‘El corredor del laberinto’: ‘El señor de las moscas’ futurista y distópico


Dylan O'Brien es 'El corredor del laberinto'.Primero fueron los magos, luego los vampiros, y ahora le toca el turno a las novelas juveniles sobre futuros distópicos o apocalípticos. Y lo cierto es que todas, en mayor o menor medida, vienen a ser lo mismo: la revolución de la juventud contra la situación inamovible que les ha tocado vivir. Hasta ahí, todo bien. El problema surge cuando las historias tienen poco o nada que contar, limitándose a repetir estructuras narrativas. La adaptación de la novela de James Dashner, la primera de una previsible trilogía, posee todos los elementos antes citados. Incluso tiene una premisa de partida harto interesante. Pero es su desarrollo el que la convierte en un producto a la sombra de otros tantos.

Y la mayor parte de la culpa se haya en el guión. Puede que sea porque los encargados de la adaptación no han sabido trasladar la novela a la pantalla; puede que ni siquiera el material de base sea lo suficientemente sólido. Lo que está claro es que El corredor del laberinto se desinfla lentamente a medida que su trama reincide en algunos misterios sin terminar de explicarlos, generando un bucle que se sostiene únicamente por momentos que salpican de acción y cierta novedad el inmovilismo del Claro, como llaman al centro del laberinto. Un proceso lento que, empero, sabe utilizar lo suficientemente bien las referencias a El señor de las moscas como para presentar unas relaciones humanas entre el grupo de jóvenes confinados entre las cuatro paredes que se complican con el paso de los minutos.

Aunque el mayor problema es y seguirá siendo (ya sean de la saga o de otras similares) la imperiosa necesidad de tratar a los adolescentes como zombis sin cerebro. Lo de poner nombres obvios y recurrentes a criaturas y situaciones empieza a resultar ofensivo. Más allá del Claro, que el ascensor en el que llegan se llame El Cubo, o que los chicos se refieran a ellos mismos como “clarianos” por vivir en un claro, roza el absurdo. Todo ello empaña una película que, cuando quiere ponerse seria y abordar la complejidad de su historia, resulta entretenida. Aunque solo eso. Tal vez con otros actores algo más sólidos, con otro director más atrevido y con un guión más directo la película podría haber sido algo mejor. Y desde luego una atención a los detalles y una explicación algo más elaborada no habría estado mal, sobre todo para comprender cómo puede ser que se construya todo lo que se construye con el único fin de encontrar a los jóvenes más válidos.

Lo que consigue El corredor del laberinto es ser correcta, ni más ni menos. Nada en ella resulta memorable, aunque también es justo reconocer que nada en ella es desagradable. Es cierto que su guión se espesa a medida que avanza la trama, que sus actores no son la mejor baza y que su director, Wes Ball, se atiene a la narrativa sencilla para no pillarse los dedos. Todo ello conforma un conjunto correcto cuyo desenlace final, para aquellos que no hayan leído el libro, abre la puerta a las próximas secuelas. Tal vez sea por eso que la explicación no termina de ser completa, esperando que los espectadores regresen en las siguientes citas para descubrir el secreto del laberinto y de los jóvenes allí confinados. Posiblemente los seguidores acudirán en cuanto se estrenen. Los demás tendrán que confiar en que su memoria retenga algo del film.

Nota: 5/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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