‘Banshee’ adquiere más carga dramática y violenta en su 3ª T


Las secuencias de acción son más intensas en la 3ª T de 'Banshee'.Cabría esperar que a estas alturas, después de dos temporadas intensas, la tercera entrega de episodios de Banshee cayera en un cierto tedio, con repetición de dramas y con una estructura recurrente que mezcla acción y adrenalina. Nada más lejos de la realidad. Los 10 capítulos, que por cierto se antojan un poco escasos, no solo dan una vuelta de tuerca a la violencia que siempre ha caracterizado a esta creación de David Schickler y Jonathan Tropper, sino que ahondan en los personajes a través de un pasado desconocido y el modo en que sus naturalezas determinan sus destinos.

Posiblemente una de las revelaciones más interesantes sea la que afecta al protagonista, ese ladrón convertido en sheriff que en esta ocasión se propone robar el dinero de una base militar. Precisamente este hecho, amén de otros que no desvelaremos, es lo que desencadena una serie de recuerdos que ayudan a explicar un poco mejor las cualidades de las que hace gala el personaje de Antony Starr (El refugio de mi padre). Puede parecer una explicación algo forzada en tanto en cuanto se produce casi sin previo aviso y sin plantear siquiera algunas pistas a lo largo de la historia. Sin embargo, hay que entender la evolución del personaje en esta tercera temporada como un conjunto en el que todo, absolutamente todo, define sus decisiones de futuro, así como las consecuencias del ataque final a la base militar.

Un ataque, por cierto, que no deja indiferente a ninguno de los protagonistas. Todos ellos, sin excepción, terminan esta nueva etapa de Banshee en situaciones complejas, algunos incluso terminando su colaboración con la serie. En cierto modo, estos 10 episodios suponen una especie de conclusión de diversas tramas planteadas desde la primera temporada, ya sean secundarias dramáticas (la relación entre los personajes de Ivana Milicevic y Rus Blackwell) o secundarias de acción (la tensa colaboración entre el rol de Starr y el de Hoon Lee). No diré que resulte poco creíble ver a todos los personajes del tiroteo final empuñar un arma (en esta serie puede pasar casi cualquier cosa), pero sí es excesivamente evidente que el arco dramático de muchos personajes se ha preparado para otorgarles un final digno, lo cual no termina de encajar demasiado en comportamientos previos planteados en la serie.

Lo que sí está claro, y en este sentido esta temporada ha sido brillante, es que la trama centrada en el personaje de Geno Segers (Conversations with Breakfast) ha sido la auténtica protagonista, obteniendo un final más que digno y con una serie de giros narrativos que generan el impacto suficiente para justificar la evolución posterior de los protagonistas, sobre todo del shérif. Es evidente que esta historia, con el peso que había ido adquiriendo a lo largo de las temporadas, tenía que finalizar para dejar el camino libre a explorar la relación con el auténtico villano de la serie, Kyle Proctor (de nuevo un magnífico Ulrich Thomsen, visto en Mortdecai). Sin embargo, se podría haber optado por una resolución tradicional, más enfocada a considerarlo como un mero trámite dramático. Por contra, lo que el espectador se encuentra es una auténtica pesadilla de violencia, acción, muerte y persecución que deja por el camino cadáveres muy inesperados y que eleva a Chayton Littlestone a la categoría de gran villano de la serie.

Más violencia, por favor

En cierto modo, se puede decir que la tercera temporada de Banshee ha sido superior en todos los sentidos. Su trama ha adquirido visos mucho más complejos, algo lógico por otro lado si no quería estancarse después de la resolución de la premisa inicial (la mafia, la venganza, los diamantes, etc.). Pero también ha sabido combinar esa mayor complejidad con un mejor y más radical uso de la violencia. Soy consciente de que decir eso de una serie en la que ya se ha visto de todo puede ser poco creíble, pero es así. Tres grandes momentos lo atestiguan. Uno de ellos, con un camión de por medio, posiblemente sea el más irónico y cómico de toda la serie. El otro es un nuevo asalto a la comisaría, todo un homenaje al famoso film de John Carpenter de 1976 y con un desenlace inolvidable.

Pero si hay uno que merece ser destacado es el combate que protagoniza el personaje de Matthew Raunch (Stags), el silencioso Clay Burton al que nunca, o casi nunca, se había visto en acción pero que siempre había desprendido un aire malsano, casi visceral. Esta temporada ofrece, para los fans del gore más absoluto, uno de los mejores momentos en todos los sentidos. Más allá de la violencia, la coreografía del combate, los recursos narrativos utilizando un coche de por medio y los efectos visuales que nutren la lucha son simplemente arrebatadores, independientemente de que guste más o menos este tipo de secuencias. Visto con perspectiva, lo cierto es que el momento requería un especial cuidado en la narrativa, y lo cierto es que no deja indiferente. Para colmo, esa lucha también desencadena una serie de recuerdos que permiten al espectador situar en un mejor contexto la relación de Burton con Proctor, lo que evidentemente ayuda a enriquecer la historia y pone unas sólidas bases para los acontecimientos de la próxima temporada.

Si la segunda temporada sirvió para modificar sustancialmente el sentido dramático de la historia, esta tercera entrega ha permitido a la serie explorar nuevos territorios que, en un principio, parecían poco aptos para el tono general de la producción. Más allá de la violencia, de los robos y de las relaciones entre ladrones, mafiosos, matones y psicópatas, la serie es capaz de adentrarse en las consecuencias de las mentiras en las relaciones personales para comprobar cómo estas sufren por el pasado de cada uno. Asimismo, los personajes son capaces de encontrar sentimientos que parecían no tener hueco dramático, lo que a su vez permite al espectador tener acceso a partes de la personalidad nunca antes expuestos. Este enriquecimiento dramático es, en realidad, lo más interesante de la temporada, en tanto en cuanto ha sido capaz de mantener un perfecto equilibrio con los atractivos más visuales. Que muchos personajes se pierdan por el camino es una consecuencia lógica, aunque no por eso es agradable.

Personalmente creo que la tercera temporada de Banshee es la mejor hasta la fecha, a falta de una cuarta y última que cierre la principal trama antagónica con la que comenzó la serie. Estos 10 capítulos demuestran que ha sabido crecer dramáticamente hablando, que ha adquirido una evidente complejidad emocional y que, al mismo tiempo, no ha renunciado a sus instintos más bajos, esos que llevan a la trama a excesos visuales, de violencia y de acción, más propios de un cómic que de un drama realista. Es cierto que la temporada, a pesar de todo, peca en ciertos momentos de ingenuidad en su desarrollo, forzando a algunos personajes a tomar un camino poco natural para dotarles de un final apropiado. Pero en el contexto general eso no deja de ser un aspecto secundario. La realidad es que sigue siendo uno de esos productos que se disfrutan de principio a fin.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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