‘Big Eyes’: la cara bonita del lado corrupto del arte


Amy Adams, Krysten Ritter y Christoph Waltz en un momento de 'Big Eyes', de Tim Burton.Me imagino que aquellos que no sigan de cerca la carrera de Tim Burton solo conocerán sus más famosas cintas de fantasía y ciencia ficción. Sin embargo, el director de Eduardo Manostijeras (1990) o La novia cadáver (2005) tiene en su haber algunas cintas que poco o nada tienen que ver con la fantasía, como es el caso de su última historia. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que su particular visión del mundo quede anulada. Una de las genialidades del director es, sin lugar a dudas, su capacidad de dotar de plasticidad y color a las historias más oscuras y dramáticas, generando un interesante contraste entre realidad y ficción que termina por fascinar.

Bajo este prisma Big eyes adquiere su máxima expresión. La película protagonizada impecablemente por Christoph Waltz (Malditos bastardos) y Amy Adams (La duda) es un viaje por el lado más sombrío de las personalidad humana, capaz de anular la voluntad de sus semejantes y destruir sus señas de identidad. La tormentosa relación del matrimonio Keane adquiere, casi sin quererlo, unos tintes tan dramáticos como los cuadros pintados por la mujer y adoptados por el marido. La forma en que él introduce en su mundo de mentiras y engaños a una esposa ingenua y culpable por no oposición es tan sutil que casi pasa desapercibido, pero que adquiere notable presencia una vez se reflexiona sobre ello.

Tal vez el mayor problema del conjunto resida, precisamente, en la maestría de Burton para convertir esta historia sobre el lado corrupto del arte en una pintura en sí misma. El colorido, la plasticidad y la planificación crean un marco que desvía la atención del verdadero drama vivido en el seno familiar. Se crea así una sensación de estar ante una historia tan falsa como el farsante protagonista, pero con un corazón tan intenso como el de la verdadera artista. Esa capacidad de plasmar en imágenes la esencia de la película es lo que realmente queda una vez se encienden las luces, y es lo que convierte a esta obra en un notable ejercicio audiovisual con una sólida base narrativa.

Eso no quiere decir que Big eyes no tenga puntos débiles. El guión adolece de una cierta falta de consistencia en algunas historias secundarias, algo motivado por la necesidad de centrar su atención en la relación de la pareja protagonista. Pero al final esas debilidades quedan eclipsadas, en cierto modo, por la fuerza del desarrollo dramático principal y por la vorágine creada alrededor de las pinturas de niños de ojos grandes. Una película, en definitiva, que visualmente transmite algo que realmente no es, más o menos como hace el personaje de Waltz en la pantalla. O lo que es lo mismo, una película que cuenta su historia con un subtexto audiovisual que enriquece el mero mensaje dialogado. Una película que tal vez no sea una obra de arte, pero que puede consumirse como los cuadros a los que hace referencia.

Nota: 7/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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