‘Underworld’, la definición de un estilo tradicionalmente moderno


Kate Beckinsale es la absoluta protagonista de la saga 'Underworld'.El inminente estreno de Yo, Frankenstein ha devuelto al candelero, aunque solo sea de una forma referencial, una de las películas que poco a poco han adquirido la categoría de culto entre los aficionados al fantástico. Se trata de Underworld, producción del 2003 dirigida por Len Wiseman (Total Recall) que abordaba las mitologías de vampiros y hombres lobo desde un punto de vista bastante novedoso aunque sin perder nunca el respeto por los orígenes y los elementos definitorios de cada una de las criaturas. El resultado obtenido fue lo suficientemente bueno como para dar origen a una saga con altibajos que, en líneas generales, nunca ha logrado estar a la altura del original.

No quiere decir esto que esta primera película de hace más de 10 años sea una obra maestra del género, pero sí debería incluirse entre lo mejor que ha dado el cambio de siglo en lo que a criaturas de la noche se refiere. Y como no podía ser de otro modo, su mejor baza es su argumento y el desarrollo dramático del mismo. Wiseman, auténtico motor de la saga, elaboró una trama que encontraba sus raíces en el pasado, en una lucha ancestral entre dos criaturas surgidas de la sangre de dos hermanos. El conflicto se remonta a la esclavitud que los vampiros ejercen sobre los hombres lobo y la forma en que éstos se liberan a raíz del romance vivido entre un licántropo y una vampiresa al más puro estilo Romeo y Julieta. Esto, unido a un futuro tecnológico con estética punk y a una profecía, genera un marco incomparable para dar rienda suelta a una lucha que se desarrolla, al menos en esta primera entrega, al margen de la Humanidad.

Más allá de que su diseño visual sea más o menos acertado, lo realmente interesante de Underworld reside en un aspecto tan antiguo y utilizado como el amor. Contrariamente a lo que se pueda pensar, la película protagonizada por Kate Beckinsale (Contraband) utiliza la idea del ‘love interest’ como piedra angular de venganzas, traiciones y sacrificios. Y lo hace, además, en las dos tramas principales que se desarrollan de forma paralela a lo largo del film. Nutriéndose una de otra, ambos arcos dramáticos terminan confluyendo en el clímax y en el personaje de Scott Speedman (Todos los días de mi vida), pero tienen la suficiente personalidad como para no ser dependientes. Por supuesto, esto tendría poco sentido sin unos personajes que, aunque algo arquetípicos, funcionan lo suficientemente bien como para hacer que la acción avance sin complicarla demasiado, permitiendo a las secuencias de acción desarrollarse plenamente.

Éste es el otro pilar fundamental de la obra. Ya sea por las limitaciones de presupuesto con las que contó, ya sea por la novedad que supuso su estreno, el caso es que el film presenta una acción víctima de su época (cámaras lentas, efectos digitales más que evidentes, …) con notables momentos algo más, digamos, a la antigua usanza. A diferencia de muchas de sus secuelas, en las que la historia se limita a ser un vehículo para la acción (sí, narra un aspecto del mundo creado, pero su relevancia es mínima), esta entrega original equilibra perfectamente ese cierto aire tradicional de las criaturas con las técnicas más modernas. Y no solo en lo referente a narrativa visual o efectos especiales. Ese mundo futuro en el que ambas razas libran una guerra posee un diseño interesante y sencillo que combina sabiamente conceptos tan modernos como las armas de fuego y las municiones utilizadas con conceptos largamente utilizados en la mitología popular (la plata, la luz solar, la sangre, etc.).

Una noche muy americana

Puede que lo más llamativo, que al mismo tiempo es una de las señas de identidad de la saga, sean esos vestuarios de cuero negro que definen a los personajes, sobre todo a los vampiros. Víctimas igualmente de su época (a nadie se le escapan las influencias de Matrix), posiblemente sea este elemento que más desentona en lo que respecta a la definición de los personajes, si bien no se puede negar que unido al diseño de los escenarios y a la tecnología de las armas conforma un todo orgánico que ha sabido erigirse como un estilo propio.

Aunque si algo destaca, y mucho, en Underworld es el uso deliberado de lo que se conoce como “noche americana”, o mejor dicho de la iluminación azulada para representar la noche en la que se mueven los personajes la mayor parte del tiempo. Por supuesto, no todo el film utiliza esta paleta cromática, pero su predominancia genera en el espectador la idea de estar ante una historia oscura (cuando lo cierto es que no deja de ser una aventura de acción). El hecho de que Wiseman optará por esta estética en un film de estas características aporta al conjunto un sentido único: la identificación con los personajes. Más allá de idilios románticos, más allá de traiciones o de figuras paternales ante las que nos rebelamos, la película encuentra uno de los mejores puntos de conexión con el público en esa tónica azulada que lo impregna todo.

Puede que los espectadores no lo aprecien de forma consciente, pero los elementos comunes que se revelan a lo largo de la trama generan una red de conexiones que les permiten introducirse en un mundo del que el ser humano no tiene noticias. El hecho de que la protagonista tenga los ojos de un azul tan irreal genera la idea de estar ante una historia vista a través de la mirada de un vampiro, lo que a la larga instala la sensación de formar parte de ese mundo. De este modo, el film utiliza su fotografía para explorar de forma paralela a la acción el mundo en el que todo se enmarca, ayudando a su vez a definir un marco narrativo único que se ha mantenido a lo largo de todas las películas.

Como decía al inicio, Underworld no es una obra maestra. Tal vez adquiera la categoría de clásico dentro del género con el paso de los años, pero en ningún caso debería compararse con grandes títulos protagonizados por ambas criaturas. Esto no implica que no puedan valorarse sus virtudes, principalmente su capacidad para crear un mundo nuevo y una estética única. Todo ello sin perder nunca la esencia de sus personajes (sus fortalezas y debilidades nacidas de siglos de mitología) y utilizando unas temáticas tan clásicas como eficaces. La mejor prueba de su relevancia no son tanto las secuelas a las que dio lugar como las numerosas obras que han seguido su estela. Y eso es algo que no todas las obras, sean mejores o peores, consiguen.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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