‘Olive Kitteridge’, reflexión humana a través de la vida de una mujer


Frances McDormand y Richard Jenkins forman el matrimonio protagonista de 'Olive Kitteridge'.A pesar del éxito y del renombre que están adquiriendo las series durante los últimos años, en la pequeña pantalla sigue habiendo un género que no se prodiga mucho entre las ficciones episódicas, y es el del drama en su vertiente más social, humana y personal. Sí, es cierto que muchas producciones tienen componentes dramáticos importantes, pero precisamente el diseño de las series, de largas temporadas que se suceden año tras año, tiende a disminuir el grado de intensidad y sustituirlo por otros elementos. Por eso cuando llega a la televisión algo como Olive Kitteridge se convierte en un soplo de aire fresco, sobre todo si posee el nivel de esta adaptación de la novela de Elizabeth Strout a cargo de Jane Anderson (Donde reside el amor).

Planteada como una miniserie de cuatro episodios de unos 60 minutos cada uno, la trama narra la vida de la mujer que da nombre a la serie a lo largo de unos 25 años y su relación con su bondadoso marido, su hijo y el pueblo en el que vive. Así planteada, esta serie dirigida por Lisa Cholodenko (Regreso al hogar) puede parecer extremadamente simple en su base, y hasta cierto punto lo es. Visualmente hablando, no ofrece grandes atractivos, salvo momentos muy concretos en los que la imaginación o la locura hacen acto de presencia. Y a pesar de todo, estamos ante una de las ficciones más interesantes desde un punto de vista narrativo y dramático. Evidentemente, esto es debido al tratamiento de la historia y a unos personajes simplemente únicos.

En efecto, la forma en que Olive Kitteridge aborda el paso del tiempo y el efecto que éste tiene en las relaciones humanas contrasta notablemente con el carácter pausado e intenso de su argumento. Por necesidades propias de la historia (se trata de condensar un cuarto de siglo en menos de cuatro horas), esta mini serie presenta saltos temporales notables que, lejos de generar confusión, hacen avanzar la historia de forma dinámica y muchas veces necesaria. Combinando sobreimpresiones y la naturaleza de las propias secuencias, el desarrollo transporta al espectador de época en época para mostrar la evolución de las relaciones humanas y cómo el comportamiento tiene consecuencias, sobre todo a largo plazo. Este trasfondo social, que está representado fundamentalmente en la protagonista interpretada por Frances McDormand (Moonrise kingdom) permite apreciar matices que, de otro modo, tal vez se difuminarían en una amalgama de historias, nombres y escenas.

Así, uno de los mejores activos de la producción es que centra su atención en el reducido mundo de la protagonista para explicar algo que va mucho más allá. Las relaciones que establece la señora Kitteridge son un reflejo, en el fondo, de las relaciones humanas, de los comportamientos sociales y familiares de los individuos, y de cómo estos determinan el ocaso de nuestras vidas. Resulta interesante comprobar cómo la mujer, cuyo carácter alejó a aquellos que quería a lo largo de su vida, termina por encontrar consuelo junto a otra personalidad similar por la mera necesidad de no dejar pasar los solitarios días en una casa vacía. Este final viene a confirmar el hecho de que las decisiones de nuestra vida influyen en la forma de vivir nuestra vejez.

Unos actores irrepetibles

Por supuesto, todo esto es posible gracias a un reparto espléndido. Desde la propia Olive Kitteridge, a la que da vida la mencionada McDormand (principal valedora de que esta mini serie haya visto la luz) hasta secundarios como Bill Murray (St. Vincent), quien aparece en el tramo final de la historia, todos los actores aúnan esfuerzos para elevar este drama a un nivel que, de otro modo, no habría conseguido nunca. Mención especial merece Richard Jenkins (Asalto al poder), cuya labor como el bondadoso marido que tolera todos los excesos verbales y salidas de tono de su esposa es brillante. Puede que no sea la actuación más llamativa de la serie, pero sin duda es la que desencadena prácticamente todos los acontecimientos. Su bondad y su atracción por su joven ayudante siembra una semilla que desencadena acontecimientos muchos años después. Y su amor es lo que lleva a la protagonista a comprender cuál ha sido su error a lo largo de los años, incluso aunque no haya margen para enmendarlo.

Evidentemente, McDormand es la auténtica estrella de la función. Su papel, arisco y poco dado a la alegría, supone todo un reto para cualquier actor, pues es de esos personajes situados en una delgada línea entre el exceso dramático y la parquedad sin sentido. Lograr la sutileza de las miradas y de los íntimos diálogos que se establecen en las primeras fases suele ser una tarea ardua que la actriz, en cambio, alcanza con solvencia. Gracias a esto logra provocar en el espectador una serie de emociones encontradas a medio camino entre el rechazo y el interés por una mujer insatisfecha con la vida que ella misma ha elegido y que, como queda patente al final, ha sido una buena vida. Quizá el mejor ejemplo de esto sea la relación con su hijo, turbulenta y marcada por el trauma. La forma en que esta evoluciona es una clara explicación de buena parte del trasfondo emocional de la serie.

El carácter de mini serie dota al conjunto, además, de un sentido mucho más concreto que obliga a la trama a hacer hincapié en los hechos más determinantes. Los conatos de infidelidad que se dan en la pareja; su difícil relación con su hijo; la forma en que la vida pone a cada uno en su sitio. El hecho de que sean cuatro episodios marca notablemente el desarrollo, pues obliga a prestar atención a una serie de personajes muy concretos, evitando así abrir tramas secundarias que no lleven a ningún lado. Esto permite, en definitiva, que la vida de la protagonista se convierta en esa representación de las relaciones sociales, en esa visión de las dificultades que viven las parejas y cómo eso determina su forma de afrontar lo que han construidos juntos. Una serie con más episodios, e incluso con más temporadas, no solo habría creado un exceso narrativo, de personajes y de tramas, sino que habría obligado a sobrecargar la historia con más dramas, lo que podría haber sido contraproducente.

Lo cierto es que Olive Kitteridge es una de esas mini series intensas emocionalmente hablando. Todo diálogo, toda mirada, toda situación está cargada de sentido, de intencionalidad. Su limitada duración y unos actores brillantes completan los tres pilares dramáticos de una producción muy recomendable y que permite aprender mucho en lo que a desarrollo se refiere. Puede que no tenga un atractivo visual demasiado alto, y desde luego habrá muchos espectadores a los que la vida de una mujer madura en un pequeño pueblo le diga más bien poco. Pero no hay que confundirse. Ni esta mujer madura es un estereotipo al uso ni su vida merece ser desdeñada. El personaje es único, y Frances McDormand lo convierte en algo casi exclusivo. Y aunque solo sea por eso, merece mucho la pena.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: