‘Orange is the new black’ gana interés y pierde protagonista en su 2ª T


La rivalidad entre Kate Mulgrew y Lorraine Toussaint acapara la atención de la segunda temporada de 'Orange Is The New Black'.A primera vista, las diferencias entre una serie para televisión y una película cinematográfica son evidentes. Duración, formato, estructura narrativa e incluso los efectos visuales marcan las pautas más básicas, si bien este último aspecto cada vez es menos relevante. Pero existen otros aspectos tal vez menos evidentes que marcan distinciones fundamentales que, por diversos motivos, pueden pasarse por alto. Una de esas características propias es el protagonismo del producto, algo en lo que la segunda temporada de Orange is the new black tiene mucho que decir. Y es que a pesar de que la primera entrega fue un soplo de aire fresco por la temática abordada y los personajes presentados, estos nuevos 13 episodios han superado las expectativas gracias a un interés creciente en el microcosmos que conforma la cárcel de mujeres, dejando a un lado a la supuesta protagonista.

En efecto, la nueva temporada de la serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) abandona en cierto modo la línea argumental protagonizada por Taylor Schilling (Argo) para centrar todos sus esfuerzos en abordar las relaciones humanas de un grupo de presas que, de un modo u otro, están entre rejas por errores cometidos en lugar de por ser un peligro real y físico para la sociedad. La introducción de un nuevo y soberbio personaje, interpretado brillantemente por Lorraine Toussaint (El solista) confirma esta idea. La presencia de un rol verdaderamente maligno y superior en todos los aspectos a sus congéneres supone un factor desestabilizador en el equilibrio de las internas de esa cárcel, fundamentalmente porque en el tiempo que dura la temporada, apenas unos meses, es capaz de hacerse con el control de personas y negocios. Y como digo, todo ello sin contar con Schilling, dando un mayor protagonismo a Red, el personaje al que da vida Kate Mulgrew (Perception), y a “Ojos Locos”, papel por el que Uzo Aduba ha recibido un Emmy.

Sobre todo esta última. Desde que comenzó la serie su personaje ha sido uno de los pocos que son capaces de generar risa e inquietud a partes iguales. La capacidad de la actriz para transmitir no solo los bruscos cambios de ánimo del personaje, sino la complejidad psicológica de las ideas que pasan por su mente, es abrumadora. En este sentido, en esta segunda temporada de Orange is the new black logra alcanzar un peldaño más al apoyarse en el personaje de Toussaint y convertirse en un ser casi maquiavélico, leal hasta extremos inimaginables y violento cuando su jefa es atacada. La secuencia de la ducha en la que apalea a una “disidente” es, simple y llanamente, espeluznante y reveladora. De hecho, es posible que sea de lo mejor que tienen estos 13 capítulos. Pero más allá de este personaje, el desarrollo dramático de esta trama que nace como secundaria pero se convierte en principal es brillante en su uso de la sutileza moral. Puede que sea por eso que termina acaparando toda la atención posible.

Con todo esto la pregunta que cabe hacerse es: ¿y qué pasa con el personaje de Schilling? Pues más bien poco. Como decía al comienzo, esta ficción creada por Kohan es un buen ejemplo para comprobar que en televisión, si algo no funciona y se dan los elementos adecuados, el cambio es posible. Su personaje, justificación para introducir al espectador en ese mundo entre rejas, se desvanece notablemente a lo largo de la temporada, llegando incluso a ser una mera sombra en varios capítulos. Su trama, con el desarrollo de su relación amor/odio entre su amante lesbiana (una Laura Prepon –The kitchen– casi testimonial) y su ex novio (al que da vida el protagonista de American Pie, Jason Biggs), pierde buena parte del interés dramático que pudo tener en su primera temporada, convirtiéndose casi en una suerte de muletilla irónica que sirve de contraste para los demás problemas, muchos de ellos bastante más sólidos. Esto no quiere decir, claro está, que no tenga cierto protagonismo, sobre todo en los primeros compases de esta etapa, pero sin duda ha perdido mucha fuerza, en buena medida debido a la presencia del personaje interpretado por Toussaint.

A vueltas con el pasado

Esta segunda temporada de Orange is the new black mantiene intacta su estructura narrativa, aunque lo hace con menos variedad que en la temporada de su estreno. Por supuesto, la práctica totalidad de los episodios cuentan con una serie de flashbacks que ayudan a comprender a los personajes más allá de los motivos por los que ingresan en la cárcel. La obsesión del personaje de Yael Stone (West) o los problemas de acogida del rol interpretado por Danielle Brooks son solo algunos ejemplos. En relación con esto, una de las cosas más interesantes que incorporan estos nuevos capítulos es la reinterpretación de este concepto, ofreciendo al espectador un marco más amplio que nutre de forma indiscutible el crisol de personalidades que viven en ese recinto.

Y no hablo solo de las presas. Los responsables de la serie optan por una mayor introducción de los guardias que trabajan entre esos mismos barrotes, presentándoles fuera de su entorno para poder, de ese modo, definirlos de forma más precisa. Si durante la primera etapa fue el personaje de Michael Harney (serie True Detective) el que tuvo el peso en este sentido, en esta segunda parte es Nick Sandow (All roads lead), Joe Caputo en la ficción, el que toma el relevo. Su arco dramático, motivado por los deseos de prosperar y de hacer algo bien en una cárcel que se cae a pedazos, es el otro gran pilar sobre el que se asienta la temporada, permitiendo un desarrollo más profundo y algo más caricaturesco de este funcionario de prisiones al que todo parece salirle mal a pesar de sus buenas intenciones.

Aunque hablar sobre los vigilantes y no hacerlo del personaje de Pablo Schreiber (Los amos de Dogtown) puede ser poco menos que contradictorio. En realidad, este es uno de los pocos “peros” que se le puede poner a la segunda temporada. Su personaje, que abandonaba la cárcel al final de la primera temporada, tiene en esta una presencia mínima, solamente justificable como detonante de la evolución de alguna trama secundaria. Y es una lástima, pues tanto la labor del actor como la definición sobre el papel son de lo mejor que ha dado este producto en los dos años de vida que tiene. Y eso dentro de un cúmulo de personajes que, en líneas generales, son inolvidables. Su ausencia trata de disimularse con el resto de vigilantes, pero un hueco así es difícil de cubrir. La ironía y el desagrado que aportó en los primeros episodios desaparecen en esta nueva etapa, lo que a la larga dota al conjunto de otros aires, si no distintos al menos sí modificados.

Pero en conjunto, la segunda temporada de Orange is the new black confirma que lo visto en la primera etapa no fue un éxito fulgurante. Gracias a los elaborados personajes que pueblan la cárcel la serie ha sabido rearmarse para convertirse en una producción coral donde las historias de las presas tienen más interés y peso que la de la propia protagonista, quien por cierto sigue siendo de lo más débil del conjunto. La incorporación de nuevos personajes, además de enriquecer ese particular universo, ha hecho avanzar el carácter dramático de la obra creada por Jenji Kohan, dotándola de un tono irónicamente dramático mucho mayor. En este proceso de transformación, como es lógico, ha habido víctimas que se han quedado por el camino. Algunas son recuperables (caso del rol de Schreiber), pero todo apunta a que otras dejarán de existir definitivamente (caso de la vida previa de la protagonista). Sea cual sea el futuro, parece claro que si se sigue de este modo la tercera temperada consolidará la serie como una de las más frescas del panorama actual.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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