‘Revenge’ usa el dramatismo desmedido para redefinirse en su 3ª T


Madeleine Stowe y Emily VanCamp, en la conclusión de la tercera temporada de 'Revenge'.En español el término “telenovela” suele tener una connotación negativa (al menos en España), asociado normalmente a producciones televisivas de un dramatismo algo exagerado y con giros argumentales cada vez más forzados por las circunstancias de los propios personajes, cuyas evoluciones tienden a ser, dicho finamente, una montaña rusa de emociones. Este término encuentra su traducción más aproximada en “soap opera”, aunque este último engloba un concepto mucho mayor, considerando más bien las series como producciones cuyo final es indefinido e ignoto, alargando las tramas todo lo posible. Todo esto viene a cuento porque la tercera temporada de Revenge ha puesto todas las cartas de este género televisivo sobre la mesa, erigiéndose como un claro ejemplo de cómo enganchar al espectador con giros imposibles, secretos previsibles y una evolución que, en cierto modo, puede producir risa. Una apuesta que ha redefinido todo el planteamiento de la serie para sus próximas temporadas.

Y no es que las anteriores temporadas no dejaran claro que la serie creada por Mike Kelley (serie O.C.) es una soap opera, al contrario. Lo que ocurre es que en estos nuevos 22 episodios se ha entregado por completo al repudiado concepto de telenovela. Con un inicio que mantiene la esencia narrativa de la producción (es decir, un acontecimiento impactante que luego será explicado con un largo flashback), la temporada deriva en su segunda mitad hacia un caótico desarrollo en el que las relaciones imposibles y los secretos más tópicos hacen acto de presencia, convirtiendo la serie en una versión pobre de la intriga que debería definirla por derecho propio. Soy consciente de que esta apuesta evolutiva tiene mucho que ver con la conclusión de la temporada, por no decir que es fundamental, pero el balance final permite intuir que las cosas podrían haberse hecho de otro modo.

La aparición de hijos secretos, de madres biológicas huidas durante décadas o de personajes que todo el mundo daba por hecho que estaban muertos modifican sustancialmente el panorama de Revenge. Algunos de tal modo que dan un nuevo sentido a la ficción. El problema es que su introducción en la trama y la forma de presentar los secretos con los que todos ellos cargan sobre sus hombros es tan forzada que se dichos roles se vuelven previsibles y tópicos. No es extraño que uno empiece a jugar al detective con los nuevos personajes, y es mucho menos extraño que acierte. Me refiero, fundamentalmente, a los personajes de Justin Hartley (serie Smallville), el hijo secreto de Victoria (papel en el que Madeleine Stowe está cada vez más exagerada); de Gail O’Grady (Asesinato en un pequeño pueblo), la madre secreta de… bueno, de alguien importante; y Olivier Martinez (Infiel), cuya participación se limita a ser detonante en la conclusión de los acontecimientos.

El hecho de introducir nuevos personajes, a los que habría que sumar viejas caras que son recuperadas apropiadamente para dar un giro más a la historia, impide a la serie centrarse en lo realmente importante, que es la venganza de la protagonista, de nuevo con los rasgos de Emily VanCamp (serie Cinco hermanos). Hay que reconocer que la trayectoria de su personaje durante la primera parte de esta tercera temporada es directa y ascendente, pero es a partir de las heridas de bala cuando todo cambia, adquiriendo rasgos dramáticos que trastocan su personalidad notablemente. En cierto modo esto no es algo negativo, pero lejos de investigar las puertas que abre este nuevo planteamiento sus responsables optan por convertirla en una especie de vengadora sin control que amenaza con destruir todo a su alrededor, algo que por cierto choca significativamente con una planificación de décadas.

De muerte y resurrección

Claro que no es este personaje el que peor parado sale. Son las tramas secundarias del crisol de personalidades que pueblan Revenge las que más sufren el caos de una evolución sin demasiado sentido. Los personajes deambulan por las diferentes tramas que sustentan el arco dramático principal dando bandazos entre lo correcto y lo incorrecto, entre una forma de pensar y otra. Esto, independientemente de que pueda ser más o menos realista, lo que consigue es una indefinición notable en dichos secundarios, convirtiendo a algunos en simples peleles que se acomodan a la dirección en la que sopla el viento. Hay que reconocer, no obstante, que el trío de villanos principal es el mejor parado en esta tormenta de ideas en que se convierte la serie a partir del capítulo 11.

De hecho, el personaje de Stowe logra superar el siguiente peldaño al convertirse en asesina física y presencial, lo que modifica para siempre su estatus dentro de la serie. Por otro lado, el personaje de Henry Czerny (Mission: Impossible), de lejos lo mejor de la serie, protagoniza el final más impactante que podía tener la temporada, lo cual por cierto es una forma de honrar la importancia del actor y del personaje. Aunque si hay que destacar un rol es el de Joshua Bowman (Peligrosamente infiltrada), cuyo arco dramático le ha llevado a heredar, en cierto modo, el rol de Czerny, salvando las evidentes distancias que existen entre ambos actores. Estos tres personajes, núcleo de maldad de todo lo que ocurre en el universo de Emily Thorne (alias Amanda Clarke, o viceversa), son el mejor ejemplo del cambio que se produce en esta tercera temporada, que si algo tiene de bueno es la redefinición de los conceptos básicos de la serie.

Porque sí, a falta de saber si los muertos están realmente muertos, y si los vivos están realmente vivos (al fin y al cabo, la premisa fundamental de este tipo de producciones es que todo puede ocurrir), lo cierto es que los episodios, con sus numerosos defectos narrativos y sus innumerables exageraciones dramáticas, muchas de ellas innecesarias, han provocado un terremoto en lo que hasta ahora se entendía como básico en la serie. Los motivos de venganza de la protagonista cambian radicalmente, los héroes secundarios tienen cada vez más entidad propia y motivos para actuar por su cuenta, y los villanos sustituyen piezas en un intento por dar frescura a los planes de destrucción mutua que se gestan a lo largo de los episodios.

Es más, se podría decir que esta tercera temporada de Revenge ha sido un terremoto para la temporada en sí misma. Esta nueva entrega ha derivado en un drama obligado por unas circunstancias algo ficticias, lo que a su vez ha convertido a los personajes en auténticos esclavos de algo que no puede llamarse destino, ente superior o mala suerte. Son, simple y llanamente, decisiones cuestionables. Si el fin justificase los medios, esta apuesta debería ser loable dado que el final de la temporada marca de forma irremediable el futuro de todos los personajes. Pero el fin no justifica los medios, y mucho menos en la narrativa audiovisual, donde muchas veces el camino recorrido es más importante que el resultado final. Esta serie es un producto en el que tanto el recorrido como la conclusión son, o deberían ser, importantes. Solo cabe esperar que la cuarta temporada recupere algo de coherencia y de cordura en ese nuevo escenario que dibuja esta irregular etapa.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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