‘American Horror Story: Freak Show’ se pierde en tramas secundarias


Evan Peters protagoniza el circo de las rarezas de 'American Horror Story: Freak Show'.Es complicado darle forma a una serie con tantos personajes como American Horror Story. Al menos una forma que pueda encajar todas sus piezas. La prueba fehaciente es que la serie, en su cómputo general, ha sufrido altibajos notables. Lo bueno es que como cada temporada es independiente se pueden considerar casi como series autónomas; lo malo es que el concepto de la producción queda irremediablemente afectado. La cuarta temporada, American Horror Story: Freak Show, tiene más puntos en común con la caótica segunda parte que con la primera o la tercera. Y eso que su comienzo prometía más de lo que finalmente ha sabido aportar.

Como su título indica, estos nuevos 13 episodios se centran en la vida de un grupo de feriantes ambulantes en un circo de rarezas humanas en el que se dan cita la mujer barbuda, un chico langosta, el hombre foca o la mujer más pequeña del mundo. Pero lo que comienza como un reflejo de una época en la que el miedo a lo desconocido se combina con asesinos en serie vestidos de payaso, ricachones consentidos con tendencias maníacas o embaucadores que hacen lo que sea por conseguir dinero, termina convirtiéndose en un drama sin dirección única, abriendo y cerrando tramas secundarias casi sin tiempo a desarrollar los personajes que en ellas encontramos.

De este modo, los creadores de American Horror Story, Brad Fralchuk y Ryan Murphy (serie Glee) logran enriquecer el mundo que crean, pero pierden la frescura y el dinamismo a medida que se suceden los capítulos. Quizá el ejemplo más evidente lo representa el personaje de Neil Patrick Harris (Mil maneras de morder el polvo), cuya presencia aporta únicamente unas dosis de violencia y vísceras que poco o nada tienen que ver con el sentido general de la serie. En realidad, más allá de narrar los prejuicios y los miedos a los que estas personas tuvieron que enfrentarse a comienzos del siglo XX no existe un desarrollo dramático coherente, lo que deriva en esa incorporación obsesiva de personajes a cada cual más psicópata. No quiere esto decir que no sean relevantes, al contrario. La definición de dichos roles es interesante. El problema es que no se mantienen en la trama lo suficiente como para lograr impactar en la historia general que se cuenta.

La conexión con aquella American Horror Story: Asylum no se limita únicamente a este aspecto. Algunos de los personajes son los mismos que aparecieron en la historia del manicomio, e incluso esta última temporada se permite el guiño de introducir una pequeña secuencia en ese escenario, dejando patente de este modo la relación entre ambas historias. Y dejando patente, también, ese desarrollo sin un objetivo claro que se limita a introducir argumentos secundarios resueltos en poco más de dos episodios y cuya influencia en el arco dramático principal es mínima, en algunos casos incluso nula. Los personajes principales parecen meros espectadores ante muchos de los acontecimientos que se suceden, limitando así el dramatismo que podría haber adquirido esta cuarta temporada.

Unos llegan y otros se van

Aunque en todo este desarrollo que se lleva por delante personajes, tramas y consecuencias destacan sobremanera algunas de las nuevas incorporaciones a la ya extensa familia de American Horror Story. Y curiosamente todos ellos hacen de unos “engendros” que poco o nada tienen que ver con las malformaciones físicas. Entre ellos es imprescindible apuntar a Finn Wittrock (Invencible) como el principal atractivo de esta feria. Su rol de joven malcriado, psicópata y con ínfulas divinas es simplemente brillante sobre el papel y en la pantalla. Wittrock dota a su rol de una suficiencia y elegancia que terminan por ser más aterradores e inquietantes que cualquier efecto circense. Del mismo modo, convertir al hombre forzudo en homosexual no deja de ser una de las más irónicas paradojas que ha dado la serie. Y Michael Chiklis (serie The Shield) está a un altísimo nivel en este papel.

Por desgracia, y siguiendo con esa idea de las tramas secundarias antes mencionada, sus roles y los de otras interesantes novedades no logran tener un desarrollo pleno. Solo el rol de Chiklis puede convertirse en la excepción, pues su descenso a los infiernos de la redención es de lo mejor de toda la serie. Pero es la excepción. La presencia de Wittrock, que adquiere más o menos relevancia en función de las necesidades de la historia (cuando en teoría juega un papel fundamental en la vida del circo), termina por dejar al personaje en un mero villano al que recurrir para darle algo de interés a la trama cuando esta parece desviarse demasiado.

Y junto con las llegadas, los abandonos. Desde luego el más impactante es el de Jessica Lange (El jugador), cuyo protagonismo en todas las temporadas ha sido uno de los principales atractivos de la serie. De hecho, su personaje en este Freak Show representa a la perfección la dualidad entre los “engendros” del circo y los “engendros” que rodean el show. Su papel aparentemente normal evoluciona hasta convertirse en un ser mezquino con el único objetivo de convertirse en una estrella. Y representa a la perfección, también, el desarrollo que tiene toda la serie. Su final y el caos que vive en los episodios inmediatamente anteriores son fiel reflejo de esa irregularidad en el desarrollo del argumento y del final feliz que la serie ha querido dar a sus principales protagonistas.

A pesar de todo, American Horror Story: Freak Show deja en el recuerdo algunos momentos realmente logrados, sobre todo en sus primeros capítulos. La presencia del payaso asesino, del joven interpretado por Wittrock o de los embaucadores dotan al conjunto de tres pilares dramáticos interesantes que nutren la serie. Pero una vez su papel se torna menor la historia pierde cierto sentido, introduciendo personajes que poco o nada son capaces de aportar a la historia, salvo tal vez para crear ese final feliz que los personajes se merecen. El problema es que por el camino esos mismos personajes se pierden en una red de tramas secundarias que no llevan a ningún lado, obligando al espectador a olvidar lo vivido y, lo que es peor, a recordar lo abandonado previamente. Con todo y con eso, AMS sigue siendo una de las propuestas más frescas y originales de la televisión.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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