‘El bueno, el feo y el malo’, el gran clásico del fallecido Eli Wallach


Eli Wallach, junto a Clint Eastwood en 'El bueno, el feo y el malo', de Sergio Leone.Hay mañanas en las que el mundo del cine amanece con noticias tristes, y hoy es una de ellas. Eli Wallach, uno de los mejores actores secundarios que ha dado el séptimo arte, moría ayer, 24 de junio, a la edad de 98 años en su Nueva York natal. Su filmografía está plagada de títulos de todos los géneros, desde la comedia hasta el thriller, pasando por participaciones en sagas tan importantes como la de ‘El padrino’. A modo de homenaje, que coincide con la publicación número 800 de este rincón de Internet, hoy toca hablar de uno de los mayores clásicos en los que participó: El bueno, el feo y el malo (1966), dirigido por Sergio Leone (Érase una vez en América) y coprotagonizada por Clint Eastwood (Harry el sucio) y Lee Van Cleef (Capitán Apache).

Como su propio título indica, la trama se centra en tres personajes cuyas vidas transcurren, en cierto modo, al margen de la ley durante la Guerra Civil norteamericana. Tres personajes que en principio no tienen relación alguna entre ellos pero que, por el devenir de los acontecimientos, terminan influyendo en la vida de los demás. El primero, el bueno, es un cazarrecompensas que deberá colaborar con el feo, un ladrón, para encontrar un importante tesoro. Un tesoro que el malo, un asesino a sueldo que se ha incorporado a las filas del ejército Confederado, también persigue. Enmarcada en el spaguetti western, la película cierra la conocida trilogía del dólar, que completan Por un puñado de dólares (1964) y La muerte tenía un precio (1965). Esto no quiere decir, empero, que el film deba verse como parte de algo mayor, al contrario. Su relevancia radica en su capacidad no solo para ser independiente, sino en los recursos narrativos y formales que aporta.

Más allá de la labor de sus actores, de la que hablaré más adelante, El bueno, el feo y el malo posee uno de los desarrollos dramáticos más interesantes desde un punto de vista teórico. A pesar de que a medida que se suceden los minutos los roles protagonistas quedan perfectamente definidos en la trama, la presentación de los mismos por parte de Leone invita a pensar en una ausencia total de protagonista y antagonista. No existe, por decirlo así, una mayor presencia de uno o de otro; simplemente exponen sus intereses en función de su forma de afrontar las situaciones en las que se encuentran. Esto, evidentemente, lleva al espectador a posicionarse más del lado de unos en lugar de otros (del bueno, nunca mejor dicho), pero sin que esto les defina como héroes. Es, en definitiva, una historia plagada de antihéroes, de hombres que buscan su beneficio en una situación de crisis y de caos.

Este último aspecto, por cierto, es otro de los más interesantes de la trama. El contexto bélico en el que se desarrolla la acción resulta clave para entender no solo la motivación de los tres personajes (el tesoro), sino también la forma que tienen de manipular a los que les rodean y de aprovechar las oportunidades que se plantean ante ellos. No se trata, por tanto, de una historia el oeste en la que la relevancia recae únicamente en los personajes. Es más, la presencia de los bandos de la Guerra de Secesión termina resultando determinante. Es un soldado el que pone sobre la pista del tesoro; el personaje de Van Cleef se alista como parte de su plan; y una de las secuencias más espectaculares, la de la explosión del puente, transcurre en el marco de uno de los combates. Todo ello, por tanto, lleva al film a un concepto mucho mayor que el de un mero retrato de la complicada vida en el Lejano Oeste, convirtiéndola en una compleja telaraña de intereses personales en medio de un país dividido.

Un feo divertido

Aunque lo más recordado de El bueno, el feo y el malo es, sin lugar a dudas, su duelo a tres bandas protagonizado por los tres protagonistas. No tanto por la novedad de los tres vértices, algo que de un modo u otro siempre ha estado presente en el western, sino por la forma de narrar. En realidad, Leone utiliza estos recursos a lo largo de sus films, convirtiéndolos en seña de identidad de su estilo y del propio género que ayudó a crear. Gracias a esos planos detalle de los ojos, la tensión de la mano sobre la pistola, los movimientos involuntarios de los labios, etc., el realizador genera una tensión que, de otro modo, se perdería. La ausencia de aire en los planos, unido a los efectos sonoros y el sonido ambiente, son el caldo de cultivo perfecto para un crescendo dramático que tiene su desenlace en planos muy abiertos que permiten ver el grueso de la acción. Esto implica, por tanto, que lo relevante no está tanto en ver quién dispara antes, quién tiene mejor puntería o quien se mueve antes de disparar. Se trata más bien de llevar al espectador a la mente de los personajes y a ponerse en su lugar.

Precisamente es este estilo narrativo el que ofrece una mejor definición de cada uno de los roles y, sobre todo, de la interpretación de los actores. Y es aquí donde habría que hacer una mención especial a Wallach, cuyo personaje se encuentra entre los dos extremos que ofrece el film, es decir, entre el bueno y el malo. Y no me refiero solo al título. El personaje de este ladrón capaz de hacer lo que sea por llevarse el botín tiene tantas posibilidades de generar rechazo como de resultar un mero secundario al servicio del héroe. Por supuesto, la definición sobre el papel es, en este sentido, imprescindible, y eso es algo que los guionistas dejan patente casi desde el primer minuto en que aparece en pantalla. Pero independientemente de esto, el actor aporta al personaje la empatía necesaria para encontrar ese equilibrio a nivel visual. Tal vez sea porque no se le ve matar de forma directa; tal vez porque la ironía con la que se mueve por la trama le convierte en el elemento más cómico del conjunto. Sea como sea, este “feo” se convierte en un personaje único, y en eso tiene mucho que decir el intérprete.

Dicho de otro modo, Eli Wallach se convierte en ese ladrón pícaro capaz de lograr sus objetivos mediante artimañas que no siempre necesitan de amenazas. Es cierto que no son pocas las ocasiones en que recurre a las armas, pero en líneas generales es un personaje que se distancia notablemente de los otros dos al utilizar la sutileza antes que el gatillo rápido. Esto, unido a una suerte que oscila según sople el viento (cuando todo parece irle bien, llega la mala suerte, y viceversa), le convierten en uno de esos secundarios que dejan huella en una película. Uno de los mejores ejemplos es el momento en el que el soldado le revela la existencia del tesoro. El hecho de que no le transmita toda la información, lo que le obliga a colaborar con el personaje de Eastwood, define perfectamente al personaje y al actor, quien hace suyas las reacciones del mismo.

A nadie se le escapa que en un clásico como El bueno, el feo y el malo la labor del fallecido Eli Wallach es una pieza más de la grandeza del film. Pero sería un error no tener en cuenta que sin su aportación posiblemente la historia no sería tan completa. Es gracias a él que su personaje adquiere independencia frente al resto de protagonistas. Y es gracias a él que la ironía hace acto de presencia en un triángulo, por otro lado, tendente a la gravedad y la seriedad. Dicho de otro modo, un secundario que conocía su sitio en la trama pero que, fuese cual fuese la situación, es capaz de generar el suficiente impacto como para dar un sentido diferente al desarrollo dramático, algo que se puede apreciar incluso en sus últimas apariciones casi testimoniales. El consuelo siempre será que su obra perdura en el tiempo.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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