‘Silicon Valley’ añade crítica al desternillante humor de su 1ª T


Los protagonistas de 'Silicon Valley' tratan de sacar adelante su empresa en la primera temporada.El mundo de las empresas dedicadas a la tecnología, sobre todo al mundo informático, han sido objeto en numerosas ocasiones de tramas centradas en el espionaje industrial y en thrillers con marcado componente digital (ciberterrorismo, hackers, …). Sin embargo, son pocas las ocasiones en las que podemos afrontar una historia de este tipo desde un punto de vista cómico como el que presenta la serie Silicon Valley, cuya primera temporada de apenas 8 episodios finalizó a comienzos de junio en Estados Unidos. En realidad, pocas veces una serie se toma a sí misma tan poco en serio, lo que consigue, aunque parezca una contradicción, un nivel de exigencia narrativo y paródico que la sitúa entre las mejores producciones cómicas de la pequeña pantalla de los últimos años.

Creada por Mike Judge (serie El rey de la colina), John Altschuler y Dave Krinsky, que ya colaboraron en Patinazo a la gloria (2007), la historia se centra en un grupo de jóvenes que buscan su oportunidad en Silicon Valley creando una aplicación capaz de comprimir archivos hasta niveles nunca antes conseguidos y sin perder calidad en el proceso. Y aunque a grandes rasgos la trama principal podría resumirse en esta sencilla frase, la producción se nutre, y de qué manera, de unos personajes tan corrientes como surrealistas. Corrientes porque todos ellos son el vivo retrato de la imagen (errónea) que el gran público tiene de los “frikis” de la informática, es decir, chicos apasionados por los ordenadores y la computación cuyas capacidades para relacionarse con el resto del mundo son algo limitadas. Y surrealistas porque ninguno de ellos es lo que podríamos definir como “normal”.

Ambos conceptos enriquecen la trama de Silicon Valley hasta dejarla, en cierto modo, en un segundo plano. A medida que el desarrollo dramático permite al espectador conocer más en profundidad todos los aspectos de los roles principales el interés por ver cómo es el proceso para llegar a sus objetivos se impone a, por ejemplo, los acontecimientos que se suceden. Poco importa que necesiten un nombre para su empresa; poco importa que no tengan un lobo o carezcan de financiación. Las reacciones a dichas situaciones, la forma en que unos personajes tan diferentes entre sí interactúan para llegar a un logro común es lo verdaderamente relevante y lo que al final provoca una cadena de carcajadas de la que es muy difícil escapar. Evidentemente, de esto tienen buena parte de responsabilidad los propios actores, que más allá de una trama bien estructurada y sencilla incluso para aquellos “infieles” de las nuevas tecnologías, logran hacer que el espectador conecte con sus personajes.

En líneas generales, todo el reparto es excepcional. Desde Thomas Middleditch (Fun size) hasta secundarios como el malogrado Christopher Evan Welch (The master), que murió durante el rodaje de la serie, todos los personajes, con sus luces y sus sombras, crean un mundo único, casi irreal, en el que los problemas a afrontar son, sin embargo, de lo más corriente, incluso demasiado sencillos para el hombre corriente. Aunque si hay que destacar a alguien ese es T.J. Miller (El oso Yogui), cómico relevante en Estados Unidos que dota a su papel de una presencia tal que termina por hacerse dueño y señor de absolutamente todo. Da igual que participe o no en una secuencia, su labor en cada episodio es soberbia, lo que extiende su influencia a todos y cada uno de los planos. No me cabe duda de que la calidad del personaje reside en buena medida en una definición sobre el papel plagada de matices, pero la soberbia que Miller logra aportar a su personaje y ese aspecto a medio camino entre desahuciado y empresario en ciernes es algo único del actor. De algún modo, es un roba escenas que se convierte en el alma de la serie.

Burlarse de los iconos

Prueba de ello es que los mejores momentos de estos primeros capítulos los protagoniza él, desde alguno sencillo como la búsqueda del logotipo ideal de la nueva empresa (con setas alucinógenas, un desierto y unos lavabos de gasolinera incluidos) hasta ese momento del último episodio con una extraña teoría sobre los asistentes a un evento, pasando por una especie de crisis de identidad en la que imita a Steve Jobs, fundador de Apple, en su forma de vestir. Un momento que, aunque más sutil en el balance general de la serie, representa el otro gran elemento de Silicon Valley: la irreverencia por los iconos de ese caldo de cultivo tecnológico al que hace referencia el título, algo que por cierto queda patente en la imagen promocional de la ficción, en la que los protagonistas visten el famoso jersey negro de cuello vuelto mientras imitan la expresión de Jobs.

Puede que el humor con el que se aborda todo en la serie y los personajes tan extravagantes que pueblan el arco dramático resten protagonismo a la ironía con la que se trata el mundo de la informática y los ordenadores, pero no puede desdeñarse el tono sarcástico que en no pocas ocasiones se utiliza para referirse a personajes como Bill Gates, el mencionado Jobs o los fundadores de Google, Facebook o Twitter. Referencias, por cierto, tanto visuales como verbales. A la ya mencionada referencia del jersey habría que añadir la propia guerra de gigantes en la que se ven envueltos los protagonistas y que, no por casualidad, recuerda a la enemistad mantenida entre Microsoft y Apple. Pero hay mucho más: el funcionamiento de las grandes empresas, que tienen trabajadores sin hacer nada para no dejarles irse a la competencia; el espionaje industrial; los coches inteligentes que terminan llevando a un personaje a una especie de isla tecnológica, etc.

Todo ello deja la sensación de estar ante algo más que una sitcom al uso en la que el humor se basa en los personajes. Por supuesto, sin ellos el resultado no sería ni siquiera parecido, y posiblemente terminaría resultando monótono e incluso incomprensible. Pero la serie, y este es uno de sus grandes aciertos, incorpora cada vez más elementos críticos a medida que se suceden los episodios. Este concepto evolutivo con el que se enriquece la trama no solo permite distraer la atención de un argumento, por otro lado, excesivamente simple, sino que ofrece a los personajes afrontar situaciones novedosas y frescas. Sin ir más lejos, el momento en el que el personaje de Zach Woods (Damiselas en apuros) se dedica a proponer negocios de dudosa moralidad a transeúntes para que estos lo valoren recuerda a las encuestas realizadas por las empresas para valorar la satisfacción de sus clientes.

Silicon Valley es, en pocas palabras, un soplo de aire fresco. Puede resultar algo difícil en un primer momento; incluso puede que el episodio piloto resulte extraño. Pero una vez superado ese primer escalón, y sobre todo cuando T.J. Miller se hace con el control de la escena, la primera temporada gana enteros hasta convertirse en una auténtica revelación en este 2014. El hecho de que aúne humor y crítica no hace sino mejorar el resultado final, sustituyendo sus carencias (sobre todo en lo que a argumento se refiere) con conceptos dinámicos y adaptados a unos tiempos en los que Internet y los ordenadores dominan el día a día. Eso sí, viendo el final de esta corta temporada el futuro de la serie y de los personajes será, sin duda, muy diferente. Si a lo visto hasta ahora se le añade una nueva trama más compleja el resultado puede ser imprescindible.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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