‘The Following’ cambia a Poe por la religión en su 2ª temporada


Los personajes de James Purefoy y Kevin Williamson evolucionan notablemente en la segunda temporada de 'The Following'.He de confesar que cuando comenzó la segunda temporada de The following no tenía muchas esperanzas puestas en la serie creada por Kevin Williamson (Dawson crece). Cuando en este mismo espacio analizaba lo que dio de sí la primera temporada destacaba la facilidad del guionista para crear historias con impactantes premisas iniciales que, por desgracia, luego se desinflaban ostensiblemente. Con estos antecedentes la nueva entrega de 15 capítulos se antojaba cuanto menos previsible. Pero en uno de esos giros argumentales a los que nos tiene tan acostumbrados Williamson ha planteado una continuación arriesgada, valiente y compleja que presenta un desarrollo algo más coherente para esta historia sobre un asesino en serie, su secta de seguidores y el hombre que le persigue, si bien es cierto que sigue cayendo en algunos de los vicios de su predecesora.

Lo cierto es que el último episodio de la anterior temporada dejaba el terreno abonado para una reinterpretación completa de la trama. Y así ha sido. Estos nuevos episodios ahondan en fenómenos como la admiración que despierta el asesino en serie al que da vida James Purefoy (serie Roma) o la obsesión del rol de Kevin Bacon (X-Men. Primera generación), dos de los pilares fundamentales de esta ficción. Un proceso que indudablemente pasa por una mayor complejidad moral de sus protagonistas, quienes no solo maduran respecto a la primera parte, sino que se vuelven más oscuros, menos previsibles, desdibujando la línea que separa el bien del mal de forma notable. De este modo, las motivaciones del asesino superan la idea inicial de la literatura para sumergirse en la religión, y todo ello a su vez para demostrar que el egocentrismo del personaje de Purefoy lo único que hace es aprovechar las debilidades de aquellos que le rodean para nutrirse. Es decir, que tanto Edgar Allan Poe como la Biblia no son más que meras excusas para dar rienda suelta a su necesidad de matar.

Es este un aspecto que puede pasar desapercibido o interpretarse en sentido contrario. Sea como fuere, la ausencia de Poe (al que, por cierto, se hace referencia en algún momento) queda justificada en esta evolución del personaje, quien a pesar de rodearse de unos fanáticos religiosos nunca llega a absorber dicha doctrina, siendo simplemente un medio para lograr un fin (en este caso, la inmortalidad). Y aunque este elemento es interesante, el verdadero corazón de esta segunda temporada es el cambio que sufren tanto el personaje de Bacon como el de Shawn Ashmore (X-Men 2), quienes presentan unas heridas emocionales y psicológicas mucho más profundas de lo que en un principio podría parecer. Traumatizados por lo vivido en la primera temporada, ambos defensores de la ley realizan en esta entrega de The Following un peligroso camino que les lleva a tomarse la justicia por su mano sin miramientos ni remordimientos. La facilidad con la que matan, así como las elecciones que hacen, les llevan a rebasar esa delgada línea que, en la teoría narrativa, separa a los buenos de los malos.

Y hay que decir que funciona. Gracias a ello el desarrollo dramático se convierte en una espiral de violencia y venganza personal que, curiosamente, cambia de protagonistas. Si en la primera temporada la venganza era del villano, ahora es de los héroes. Y mientras que en los primeros episodios las muertes se registraban sobre todo a manos de Purefoy y sus seguidores, ahora los que más se manchan las manos son los dos ex agentes del FBI. Williamson logra que dicha espiral no se le escape de las manos, es cierto, pero en todo momento planea la posibilidad de que los personajes superen el límite que les convierta en villanos. Incluso los riesgos de esta apuesta se resuelven de forma más o menos lógica, pues la solitaria persecución que inician los dos protagonistas queda justificada con las filtraciones dentro del FBI.

Una nueva familia

Ello no impide, sin embargo, que The Following no caiga de nuevo en algunos de los errores, o mejor dicho concesiones, que ya afearon la primera temporada. Me refiero a la necesidad de Williamson de presentar a sus héroes como… bueno, como héroes. Las venganzas de los personajes de Bacon y Ashmore, diferentes pero al mismo tiempo relacionadas, dibujan un interesante perfil psicológico, pero al mismo tiempo fuerzan la trama a situaciones un tanto incoherentes con el resto del desarrollo. La necesidad de los protagonistas de enfrentarse solos a sus demonios, incluso aunque tengan la bendición de todo el background dramático, no deja de ser un poco increíble, sobre todo si tenemos en cuenta que la forma de resolver las situaciones creadas es normalmente la misma.

Concesiones aparte, esta segunda temporada destaca también por la presencia de una nueva familia, y nunca mejor dicho. Su presencia en el primer episodio ya deja patente que no estamos ante una continuación al uso de la serie, sino ante una evolución notable. Solo hace falta ver que las máscaras utilizadas no son de Poe, sino de Joe Carroll, el personaje de Purefoy. Este detalle tan simple como eficaz define estos episodios como un estudio sobre la psicopatía del villano y su influencia en el resto de mentes que le siguen con una adoración inusitada. Precisamente en este aspecto es donde tiene más presencia este nuevo grupo, cuyos máximos representantes son los personajes de Connie Nielsen (Tres días para matar) y Sam Underwood (serie Dexter). Nacidos como unos seguidores de Carroll, su naturaleza va mucho más allá, convirtiéndoles en una especie de espacio de apoyo a psicópatas para que estos desarrollen sus fantasías y traumas.

Su labor dramática, por tanto, va mucho más allá de la mera comparsa. Gracias principalmente al doble trabajo de Underwood, que interpreta a gemelos, estos nuevos personajes adquieren entidad propia, primero dependiente del conflicto que centraba la primera temporada, luego como agentes independientes y objetivo de la venganza del personaje de Ashmore. La complejidad de sus decisiones y de sus traumas aporta a la trama un punto de vista distinto, creando un segundo arco argumental que nutre al principal y, al mismo tiempo, ofrece nuevas y autónomas posibilidades narrativas. El hecho de que vayan a tener presencia en la próxima temporada no hace sino reforzar la idea de que la serie ha evolucionado hacia algo más grande que mira hacia adelante en lugar de intentar recuperar el pasado.

En pocas palabras, The Following ha sabido reinventarse. Es cierto que sigue pecando de algunos excesos y de concesiones al dramatismo que pueden resultar innecesarios y hasta contraproducentes, pero en líneas generales esta segunda temporada ha sido un lavado de cara de la producción. Los héroes han madurado hacia un estado mucho más sombrío y radical, mientras que los villanos han dado rienda suelta a su violencia y radicalismo. Esta evolución de personajes, unido a una concepción algo más amplia de la trama original y a la incorporación de unos nuevos e interesantes personajes, lleva a la serie a un estado inesperado que deja atrás muchas de las premisas iniciales para proponer una alternativa fresca y más dinámica que, eso sí, sigue manteniendo los puntos de giro sorprendentes.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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