Los personajes de ‘Revolution’ pierden coherencia en su 2ª temporada


Billy Burke y Elizabeth Mitchell tendrán que luchar contra un nuevo enemigo en la segunda temporada de 'Revolution'.No sé si será por los actores, por el desarrollo de la trama o simplemente por la factura técnica, pero el caso es que hay series que, teniendo todo lo necesario para lograr el éxito, no terminan de funcionar. Uno de los últimos casos es el de Revolution, serie de ciencia ficción que sin tener grandes pretensiones ofrecía algo un poco diferente. Es cierto que su primera temporada tuvo para muchos más sombras que luces, pero la idea de una sociedad moderna que se ve obligada a retroceder casi a la Edad Media por la ausencia de electricidad era una premisa interesante. Su segunda temporada, y si nadie lo remedia (léase la presión de los fans) la última, va un poco más allá en esta idea, repartiendo su evolución en dos claras líneas de trabajo que, aunque interesantes, no terminan de funcionar. En esta ocasión, irónicamente, el problema son los propios protagonistas.

Estos nuevos 22 episodios retoman la acción unos meses después de la conclusión de la anterior etapa, aprovechando los primeros capítulos para situar a cada uno de los personajes principales e introducir otros nuevos. El principal escollo con el que se encuentra su creador, Eric Kripke (serie Sobrenatural) es que se opera un cambio en dichos personajes que nunca termina de materializarse en decisiones y acciones concretas. Salvo los roles interpretados por Billy Burke (Crepúsculo) y Tracy Spiridakos (Engañada en la red), cuya transformación es bastante evidente, el resto combina las características de la primera temporada con las novedades de la segunda. Quizá el caso más llamativo sea el de David Lyons (Come reza ama), Monroe en la ficción. Su arco dramático es cuanto menos incongruente, no solo con su propia naturaleza sino en el sentido general de la serie. La necesidad de transformarlo de villano a héroe impide a sus responsables acometer una transformación lógica y natural motivada por sus propios intereses, los cuales tratan de usarse al final de la temporada para tratar de justificar sus acciones. La introducción del personaje del hijo y esa especie de amor-odio con el rol de Burke no hacen sino ridiculizar un buen villano.

Todo esto ocurre, fundamentalmente, por la incorporación a la trama de los llamados Patriotas, una nueva amenaza planteada al final de la temporada anterior que, en teoría, debería de haber servido para un propósito doble: dotar de más acción y complejidad a la trama, y generar dos frentes de combate claros. El resultado es, como la serie en general, irregular. No cabe duda de que la presencia de estos villanos, cuyas actividades son más crueles de lo visto hasta ahora (al fin y al cabo, debían hacer “bueno” al personaje de Lyons), aportan un grado notable de interés y de intriga al arco argumental, pero su desarrollo no es todo lo fluido que cabría esperar. Su presencia se plantea de forma pausada e incluso velada para, al final, precipitar los acontecimientos y derivarlo todo a un único momento en el que son derrotados. Es de suponer que esto, más que un problema de planteamiento, es una necesidad ante la finalización inesperada de Revolution. Por cierto, es de agradecer que sus responsables, entre los que se encuentran J.J. Abrams (serie Fringe) y Jon Favreau (Iron Man), hayan optado por cerrar los ciclos planteados en esta temporada, y no dejando todos los interrogantes en el aire.

En lo referente al reparto merece una mención especial Giancarlo Esposito (serie Érase una vez), cuya presencia sigue siendo de lo mejor del conjunto, incluso con el caótico camino que sigue en estos episodios. Su rol, algo más separado del resto que en la temporada anterior, se convierte en una especie de vengador solitario cuyo único objetivo es acabar con aquellos que han matado a su mujer. Su facilidad para hacer todo lo necesario por lograr su objetivo, unido a su falta de empatía incluso con su hijo (solo cuando lo pierde es cuando realmente lucha por él) le otorgan una presencia mucho más consistente que en la primera temporada, cuando todo esto se presentaba bajo la bandera de los enemigos. Su final, uno de los pocos que unen las dos líneas argumentales de las que hablaba, es quizá el más claro ejemplo, junto con el papel de Monroe, de que la historia, a pesar de los intentos por controlarla, se les había escapado de las manos a los creadores.

