudas. Sin embargo, esta ficción creada por Callie Khouri (Algo de que hablar) ha sabido evolucionar. Mejor dicho, ha sabido moverse lo suficiente para no quedarse estancada en un bucle que repita y una y otra vez los mismos problemas. Esto no quiere decir necesariamente que sea mejor, pues esos problemas se sustituyen por otros de similar índole, pero al menos no empeora, manteniendo el delicado equilibrio entre música y drama que es la base de su éxito.

Los 21 episodios de esta cuarta etapa así lo demuestran. Claramente dividida en dos partes (independientemente del parón programático que ha tenido en la parrilla), el arco argumental general ha sido lo suficientemente inteligente como para sembrar durante las anteriores temporadas el germen de los conflictos a desarrollar. Si a esto sumamos la finalización de algunas tramas secundarias y la evolución de otras, lo que se obtiene es una sensación de narrativa en constante avance, en constante movimiento. Es cierto que, en el fondo, buena parte de los conflictos sigan siendo los mismos (la violencia inherente de algunos personajes, el amor no correspondido, las dudas morales y personales, etc.), pero mientras se siga vistiendo con nuevos conjuntos y personajes, la serie mantendrá el espíritu de entretenimiento y distracción que tiene.

Es igualmente interesante comprobar cómo Nashville ha sabido cambiar el peso dramático hacia otros personajes secundarios. Y eso sí es un acierto por parte de Khouri. Dado que la trama principal protagonizada por los personajes de Connie Britton (serie American Horror Story) y Charles Esten (El último voto) demostraba signos evidentes de fatiga incluso en la segunda temporada, sus creadores han optado por convertirlos en espectadores y protagonistas secundarios de una acción que se centra más en otros personajes. Así, se ha podido desarrollar el conflicto no solo del rol interpretado por Lennon Stella, sino que la trama se ha podido centrar en los dos protagonistas de forma independiente y en historias que, en mayor o menor medida, no tienen nada que ver con su relación personal. Y digo “en mayor o menor medida”, porque lo cierto es que nunca llega a ser algo totalmente independiente.

El principal beneficio de esta decisión es que se destinan más minutos a explorar tanto las tramas de personajes secundarios como las relaciones entre ellos, ajenos y totalmente independientes del epicentro de la historia. Esto permite a la serie ampliar el ámbito dramático, ofreciendo al espectador una mayor complejidad narrativa y un contexto mucho más rico. La mayor y mejor evidencia de esto es el final de la temporada, donde hasta cuatro tramas, algunas de ellas bastante secundarias, tienen su final casi al mismo tiempo. Que la serie ofrezca la misma relevancia a la historia de los protagonistas, al personaje de Chris Carmack (Dark power) y su lucha contra la homofobia, a la pareja formada por Sam Palladio (Runner, Brunner) y Clare Bowen (10 days to die) o a la historia de Hayden Panettiere (Scream 4) es sintomático de que algo está cambiando en esta ficción.

Dudas dramáticas

Con todo, Nashville sigue arrastrando problemas, digamos, cíclicos. Y eso, a pesar de todo, sigue jugando en su contra. El caso más evidente es, precisamente, el de la pareja Palladio-Bowen. Los constantes tiras y aflojas, los reiterados desencuentros y la falta de sintonía aparente entre sus personajes generan un bucle que, aunque define la relación de estos personajes, no es sino una forma de frenar el desarrollo dramático de esta trama secundaria. Al final, la sensación que deja es que pase lo que pase, se produzcan los ganchos dramáticos que se produzcan, no es algo duradero, y al mismo tiempo es algo irremediable. Este no es un problema exclusivo de esta serie, pero habrá que ver hasta qué punto puede estirarse el chicle. Por lo pronto, ya empieza a mostrar síntomas de fatiga.

El caso de las hermanas a las que dan vida Lennon y Maisy Stella (sí, son hermanas en la vida real) requiere algo más de reflexión. La actitud de la primera evidencia una ausencia de tratamiento dramático complejo. Sus creadores parecen limitarse a definirla como una adolescente típica y tópica en grado superlativo. Bien es cierto que el final de la temporada parece ser, cuanto menos, aleccionador, pero eso no impide que deje un aroma recargado en su desarrollo. Con todo, resulta interesante el modo en que evoluciona la relación entre hermanas, y cómo eso afecta de forma tangencial a la vida de la pequeña, que parece perder peso dramático en esta cuarta temporada pero que, al final, es uno de los mejores ejemplos de la pérdida de cierta inocencia en el mundo de la música (en su más amplio sentido).

El gran problema de esta producción es, en realidad, que mientras los principales parecen avanzar en un desarrollo dramático con un objetivo, la trama se olvida de las historias secundarias para convertirlas en meros recursos, en simples muletas en las que apoyarse para hacer crecer las historias principales. Esto condena a personajes que tienen un cierto potencial a una espiral de errores repetidos, de decisiones de las que no aprenden una y otra vez. El caso más claro es el de Layla Grant, cantante a la que da vida Aubrey Peeples (Jem y los hologramas), personaje que empieza a cargar sobre sus hombros el duro peso de ser odiado por los espectadores. Y no tanto por sus decisiones y motivaciones, que también, sino porque tropieza siempre con la misma piedra y no aprende. Claro que también es una estrategia para eliminar parte de ese peso del papel al que da vida Panettiere.

Pero intercambiar personalidades no es la mejor estrategia para que una serie sea tomada en serio. Y Nashville se encuentra en un punto en el que debe decidir si, de una vez por todas, da un paso valiente hacia adelante, dejando atrás sus problemas y eliminando esos bucles en los que parece sentirse tan cómoda. Hasta que no logre eso, y en esta cuarta temporada todavía quedan muchos rescoldos, no será capaz de quitarse esa sensación de producción dramática con tendencia al dramatismo más abrumador. Por supuesto, es ahí donde ha conseguido a su público, y lo lógico es que siga así. Pero, ¿cuánto puede funcionar una fórmula definida por el desgaste de una idea de forma constante?

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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