‘El francotirador’: la guerra no termina al llegar a casa


Bradley Cooper es 'El francotirador' de Clint Eastwood.No hay nada peor que la fama que adquiere una película antes de su estreno. Da igual que sea buena o mala. Genera una expectación que muchas veces no se ve colmada, lo que puede llevar a frustración. Lo nuevo de Clint Eastwood (Deuda de sangre) ha sufrido este proceso, pero es precisamente su capacidad para sobreponerse a comentarios, polémicas y críticas lo que la convierte en el buen film que es. Porque lejos de alarmas sociales, el director logra plasmar en pantalla un reflejo de los horrores de la guerra en la que, como siempre, uno termina luchando por los que tiene alrededor, y no por ideales de cualquier índole.

Eastwood logra, como es habitual en él, transmitir al espectador de forma pulcra y sencilla la transformación física y mental de un hombre incapaz de abandonar el campo de batalla. Desde el primer momento, con un bautismo bélico de lo más traumático, hasta su último regreso a casa, la obsesión del protagonista por defender de sus enemigos lo que más ama, en esta ocasión personificados en otro francotirador (algo que recuerda a Enemigo a las puertas, por cierto) le tortura de un modo sutil pero tremendamente dramático, dirigiendo la trama hacia terrenos que exigen del espectador un alto grado de empatía. No hay, por tanto, secuencias traumáticas ni violencia gratuita. Lo que sí hay son momentos de pura tensión, bien por las dudas de un padre de familia al tener que apretar el gatillo, bien por las situaciones extremas de combate. Dicho de otro modo, el director plasma, simple y llanamente, la guerra.

Y esta guerra, a través de una mirilla, puede resultar lenta por momentos. Quizá sea este el único “pero” que se le pueda poner a esta cinta protagonizada por un enorme Bradley Cooper (El lado bueno de las cosas). Literalmente enorme. Es cierto que durante diversos pasajes el desarrollo dramático se ralentiza, sobre todo en los primeros regresos a casa. Empero, esto también permite apreciar el entorno extraño en el que se encuentra el protagonista cuando no está en el frente. Sea como fuere, tanto sus secuencias bélicas, bellamente narradas, como su tercio final, que aborda la lucha psicológica que debe llevar a cabo el personaje para volver a ser el hombre que era, generan una impresión de conjunto notable.

Lo más curioso de El francotirador es que no tiene polémica alguna. No existe una oda a la guerra. No hay patriotismo, al menos no del que estamos acostumbrados a ver en Estados Unidos. Por no haber no hay casi ni sangre. Lo que sí hay es una historia difícil narrada con sensibilidad y seriedad que ahonda en lo más profundo de un ser humano marcado por el dudoso honor de ser el soldado con más muertes del ejército norteamericano. Un récord que, como se ve en el film, deja una honda huella en él. Tal vez ahí esté la polémica: es muy duro comprobar que algunas secuelas de la guerra no son físicas. Y es más duro todavía aceptar que los combates no terminan cuando se pisa suelo americano. En este sentido, la película tiene muchas lecturas. Y esto es algo que Eastwood maneja a la perfección.

Nota: 8/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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