Y llegó la nanotecnología

Aunque pueda parecer lo contrario, uno de los pilares de Revolution ha sido la incorporación a la trama de la nanotecnología, responsable del apagón y la mayor amenaza de esta temporada, aunque solo protagonice una trama secundaria. Su desarrollo ha sido, a pesar de algunos altibajos, de lo mejor de la serie, y la forma en que Kripke logra finalizar su arco dramático es brillante, abriendo la puerta a un futuro en el que humanos y máquinas deberán enfrentarse irremediablemente. Es más, uno de los mejores episodios de la temporada, aquel que transcurre en la mente del personaje de Zak Orth (Vicky Cristina Barcelona), es la pieza que permite comprender la naturaleza de esta tecnología que consume toda la energía del planeta y cuyo objetivo se desvela en el último capítulo. Su presentación a lo largo de la temporada es, al igual que la de los Patriotas, pausada e intermitente, planteando numerosos interrogantes que se resuelven con relativo acierto a medida que se desarrolla la trama.

Lo que juega en su contra es su propia condición de secundaria. Es cierto que hacia el final de esta etapa ambas líneas argumentases tienden a unirse, pero el hecho de que solo algunos personajes estén implicados en ella, sin llegar nunca a involucrar a los demás, debilita su fuerza y su importancia, sin duda reservando su protagonismo para una hipotética tercera temporada. Esto deriva, por ejemplo, en un desarrollo que muchas veces recurre a giros de difícil aceptación, como son las constantes desapariciones del personaje de Orth y la falta total de consecuencias en el resto de personajes. Eso por no hablar del hecho de que la explicación para muchos de los fenómenos que ocurren se ofrece al espectador, pero no al resto de personajes (al menos no de forma directa y contundente), lo que ahonda en esa idea de que las dos tramas, que en muchas ocasiones se intentan combinar, son dos entes separados que entretienen pero fracturan la serie.

A pesar de todo, es justo reconocer que la serie posee un pulso narrativo notable. Apenas existen episodios en los que el ritmo decaiga, logrando un dinamismo similar al de la primera temporada e introduciendo nuevos personajes que dan al conjunto un cierto lavado de cara que debe ser reconocido. El hecho de que la trama se pierda algunas veces en historias que no llevan a ningún lado (lo de irse a México a buscar un personaje para que simplemente engrose el reparto tiene poca justificación) solo es un obstáculo si uno no se entrega al entretenimiento que supone ver una serie cuya factura técnica es más que buena. Al fin y al cabo, las presentaciones de la producción nunca han sido las de convertirse en un producto referente de la ciencia ficción. Si tenemos esto en cuenta, se podría decir que logra su objetivo.

El problema de Revolution, tanto en su primera como en su segunda temporada, es que nunca ha tenido claro cuál era su sitio en el nutrido mundo de las series actuales. ¿Es una serie de acción? ¿Es una trama que busca explorar algo más que situaciones comunes? ¿Sus personajes saben cuál es su sitio? Estas y otras preguntas no terminan de responderse, y esa indefinición es lo que, finalmente, ha llevado a su cancelación en esta segunda temporada. Tal y como finaliza da la sensación de que en episodios futuros podrían encontrarse las respuestas, pero si eso finalmente llegamos a verlo será con otra productora. El balance que deja la serie, por tanto, es la de un entretenimiento cuyas aspiraciones fueron desapareciendo poco a poco, hasta el punto de reducirse a un mero folletín de aventuras. Como decía al principio, el principal problema reside en muchos de sus personajes, sobre todo en aquellos que no han sabido evolucionar con las tramas. La premisa era buena; el desarrollo no tanto. Y esto es algo que le ocurre mucho a J.J. Abrams.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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