‘Cien años de perdón’: quien roba a un ladrón…


El robo de 'Cien años de perdón' tiene un motivo oculto.Puede que se haya presentado como un thriller al más puro estilo hollywoodiense, pero la verdad es que lo nuevo de Daniel Calparsoro (Guerreros) tiene mucho de sentimiento patrio y poco de influencia norteamericana. Tal vez en las formas, más que en otra cosa. Y precisamente es esa cercanía con España y la convulsa realidad política y social que vive el país la que convierte a este film en un ejercicio dramático interesante.

De hecho, llega un punto de Cien años de perdón en el que resulta más interesante el contexto político y las intrigas entre agentes del Gobierno que el propio futuro del grupo de ladrones. En este sentido, la evolución dramática de la historia cambia claramente el peso de la acción convirtiendo a los criminales en víctimas, casi héroes, y a los dirigentes en titiriteros que se enredan con sus propios hilos hasta formarse una soga de la que no pueden escapar. No existen, por tantos, grandes giros argumentales al estilo Hollywood. Ni siquiera hay sorpresa final, al menos no con un clímax como cabría esperar de un thriller de este tipo.

Pero es que tampoco se busca. La trama aborda en todo momento las relaciones de poder entre las clases dirigentes que todo lo pueden y los individuos obligados a actuar casi a ciegas. Significativo es el comienzo en el banco, con esos ciudadanos que buscan desesperadamente una solución a sus problemas en una entidad que, precisamente, solo busca su propio interés. Ese paralelismo se extrapola hasta magnitudes mucho mayores a lo largo del desarrollo dramático, obteniendo una radiografía más que notable de la situación política y social del país. A todo ello se suma una puesta en escena sobria y alejada de ocurrencias formales y un reparto impecable, con especial mención a Luis Tosar (También la lluvia) y Rodrigo De la Serna (Diarios de motocicleta).

Lo cierto es que Cien años de perdón se revela como un thriller muy completo, alejado de recursos convencionales (al menos en sus momentos clave) y con una clara apuesta por el equilibrio entre drama, suspense y comedia. Sí, comedia, porque uno de sus momentos más recordados solo logra arrancar carcajadas. Y es esta capacidad para introducir el humor en la situación dramática que se vive (tanto la que narra la historia como la que hace referencia implícita a la corrupción de la política española) lo que más puede llegar a agradecerse. En definitiva, un film muy completo que confirma que en España se puede hacer cine serio, complejo e interesante.

Nota: 7,5/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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