‘Arrow’ logra superarse en su 2ª T uniendo pasado, presente y futuro


'Arrow' deberá enfrentarse a su mayor enemigo en la segunda temporada de la serie.Hace poco afirmaba en este espacio que las adaptaciones de cómics, novelas gráficas y superhéroes están viviendo una época dorada. Uno de los principales culpables de este fenómeno es la serie Arrow, cuya segunda temporada ha terminado hace menos de 15 días. La forma en que esta ficción ha abordado el tema de los héroes enmascarados recuerda mucho a la trilogía de El Caballero Oscuro, es cierto, pero en esta nueva tanda de episodios ha sabido ir más allá. Ha sabido encontrar un sentido propio, una identidad que la define no solo como un entretenimiento en estado puro, sino como una producción de calidad ajena a sus propias circunstancias.

Puede que muchos detractores no encuentren grandes diferencias entre la primera temporada y estos nuevos 23 capítulos. Y en cierto modo, la estructura narrativa es similar, con esos viajes al pasado del protagonista en una isla desierta o las investigaciones eventuales contra villanos arquetípicos. Pero quedarse en eso sería muy injusto para la serie, además de tremendamente parcial. Si algo define (y definirá a largo plazo) a esta temporada es su capacidad para superar sus propias barreras. La dramatización episódica ha dado paso, sobre todo a partir de la mitad de la temporada, a una concepción seriada, a una mayor continuación en las tramas principales y secundarias, y a una mayor profundización en los personajes. Esto, evidentemente, ha tenido sus pros y sus contras, de los que hablaremos más adelante, pero en líneas generales la serie ha sabido evolucionar notablemente, sobre todo en personajes y entramado emocional, lo que sin duda ha beneficiado al conjunto.

En efecto, la segunda temporada de Arrow ha ahondado más en los traumas del pasado del personaje de Stephen Amell (Cerrando el círculo) y cómo esto afecta a sus relaciones familiares, que encuentran en la tragedia uno de los momentos más impactantes y soberbios de la serie en general. Igualmente, la necesidad de ampliar el marco superheróico de la producción ha obligado a incorporar nuevos personajes, ya sean villanos y héroes, que lejos de restar fortaleza a lo visto hasta ahora han logrado consolidar la nueva estructura dramática, gracias fundamentalmente a que sus tramas secundarias han sabido encontrar nexos de unión con la trama principal, que para colmo tiene sus orígenes en los propios orígenes del personaje protagonista, un Oliver Queen del que Amell, por suerte o por desgracia, no va a poder desprenderse en mucho tiempo.

Pero la importancia de estos nuevos capítulos no se limita a una mayor complejidad dramática y emocional (siempre dentro de los marcos propios de una producción de estas características, no lo olvidemos). Ni siquiera tiene que ver con la espectacular puesta en escena y el elegante estilo visual de sus luchas cuerpo a cuerpo, cuya máxima expresión se alcanza en un episodio final simplemente apoteósico y perfecto. No, su verdadera importancia, aquello por lo que ha superado sus propias dimensiones, es el hecho de influir notablemente en el pasado, el presente y el futuro de todo un mundo ficticio generado a su alrededor. Al igual que ha hecho Marvel con sus películas y la serie sobre S.H.I.E.L.D. (y que está haciendo el director Zack Snyder con su Batman vs. Superman: Dawn of Justice), la serie creada por Greg Berlanti (serie Political Animals), Marc Guggenheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie Boston legal) ha sido el entorno en el que nuevos superhéroes ha surgido con la intención de tener sus propias series, como es el caso de Flash, al que dará vida Grant Gustin (serie Glee) y cuya propia producción contará con el arquero enmascarado como modelo a seguir.

Grandes villanos

Aquellos que sigan la serie con asiduidad sabrán que uno de los pilares conceptuales de Arrow es que los errores del pasado siempre regresan al presente para ajustar cuentas. Esta temporada ha sido, en ese sentido, un modelo de estructura narrativa, sobre todo si atendemos a la forma en que los secretos y las consecuencias de los actos de los protagonistas se han desarrollado a lo largo de la trama. Para poder analizarlo, sin embargo, es necesario revelar algunos detalles que siempre intentamos ocultar en Toma Dos, por lo que sugiero que si usted, lector, no ha terminado de ver la serie, no siga leyendo. Una vez hecho el correspondiente aviso, retomamos el análisis para abordar esa idea que comentábamos antes acerca del pasado, el presente y el futuro.

Hay muchas teorías cinematográficas que afirman que toda gran película (léase serie o ficción audiovisual) debe tener un gran villano. La primera temporada contó con la inestimable presencia de John Barrowman (serie Torchwood), quien por cierto todavía tiene mucho que decirle al arquero verde, pero en líneas generales presentaba a un villano diferente en cada episodio, lo que a la larga hacía entretenida a la serie pero sin llegar a convertirla en nada más que un entretenimiento de alta calidad. Empero, la reconversión en villano del personaje de Manu Bennett (serie Spartacus), actor que parece haber nacido para este tipo de roles, ha aportado a las aventuras del superhéroe un grado más de complejidad, enlazando una vieja rivalidad con temas como la venganza, el odio o el dolor. Gracias a su aportación, la cual no parece que vaya a terminar con estos 23 capítulos, la serie alcanza un nivel superior al logrado en su presentación en sociedad, erigiéndose como un producto más cuidado en su arco dramático y en su factura técnica. La concepción de Bennett de Deathstroke eleva al personaje pro encima de los demás, incluido el protagonista, dotándole de numerosos matices que generan al mismo tiempo atractivo e inquietud.

Ni qué decir tiene que su sangre fría para torturar psicológicamente al protagonista es de lo mejor que aporta a la serie (el momento del asesinato de la madre es imprescindible), además de ese suero capaz de crear un ejército de superhombres cuyo resultado no es otro que un apocalíptico final por las calles de la ciudad. Su presencia, como decimos, eleva el tono general de la producción, permitiendo al resto de personajes, además, desarrollar algo más sus posibilidades. Claro que si hay una cara tan luminosa siempre tiene que haber una cruz algo más sombría, y esta la representa el personaje de Katie Cassidy (Pesadilla en Elm Street), no tanto por la actriz como por los guionistas, que relegan al rol a una evolución inconstante y carente de objetivo durante buena parte de la temporada. Sus problemas personales nunca logran encajar como deberían en el contexto de los acontecimientos a pesar de los intentos de integrarla, y eso se debe fundamentalmente a que nunca parece existir una utilidad para su presencia, sobre todo cuando el resto de personajes, en mayor o menor medida, aportan algo a la trama, aunque solo sean complicaciones.

De todo esto se desprende que Arrow es una serie magnífica. Y estos nuevos episodios lo son en su gran mayoría. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de una serie de superhéroes. Si alguien pretende poner al mismo nivel a esta producción con, por ejemplo, True detective, que ni lo intente. Las aventuras de este arquero enmascarado han alcanzado un nivel singular, es cierto, pero siempre dentro de los márgenes que acotan el mundo de los superhéroes y los cómics. Por supuesto, ambas características no son antagónicas. La serie ha sabido sobreponerse a su propia imagen de producto distraído para ser la punta de flecha de una estrategia mucho mayor: la creación de un universo en la pequeña pantalla que, al menos en esta producción, tiene todas las papeletas para dejar huella.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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