La 2ª T de ‘La caza’ pierde definición en sus roles protagonistas


Jamie Dornan y Gillian Anderson, frente a frente en la segunda temporada de 'La caza'.Es difícil abordar una serie como La caza, título en español para The fall. Su primera temporada, a pesar del pausado ritmo y de la introspección de su planteamiento, aportaba frescura al típico planteamiento del thriller policíaco, con una heroína muy particular y un villano cuya osadía roza el absurdo. Siguiendo esta pauta, su segunda temporada ha llevado esos conceptos al límite, ofreciendo al espectador un desarrollo inesperado, en muchos aspectos novedosos pero en muchos otros incongruente, al menos por ahora. La tercera entrega de la producción creada por Allan Cubitt (serie Murphy’s Law) está confirmada, por lo que es de esperar que muchos de los aspectos transitorios de estos 6 episodios encuentren respuesta.

Pero dejando a un lado algunas líneas narrativas abiertas, lo que sí es evidente es que esta segunda parte ha mantenido, para bien o para mal, el nivel de su debut. Desde luego, es de admirar que tanto actores como guionistas hayan tenido la valentía de llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Una decisión que, aunque va en beneficio de la honradez del producto, en este caso perjudica notablemente a la trama en su conjunto, sobre todo porque el camino por el que han ido los personajes parece, dentro de su naturalidad, algo irreal. Puede parecer una incongruencia, es cierto, pero como demuestra La caza, puede ocurrir.

Todo pasa por una definición algo deficiente de los protagonistas toda vez que estos se han visto obligados a evolucionar. Ocurre fundamentalmente con el rol de Jamie Dornan, que por cierto tiene varios puntos en común con su salto al estrellato más mediático en Cincuenta sombras de Grey. La solidez del planteamiento deja paso a un tratamiento algo simplista, marcado por la psicopatía y el ego del personaje pero olvidando otros aspectos de su naturaleza como la relación con su hija, que podría haber aportado numerosas contradicciones internas que. a su vez, habrían enriquecido la trama. Del mismo modo, Gillian Anderson (serie Hannibal) empieza a resultar algo predecible en muchos de los comportamientos de su personaje, sobre todo aquellos relacionados con los hombres, convirtiéndola en un pálido reflejo de lo que comenzó siendo.

Estos aspectos simplificadores llevan el hilo argumental principal por un camino que termina de forma abrupta, con una especie de deus ex machina planteado un par de capítulos antes para tratar de buscar una justificación inexistente. Que el final sea abierto no suple la falta de solidez en la resolución de un desarrollo que se había vuelto casi insalvable, con heroína y villano frente a frente en una sala de interrogatorios, y el segundo confesando cada uno de sus crímenes en un intento de demostrar esa valentía a la que antes hacía referencia. El problema de ello es que, si realmente se quería continuar con la producción, crea un obstáculo demasiado grande para poder introducir un punto de giro coherente. El resultado es, por tanto, un giro que se intuye con cierta antelación pero que no se espera por lo absurdo del planteamiento.

Tramas secundarias

Desde luego, lo que mejor aborda La caza en esta segunda temporada son las tramas secundarias. Son ellas las que dotan al juego del gato y el ratón que mantienen Dornan y Anderson de un interés renovado, sobre todo por los efectos que tiene el desarrollo en el resto de personajes. Evidentemente, los casos más significativos son los de las mujeres que rodean al personaje principal, ya sea su mujer (una cada vez menos interesante Branagh Waugh) o la adolescente enamorada del misterio y el riesgo que representa (Aisling Franciosi, vista en Jimmy’s Hall), y que sufre una evolución inversamente proporcional a la de la esposa.

Los efectos que tiene en la vida de ambos personajes la evolución del rol de Dornan son, curiosamente, más elaborados que el propio desarrollo del protagonista. Mientras que éste tiende hacia la simplicidad motivada por una obsesión recurrente y narcisista, las dos mujeres adoptan roles más complejos, una motivada por el engaño y la otra por la atracción. Por supuesto, ninguna de ellas termina su arco argumental, por lo que es de esperar que tengan una presencia cada vez más importante en la historia, o al menos que puedan servir para desbloquear un futuro que no ofrece muchas salidas narrativas.

Por otro lado, los secundarios que rodean al personaje de Gillian Anderson tienen una función puramente formal, es decir, su función es básicamente servir de apoyo a la comprensión emocional de la protagonista. El hecho de que todos los hombres estén literalmente a sus pies, y que muchos de ellos tengan ciertos rasgos parecidos con el rol de Dornan, sustentan la idea de que detrás de la repulsión que siente por el asesino hay algo más, ya sea una necesidad de comprender y desentrañar los motivos de los crímenes, ya sea una atracción física no aceptada o reconocida. Sea como fuere, lo que importa es que los roles masculinos cumplen su función de manera notable, confirmando la idea de que esta temporada ha servido, sobre todo, para crear un marco en el que desarrollar una historia diferente. Y solo un detalle: no deja de ser interesante que en la vida del asesino casi todo sean mujeres, y en la de la policía casi todo sean hombres.

En definitiva, la segunda temporada de La caza es una especie de transición, lo que en cine vendría a ser un comienzo del segundo acto algo irregular. Todo apunta a que la tercera parte dará respuesta a muchas de las preguntas planteadas, pero lo realmente interesante es si lo hará de forma natural o se verá obligada por el desarrollo algo forzado de unos protagonistas que piden a gritos una definición más compleja, plagada de matices y con conflictos internos más sólidos.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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