‘The Blacklist’ se pierde en la indefinición de su trama durante la 2ª T


James Spader vuelve a protagonizar 'The Blacklist'.El final de la primera temporada de The Blacklist tenía, al igual que el de la segunda temporada finalizada hace exactamente un mes en Estados Unidos, un gancho sumamente interesante. El pasado, el presente y el futuro de los principales personajes se unía bajo un único paraguas que invitaba a un desarrollo algo más complejo del trasfondo que se percibe en esta serie creada por Jon Bokenkamp, guionista de Vidas ajenas (2004). Pero los 22 episodios que componen esta nueva temporada tienen otro punto en común con la primera etapa: su facilidad para deshilvanar las diferentes tramas e, incluso, para terminarlas en un intento por mantener el componente intrigante en torno a la relación entre los dos principales protagonistas.

Y esto, en sí mismo, no es algo necesariamente perjudicial. De hecho, la forma en que evoluciona la serie en este sentido es notable. A medida que se suceden los capítulos Bokenkamp juega al gato y el ratón con el espectador, quien se ve involucrado cada vez más en la extraña relación que mantienen los personajes de James Spader (Lincoln), cuya voz por cierto supone el 50% de la grandeza del personaje, y Megan Boone (Bienvenido a la jungla), que en esta temporada parece sentirse algo más cómoda con su personaje… pero solo “algo”. Este juego termina por convertirse en lo más interesante de la ficción, siendo además el detonante para los principales giros dramáticos de esta temporada, sobre todo ese que tiene que ver con el grupo conocido como la Camarilla, algo así como un poder en la sombra que controla los hilos del mundo.

El principal problema reside, curiosamente, en los casos investigados y, sobre todo, en el cariz que toma la famosa The Blacklist a la que hace referencia el título de la serie. Por si algún lector desconoce el argumento de esta producción, la premisa básica es que un conocido criminal internacional buscado en medio mundo se entrega al FBI para facilitarles una lista con los más despiadados y más escurridizos asesinos del mundo, todo con la condición de hablar solo con el personaje de Boone. Ahora bien, la integración de estos casos aislados en la trama principal de investigación del pasado de la protagonista y de la lucha contra la Camarilla ha llevado a la serie a considerar todos los casos de la lista negra como parte importante de una especie de conspiración global. La pregunta que cabe hacerse es si es plausible que todos los asesinos y criminales trabajen para este grupo o para cualquier otra organización criminal que se da cita en la trama.

Lo cierto es que la serie ha perdido de vista ese concepto inicial de “lista negra”. Lo que surge en su lugar es un thriller policíaco y federal en el que los criminales son a cada cual más sanguinario o más metódico. Todo mientras se sucede la investigación personal de la protagonista y se trata de mantener la coherencia con ese concepto inicial a través de los nombres que aparecen al comienzo de cada episodio. Esta contradicción, si bien es cierto que no afecta al desarrollo dramático de la serie en general, sí crea algunas incongruencias en la forma de afrontar determinados episodios, provocando arcos argumentales cuyo interés se torna irregular. Dicho de otro modo, la serie no mantiene un tono estable en su tratamiento.

De nuevos y viejos personajes

Esta incapacidad de The Blacklist para decidirse por uno u otro aspecto narrativo coincide, y no creo que sea casualidad, con la recuperación del personaje de Ryan Eggold (Beside Still Waters). No es que su vuelta fuera algo inesperado o provocado por un giro narrativo artificioso. Más bien, es la forma de reintegrar a este rol en la trama principal. Durante la primera mitad de esta segunda temporada las sorpresas y las revelaciones en torno a su pasado se suceden para dotar de más complejidad al conjunto. Pero en un momento dado todo eso se deja a un lado para devolverle a su lugar original, o al menos a un lugar muy cercano. Una decisión cuanto menos cuestionable que no solo debilita a este personaje, sino que echa por tierra la evolución de la protagonista. Resulta muy difícil de creer que una traición con la de la primera temporada pueda ser olvidada como se hace en esta segunda entrega.

Aunque quizá el personaje más damnificado por las dudas de la serie a la hora de definirse sea el de Mozhan Marnò (serie House of cards), la agente del Mossad cuyo papel, en un principio, parecía tener cierta relevancia por sus relaciones con Raymond Reddington y que, salvo ocasiones muy, muy excepcionales, se ha limitado a incorporarse al equipo del FBI como un agente más, pasando más bien desapercibida en muchos episodios. Es sin duda la mejor muestra de que Bokenkamp no logra superar los problemas narrativos de la primera temporada, e incluso los empeora en cierto modo. La falta de decisión a la hora de apostar por una nueva dirección lleva a la serie a alternar modelos que no solo crean un desigual interés en los capítulos, sino que como digo crea situaciones tan poco sólidas desde un punto de vista dramático como las de estos dos personajes.

Dicho esto, y como señala al inicio, esta segunda temporada ofrece un final sumamente interesante que abre las puertas a un arco narrativo completamente nuevo. Mientras que el final de la primera etapa simplemente hacía importantes revelaciones para la trama, ahora lo que se logra es dar un giro completo a la situación de los protagonistas, impidiendo a priori que se vuelva a repetir la estructura dramática planteada hasta ahora. Con nuevos villanos y la información descubierta sobre el pasado de la protagonista la serie tiene una nueva oportunidad de redefinirse, de abandonar definitivamente esa idea de presentar un nombre de la lista en cada episodio y apostar más por una historia en la que el objetivo sea único. En este sentido, y aunque pertenezcan a géneros completamente diferentes, Arrow ha sabido hacerlo mucho mejor. La lista que portaba el protagonista en la primera temporada ha desaparecido, y lo cierto es que ha sido para bien.

Las dudas ahora recaen en si Bokenkamp será capaz de afrontar el cambio por el que parece luchar The Blacklist y que, sin embargo, se resiste a llegar. Lo que parece claro es que estas disputas internas en la concepción de la serie no hacen ningún bien al producto final. El apartado visual es más que correcto, pero su fondo, su contenido, hace tambalearse todo el conjunto. La primera temporada logró salvarse con un final que aunaba todas las tramas. Esta segunda temporada lo hace dando un giro a la situación de los personajes. Pero una serie no puede sobrevivir con estos ganchos de final de temporada, al menos no a largo plazo. Quedamos a la espera, por tanto, de que la tercera temporada ya programada logre definir de una vez por todas a la serie.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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