‘Graceland’ se entrega a la fórmula más simple en su 1ª temporada


Imagen promocional de los protagonistas de 'Graceland'.Por norma general los experimentos audiovisuales han de ser, al menos, tenidos en cuenta. Es la mejor forma de descubrir nuevas historias y nuevos puntos de vista. Pero hay ocasiones en que dichos intentos ofrecen un resultado muy distinto, incapaces de concretar su propio sentido y generando sensación de impotencia. No se trata, pues, de que sean productos de mayor o menor calidad, sino que se ajusten a la propuesta que hacen. La nueva serie de Jeff Eastin (Ladrón de guante blanco) toma como punto de partida un hecho verídico de lo más interesante para convertirlo en un thriller de acción en el que la trama presenta muchas más aristas de lo que el formato permite, lo que termina por eliminar los matices. En este sentido, la primera temporada de Graceland, estrenada en 2013 en Estados Unidos, es un frustrado intento de combinar acción y profundidad dramática que se queda en tierra de nadie, aunque más cerca de la acción que de otra cosa.

Su argumento, en realidad, es bastante simple. Un joven agente del FBI recién salido de la academia es destinado a una casa de la costa en la que deberá convivir con agentes de otros cuerpos de seguridad (DEA y Aduanas, además del propio FBI) y ganarse su ascenso. Sin embargo, su trabajo pronto se ve envuelto en una investigación federal al que es su supervisor en la casa, un mítico agente del que se sospecha que puede traficar con los alijos de droga incautados, convirtiéndose en un agente infiltrado entre sus propios compañeros, con los que desarrolla poco a poco un vínculo de amistad. A priori, la ficción de Eastin posee todos los ingredientes para desarrollarse como un oscuro thriller en el que los secretos, las mentiras y los recelos marquen el ritmo de los acontecimientos. Sin embargo, ya desde el primer episodio algo no termina de encajar.

Y lo cierto es que, aunque no lo parezca, es algo de agradecer. Me refiero al hecho de que Graceland no engaña a nadie con su episodio piloto, uno de los más flojos narrativamente hablando que pueden encontrarse últimamente. Con una duración equivalente a dos episodios (de ahí que la temporada varíe entre 12 y 13 episodios en según qué países), este primer contacto con la serie es, cuanto menos, discutible. Por decirlo de forma concisa, la primera parte del piloto cuenta casi con tantas imágenes de recurso, muchas de ellas repetidas hasta en cinco ocasiones, como secuencias dramáticas. O lo que es lo mismo, por cada diálogo y secuencia con los principales protagonistas hay un impasse de gente jugando en la playa o paseando, surferos y oleaje. Un formato que rompe por completo la narrativa, alarga en exceso el metraje y resta gravedad a lo que los personajes dicen o hacen.

Por supuesto, es algo que se repite de forma habitual a lo largo de la primera temporada, lo cual da una idea del cariz que toma la serie a lo largo de su evolución, que por otro lado es muy distinta dramáticamente hablando. A este respecto cabe aclarar que esta primera entrega (la segunda ya se ha emitido en USA) comienza algo deslavazada para, poco a poco, conformar una estructura en torno a los secretos del personaje de Daniel Sunjata (El diablo viste de Prada), el único algo menos arquetípico y auténtico interés dramático de la serie. Secretos que poco a poco se van desvelando y que terminan por erigir un pasado, un presente y un futuro muy interesantes, sobre todo el pasado. Es gracias a este rol que la serie logra avanzar a pasos agigantados hacia un desenlace mucho más logrado de lo que cabría esperar, aunque siempre en el marco común del entretenimiento y la distracción que definen a la serie.

Arquetipos y olvidos

Hace un momento decía que el personaje de Sunjata es el menos tópico de todos. En efecto, si algo caracteriza a Graceland y perjudica el potencial de la historia son sus protagonistas, una suerte de cuadrilla de amigos en la que cada uno tiene un papel del que no debe, o no puede, salirse. El boy scout rubio y guapo; el mexicano gracioso y juerguista; el atormentado y problemático afroamericano; y las guapas, cuya definición es si cabe menos rica que la de sus compañeros de reparto. Todo ello hace que el desarrollo sea bastante previsible, sobre todo porque sus reacciones dan al traste con las consecuencias menos obvias de algunos acontecimientos. Acontecimientos que, por cierto, encuentran un final interesante aunque un tanto incompleto.

Sin desvelar demasiado a aquellos interesados en adentrarse en Graceland, hay que decir que el arco argumental de la primera temporada resuelve el principal conflicto de forma más o menos satisfactoria, situando a todos los personajes justo donde ellos desean para el comienzo de la siguiente temporada. El problema es que algunas de las tramas secundarias iniciadas a lo largo de los episodios quedan en el aire. Es cierto que es práctica habitual y que posiblemente sea el argumento principal en la siguiente etapa, pero dada la estrecha relación que tienen con la historia principal (la investigación por corrupción del agente del FBI) resulta llamativo que dichas líneas de trabajo se olviden por completo para luego retomarlas, como si la gravedad de la situación no pidiera a gritos una mayor integración y peso específico en la ficción.

Un olvido que supone, además, el colofón a la gran herramienta narrativa de Eastin: el gancho episódico. Por regla general las series utilizan dos sistemas para enganchar al espectador: el impacto de los propios acontecimientos o un hecho que da un giro por completo al sentido de la historia, sea real o falso. No es difícil encontrar ejemplos de ambos, al igual que no es difícil hacerse una idea del tipo de serie que utilizan uno u otro. En el caso que nos ocupa, los ganchos de cada uno de los episodios plantean una vuelta de tuerca más hacia un tono más oscuro, más serio, pero su desarrollo en el siguiente capítulo echa por tierra todo lo que podría ganarse con el giro. De este modo, renqueante y sin demasiadas expectativas, la trama avanza mediante artificios que, eso sí, cumplen su función a la perfección, al menos hasta que el espectador se cansa de ellos.

Se puede decir, por tanto, que Graceland es una serie de acción sin más pretensiones que la de sumarse al carro de productos policíacos o federales con un trasfondo que lucha por ir más allá sin conseguirlo. En cierto modo, Eastin se enfrenta a los acontecimientos sin tener en cuenta sus innumerables repercusiones que puedan tener, desarrollando su plan aunque eso vaya en contra, en muchas ocasiones, de lo que la lógica podría invitar a pensar. Una serie que entretiene si no se reflexiona mucho sobre ella o si se atiende al villano principal, único elemento transgresor en una historia, por otro lado, típica, tópica y previsible. Que en una casa vivan agentes del FBI, la DEA y Aduanas es algo interesante; que dichos agentes respondan a estereotipos de los que poco puede esperarse no lo es tanto. Y que este tipo de apuestas terminen por rendirse al formato menos elaborado es una lástima.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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