‘Serena’: una mujer de pasiones simbólicas y ritmo intermitente


Jennifer Lawrence es 'Serena', la esposa de Bradley Cooper en el film de Susanne Bier.Que Susanne Bier (Después de la boda) es una directora de sentimientos es algo que certifican todos sus films. Pero la clave aquí no está en la emotividad de las historias, sino en la palabra “directora”. Su última película, tercera colaboración entre Jennifer Lawrence y Bradley Cooper, protagonistas de El lado bueno de las cosas (2012), es un claro ejemplo de que la emoción a flor de piel no sirve para sustentar cualquier historia. No hay que olvidar que un relato audiovisual es un delicado equilibrio de varios elementos que deben tener una cierta solidez de forma individual, algo de lo que carece este drama de época ambientado en plena crisis del 29.

Aunque más que un problema de dirección, Serena cojea desde lo más básico: su guión. El desarrollo dramático de la historia es intermitente, por no decir irregular. Su comienzo se alarga en exceso y revela demasiado poco de sus personajes protagonistas, quienes asumen unos determinados roles que el espectador debe aceptar sin replicar demasiado. Esto provoca que, a medida que la trama avanza, las reacciones y las actitudes de los roles principales entren en una espiral de difícil justificación y aún más compleja comprensión. Eso por no hablar de que Bier mueve la cámara de forma algo tosca en determinadas secuencias, restando gravedad y violencia a algunos momentos de auténtico drama. El elemento que mejor define la película es la relación entre Lawrence y Rhys Ifans (Radio encubierta), que posee un planteamiento interesante para luego resolverse de forma algo burda y a todas luces incongruente con lo visto anteriormente.

En un marco como este, el bote salvavidas lo representa el reparto al completo, desde los dos protagonistas hasta secundarios como Toby Jones (El velo pintado) o el mencionado Ifans. Todos ellos, sobre todo la pareja protagonista, dotan a sus personajes de una entidad mayor de lo que desprenden sobre el papel, asumiendo como propia una tarea que debería haber sido, en primera instancia, del guionista. Gracias a ellos se hacen más comprensibles algunas evoluciones dramáticas y los sentimientos de los que hace gala el film. Empero, no son capaces de armonizar algunos de los subtextos que se intuyen a lo largo del relato, como es la manipulación de la mujer hacia su marido o los conflictos emocionales que provoca la pérdida de un hijo y la presencia de un bastardo.

Lo cierto es que Serena es una cinta de sentimientos, de pasiones incontrolables y de difícil explicación. Tan difícil que ni siquiera el guionista trata de ahondar demasiado en ellas, dejando toda la responsabilidad a los actores. El carácter simbólico y aleccionador de muchos de sus momentos no logran elevar el film a otro nivel, más bien lo contrario. Su conclusión deja una sensación agridulce al intuirse una historia más grande de la que realmente se cuenta. Es por eso que no siempre los sentimientos son capaces de lograrlo todo en un film. A veces requiere de la ayuda del resto de elementos, como la planificación o una buena solidez narrativa sobre el papel. La película de Bier carece de muchas de esas cosas, y el resultado, de algo más de hora y media, parece alargarse sin sentido.

Nota: 5,5/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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