La primera película de… Marilyn Burns: ‘La matanza de Texas’


Marilyn Burns fue la única superviviente de Cara de Cuero en 'La matanza de Texas' de Tobe Hooper.La semana pasada fallecía la actriz Marilyn Burns a los 65 años. El hecho de que su nombre no resulte conocido en un primer momento da una idea de la relevancia de su trabajo en la cultura general de la sociedad… o no. Porque aunque es cierto que su trabajo no es muy conocido, su debut delante de las cámaras fue uno de esos títulos que marcaron un antes y un después no solo en un género, sino en la propia forma de entender el cine. La matanza de Texas, versión de 1974, pertenece a ese grupo de películas de terror gore que tienen poca sangre pero que ofrecen al espectador algo que, por desgracia, cada vez es más difícil conseguir: una atmósfera única y malsana que convierte al relato en una auténtica pesadilla de la que la solo sobrevivió, al menos en pantalla, la propia Burns.

Dirigida por Tobe Hooper (Poltergeist), para quien por cierto éste era su segundo proyecto, la película sigue el viaje que realizan cinco jóvenes para comprobar si la tumba del abuelo de dos de ellos ha sido profanada a raíz de unas noticias escuchadas días atrás. Lo que se inicia como un viaje sin mayor complicación pronto se ve perturbado cuando un autoestopista al que recogen se corta voluntariamente la mano. Aunque el giro más macabro se produce cuando acuden a una casa cercana a la de su abuelo para pedir ayuda, descubriendo en su interior a toda una familia de caníbales matarifes, siendo el más mortífero aquel conocido como Cara de Cuero debido a la máscara de piel humana que lleva en todo momento. Su argumento, uno de los pocos que pueden considerarse auténticamente macabros, está inspirado en los rumores y hechos que rodearon la detención de Ed Gein, asesino y saqueador de tumbas cuya figura ha inspirado películas de lo más dispar. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.

Lo más interesante de La matanza de Texas reside en su habilidad para crecer en intensidad dramática y emocional sin apenas recursos, limitando estos a secuencias muy concretas y, sobre todo, a la ambientación de esa casa de los horrores en la que viven los asesinos. Puede que hoy en día, con la evolución que ha sufrido el género y con lo curtida que está la sociedad en este aspecto, la película no resulte tan “aterradora” como cabría esperar, pero sería un error menospreciar su valor y su atemporalidad, la cual por cierto queda patente en el hecho de que han sido muchas las versiones y secuelas que ha producido, pero muy pocas (solo las que han seguido sus pasos de una forma más fiel) han sido dignas del original. Es cierto que no tiene un alto grado de gore, pero es que, y aunque pueda parecer lo contrario, no es en sí misma una película visceral o sangrienta, sino un film que busca en todo momento introducir al espectador en un entorno desagradable, malsano y paranoico.

Es por ello que la película recurre a una estructura narrativa muy simple. Podría decirse que es de manual. Cinco chicos que irán muriendo uno a uno, cuyo orden puede anticiparse con muy poco margen de error. Empero, esta sencillez en su discurso permite a Hooper ahondar más en el aspecto visual del conjunto, desarrollando así todo un mural de horrores único e inimitable. Ni siquiera es necesario mostrar los detalles de los huesos o de las pieles que posee Cara de Cuero (al que da vida un debutante Gunnar Hansen). La mera presencia de un villano tan impactante y su facilidad para afrontar la muerte de estos jóvenes es ya de por sí aterradora. Es conveniente aclarar que no se trata de un personaje frío y pseudorobotizado, como podrían considerarse otros asesinos en serie, sino de un ser que ve en los humanos lo mismo que el individuo de a pie ve en una vaca o una oveja. Es esa sencillez con la que maneja a sus víctimas, esa naturalidad, la que dota al villano, y por extensión a la obra, de un miedo visceral que impregna hasta el más mínimo detalle.

El miedo a no ver

Una de las máximas del cine es que lo más aterrador es no ver nunca de forma completa al monstruo de la película. Ello permite al espectador completar los huecos con su imaginación, y es ahí donde surge un horror único y personal. Pues bien, La matanza de Texas juega con esta idea casi desde sus inicios. No solo de cara al espectador, sino también con los protagonistas. El personaje de Marilyn Burns, quien por cierto transmite muy bien el proceso emocional, solo comprende la situación en la que se encuentra cuando se haya atada de pies y manos a una silla para convertirse en el plato principal de una cena familiar. Hasta ese momento, y aunque se intuyen todos los acontecimientos, su personaje no se ve involucrado físicamente hablando en la acción. Del mismo modo, el hecho de que cada personaje muera de forma solitaria y anónima a manos del villano no hace sino acentuar la sensación de estar ante una terrorífica cacería.

Como decía al comienzo, la película de Hooper pertenece a ese privilegiado grupo que es capaz de generar a su alrededor una serie de imágenes que nunca se encuentran en el film, otorgando una mayor visceralidad a la que realmente posee. Esto, que enlaza directamente con aquello de “no mostrar para verlo todo”, queda patente en la muerte del personaje interpretado por Paul A. Partain (Carrera con el diablo) en el bosque, todo un modelo de brutalidad y violencia que no necesita de sangre y vísceras para quedar grabado en la retina del espectador. De nuevo, la ambientación de la secuencia, así como de todo lo visto hasta ese momento, ejerce un papel fundamental en el desarrollo de la acción y del componente emocional que desprende la muerte del joven en silla de ruedas.

La huída del personaje de Burns, por otro lado, es una guinda asfixiante, a medio camino entre la plenitud dramática y la suspicacia de que no podrá llegar muy lejos. Más allá del infierno por el que pasa la protagonista, es su primera y falsa huída lo que genera una angustia mayor. El hecho de que su primer intento de escapar termine con ella sentada a la mesa con un grupo de caníbales invita al espectador a recelar de todo lo que ocurre a continuación, incluyendo su alejamiento de Cara de Cuero sentada en la parte trasera de una camioneta y cubierta completamente de sangre. Esta desconfianza supone, por tanto, un clímax paralelo al que se desarrolla en la acción. Un clímax que podría considerarse puramente psicológico, amén de emocional, y que enriquece ese final en el que el villano, frustrado, da vueltas sobre sí mismo motosierra en mano.

Es una conclusión simple pero enormemente simbólica. La matanza de Texas de 1974 finaliza de ese modo un viaje a los instintos más brutales y salvajes del ser humano. Un recorrido por un infierno del que solo sobrevivió el personaje de Marilyn Burns, pero que ha generado un sinfín de secuelas, remakes e imitaciones. En este caso pocas han sido capaces de equipararse al original, fundamentalmente porque han dejado que la trama se entregue a la violencia y el gore sin prestar atención al entorno y, sobre todo, a la naturaleza de Cara de Cuero, que adquirió aquí su condición de inmortal del cine. De hecho, esas películas han hecho hincapié en aquello que menos relevancia tiene en el film dirigido por Tobe Hooper: los asesinatos. En este clásico poco importa la forma de matar. Lo realmente aterrador es la naturalidad con la que se hace.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: