‘El origen del planeta de los simios’, distanciarse del original para mantener la esencia


César dirige la revolución de los monos en 'El origen del Planeta de los Simios', dirigida por Rupert Wyatt.Uno de los pilares fundamentales de la ciencia ficción cinematográfica está representado por la saga ‘El planeta de los simios’, fundamentalmente gracias al original de 1968 protagonizado por Charlton Heston (El último hombre…vivo) que adaptaba la novela de Pierre Boulle. El amplio número de referencias culturales que aquel film aportó a la sociedad, así como el complejo y elaborado mensaje que transmitía, lo convierten en un clásico imprescindible y en objeto de numerosas secuelas y remakes que no siempre han tenido la calidad esperada. El inminente estreno de El amanecer del planeta de los simios devuelve a la actualidad no solo al film original, sino también a la película que se atrevió a contar los inicios de la dominación de los monos sobre los humanos: El origen del planeta de los simios (2011).

Dirigida por Rupert Wyatt (The escapist), la trama desarrolla la relación de un científico que busca una cura para el alzheimer con un simio al que adopta y que, por una serie de experimentos, ha adquirido un coeficiente intelectual similar al de un humano. Una relación que termina derivando en una revolución de un amplio grupo de simios cuyo único propósito es buscar la libertad de la que los humanos les privan al encerrarlos en zoos y laboratorios. A grandes rasgos esta podría ser la sinopsis, pero incluso en esta breve reseña puede encontrarse ya una de las características más importantes del film: su independencia. No la de los simios, que también, sino la de la propia historia respecto al original y al resto de versiones y secuelas que se han realizado. Tal vez sea porque no necesita tener demasiado en cuenta lo narrado en otros films, pero lo cierto es que dicha libertad permite a la película de Wyatt desarrollarse de forma autónoma, encontrando su propia historia y sus propios recursos narrativos.

Y es que a diferencia de la saga, en la que la lucha entre hombres y simios por la supervivencia es más patente, El origen del planeta de los simios se antoja más como un estudio acerca de la violenta condición humana, de la ausencia total de compasión de una sociedad alentada por los resultados y por su mal entendida superioridad intelectual. La forma en que la trama desarrolla el arco dramático del simio protagonista, que vuelve a contar con la magistral interpretación de Andy Serkis, quien ya estaba familiarizado con los monos gracias a King Kong (2005), hace hincapié en todo momento en la indefensión de una criatura que no encuentra su sitio ni entre los humanos ni entre sus semejantes. Esta evolución deja algunos de los mejores momentos del film, como es ese primer momento en que César, nombre clave en la historia original, descubre que puede utilizar su intelecto para derrotar a gorilas mucho más grandes y fuertes que él. En cierto modo, y salvando las distancias, es un homenaje a ese primer fragmento de 2001: Una odisea en el espacio (1968).

La película no es, por tanto, un producto más que trate de exprimir el poco jugo que le queda a la historia original, sino que parte de lo ya conocido para preguntarse qué ocurrió para que se llegara a dicha situación. En este sentido, además, no se deja llevar por la acción desmedida o por la relativamente sencilla idea de que los monos conquistan el mundo. La complejidad que adquieren los simios les convierte en personajes incluso más interesantes que algunos de los roles humanos, pues les dota de unos objetivos mucho más elaborados. No tratan de vengarse o de responder con violencia lo que a todas luces es una tortura, sino que buscan un lugar al que llamar hogar. Esa inteligencia al servicio de una naturaleza tan “inocente” como la animal es otro de los aspectos a destacar del film, que por cierto contiene algunas secuencias de acción espléndidamente realizadas.

Dueños de nuestro destino

Narrativamente hablando, El origen del planeta de los simios comparte con sus predecesoras algunos aspectos que la vinculan de forma ineludible con la historia que todo el mundo conoce. El primero y más relevante es la idea de que el ser humano se convierte en su propio verdugo. Aunque es cierto que se aleja notablemente de ese giro dramático del film original que deja atónito a todo aquel que se acerca sin saber nada de la historia, la película mantiene el mismo espíritu. En esta ocasión, a través de la relación que el simio establece con el personaje de James Franco (Juerga hasta el fin), prácticamente el único que comprende los riesgos a futuro que conlleva tratar a los animales de esa forma. Las interacciones entre ambos personajes, simio y humano, crean un núcleo dramático y emotivo que impulsa en muchos momentos la trama, sobre todo cuando esta tiende a estancarse. Una relación, por cierto, que adquiere su máxima expresión cuando César logra articular una palabra. Un momento tan sencillo como como cargado de significado.

No por casualidad, esa idea de que el ser humano es dueño de su fatídico destino, presa a su vez de sus ansias de conocimiento y de su desprecio por los animales, se desarrolla de forma casi paralela al hecho de que los simios adquieren conciencia de su propia naturaleza, y por lo tanto también toman las riendas de su futuro. Ambos procesos, representados en cierto modo por los roles de Franco y Serkis, se convierten en las dos caras de una misma moneda. El ascenso del planeta de los simios supone la caída del planeta de los humanos. La genialidad del film, o al menos lo más loable, es que logra dejar patente dicha dualidad sin mostrar enfrentamientos directos entre ambas razas, centrándose en el trasfondo emocional de los personajes y en la evolución de los animales. El hecho de dotar al simio César de una personalidad con la que cualquier individuo puede identificarse no hace sino acrecentar la sensación de abuso y maltrato, encontrando en ello una justificación más que razonable a sus ansias de libertad.

En definitva, y esto es algo que también mantiene con el original, la película aborda a los primates como si de seres humanos se tratara. No busca simplemente mostrarlos como animales que inician una guerra ante unas criaturas de similar intelecto pero mucha menos fuerza física, sino como criaturas cuya naturaleza siempre les guía a vivir en libertad y en paz. Y esta idea, si bien es cierto que acerca a esta precuela al resto de films, también la distancia notablemente de todas. Mientras que en el original (y en el resto) los simios son mostrados como una sociedad que, en líneas generales, se comporta como la humana, aquí no adquieren todavía ese grado de organización, permitiendo al director abordar muchos más matices en todos los ámbitos, desde la ya mencionada moralidad humana hasta las motivaciones de César y del resto de simios.

El origen del planeta de los simios, por tanto, se puede entender como una historia notable en la que todos los elementos, desde los efectos hasta la acción, están al servicio de una trama sólida que sabe encontrar su equilibrio entre el homenaje al original (al fin y al cabo, se nutre de ella) y la personalidad propia, creando un híbrido que, al igual que el simio protagonista, posee lo mejor de los dos mundos. La ausencia de miedo en Rupert Wyatt y el resto de responsables a la hora de afrontar el reto de enfrentarse a la sombra de un gran clásico como el film de 1968 es lo mejor que le podría ocurrir a una trama que no tiene reparos en huir de concesiones para revelarse como una reflexión sobre las relaciones, sobre la naturaleza humana y sobre el futuro de la sociedad.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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