Los conceptos atemporales de ‘Star Wars’ que la convierten en clásico


'Star Wars', la obra que cambió la forma de entender la ciencia ficción.Las madres fueron ayer el centro de atención de todo el planeta. La verdad es que no debería ser así, pero el caso es que todos aprovechamos para demostrar un poco más el amor por la mujer que nos dio la vida. Pero ayer, 4 de mayo, también es el día elegido por los fans de La guerra de las galaxias (1977) para celebrar no solo el estreno del film, sino la creación de todo un universo que ha supuesto un antes y un después. El motivo de elegir este día no es otro que la frase más famosa de toda la saga (y una de las más importantes que ha dado el cine): “que la fuerza te acompañe”. Ésta, en su versión original, dice así: “may the force be with you”. El comienzo de dicha frase tiene una pronunciación muy similar a “may the forth”, o lo que es lo mismo, cuatro de mayo en inglés. Dos más dos son cuatro, nunca mejor dicho. El caso es que, aprovechando este día de todos los fans galácticos, no está de más revisar un clásico que, como decimos, supuso un punto de inflexión.

Soy consciente de que no voy a descubrir la rueda ni nada por el estilo con lo que aquí se mencione, pero no está de más hacer hincapié en algunos de los aspectos que convirtieron esta obra en lo que es prácticamente desde su estreno. Y desde luego lo más básico y principal es su tono, diametralmente opuesto a lo que por entonces se entendía por ciencia ficción. De hecho, esta historia acerca de un joven granjero espacial que debe huir de su hogar para salvar su vida, rescatar a una princesa y salvar la galaxia combina magistralmente la sencillez dramática del western más clásico con la complejidad técnica de una cinta espacial. En muchos círculos se la considera un western estelar, y no en vano prácticamente todos los elementos que en ella se desarrollan poseen, en mayor o menor medida, un sabor a Far West deliberado y acertado.

Con todo, personalmente considero que lo más interesante que puede aportar Star Wars (la película, no la saga) es el mundo imaginado por su director y creador, George Lucas (American Graffiti). Siguiendo en cierto modo la estela de otro pilar básico de la ciencia ficción como es Star Trek (1966), la cinta enlaza con naturalidad las diferentes tramas, mundos y criaturas para crear un todo familiar y lógico para el espectador. Familiar porque, al fin y al cabo, todo lo que se narra en pantalla podría extrapolarse a cualquier situación (un joven cuya familia es asesinada, la lucha contra una tiranía, una princesa en apuros, un villano atemporal, …), y lógico porque el desarrollo dramático que aporta Lucas se mueve siempre por sendas relativamente sencillas, sin grandes complicaciones visuales o conceptuales.

Esto deriva en una libertad absoluta de la cinta en su conjunto para convertirse en una obra de aventuras atemporal, capaz de comprenderse, atraer y generar expectación en cualquier época, después de los visionados que sean e, incluso, aprendiéndose de memoria las características de cada personaje, aparato o planeta que en ella aparecen. Es ese carácter aventurero y, en cierto modo, carente de los más tradicionales pilares de la ciencia ficción lo que aporta Lucas al género. Otro cantar sería su labor como director, algo mediocre. Sé que esto generará no pocos comentarios críticos, pero no hay más que mirar su trabajo para comprobar su calidad artística en este campo. Claro que más de uno mataría por haber hecho “solo” lo que él ha hecho.

Unos personajes memorables

Evidentemente, el otro gran acierto del film son sus personajes. Dejando a un lado su magistral e indescriptible banda sonora a cargo de John Williams o la sencillez y eficacia de sus efectos visuales (algo que se ha perdido, todo sea dicho, con la llegada de la tecnología digital), son los protagonistas los que soportan la mayor parte del peso, sobre todo en esta primera película. Una vez expandido el universo y creada una legión de fans a su alrededor, los personajes fueron perdiendo fuerza al mismo tiempo que los efectos fueron ganando presencia (el resultado fue esa cosa llamada Jar Jar Binks en Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma), pero en esta primera aparición su definición sobre el papel y la labor de sus actores es tan imprescindible como espléndida.

En este sentido, hay que señalar el acierto de Lucas al escoger los actores acordes a sus personajes, y no me refiero a su físico. Desconozco si fue algo consciente o simplemente se alinearon los astros, pero la verdad es que elegir para los jóvenes protagonistas (personajes que son nuevos en el mundo galáctico que se abre ante ellos) a actores casi desconocidos fue una idea que, a la larga, se ha revelado soberbia. Mark Hamill (La furia del viento), Harrison Ford (El poder del dinero) y Carrie Fisher (Shampoo) apenas habían tenido apariciones en series de televisión y alguna tv movie. Por el contrario, los roles más veteranos del film, aquellos que hacen las veces de maestros que deben abrir las puertas a la guerra en la que se introducen los anteriores, corren a cargo de veteranos como Alec Guinness (El puente sobre el río Kwai) y Peter Cushing (Drácula). Este contraste entre la familiaridad de unos y la novedad de otros permite al espectador identificarse, aunque sea de forma subconsciente, con unos roles que se adentran en este mundo y descubren sus propios destinos al mismo tiempo que él, lo que provoca un vínculo mucho más fuerte que el que habrían creado actores más conocidos.

Claro que, como siempre se dice, un buen villano es lo que sostiene a cualquier película. Y posiblemente la obra de Lucas tenga al mejor villano de la Historia del cine. Darth Vader, interpretado por David Prowse (La naranja mecánica) y con la voz en la versión original de James Earl Jones (Conan, el bárbaro), logra lo que muchas veces es imposible con un personaje cuyo rostro pueda traicionarle. Gracias a su máscara y a esa estructura semirrobótica de su cuerpo sus decisiones y su crueldad adquieren tintes mucho más desagradables de lo que podría esperarse, demostrando una vez más que no es necesaria una sobreactuación o una violencia exagerada para crear inquietud y fascinación. El hecho de que a lo largo del film se revele como el autor de la muerte del padre del protagonista, amén de enemigo vital del personaje de Guinness, no hace sino agrandar su figura como el auténtico personaje a batir, como el villano por antonomasia cuya derrota adquiere tintes heróicos y trágicos al mismo tiempo. Por si fuera poco, su figura logró agrandarse con la primera de las continuaciones, El imperio contraataca (1980), gracias al giro trágico de su historia. Pero ya llegaremos a eso.

De lo que no cabe duda, ya seamos apasionados de la historia o detractores de la misma, es que La guerra de las galaxias es uno de esos films atemporales, imprescindibles para cualquier persona que se considere cinéfila y, porqué no, para cualquiera a la que le guste el cine en general. Sus personajes, el tono poco convencional de su trama, sus efectos visuales, su inmortal banda sonora. Todo en ella no solo ha soportado bien el paso del tiempo, sino que ha ganado enteros frente a las secuelas, algunas más mediocres que otras, que ha generado. George Lucas puso la primera piedra para un fenómeno que, si nos atenemos a lo que ocurrió más allá del aspecto cinematográfico, solo él supo ver. Ahora sus fans los celebran cada cuatro de mayo, y el cine podrá continuar descubriendo las aventuras de Skywalker y compañía en la próxima película dirigida por J.J. Abrams (serie Fringe). Una vez más, “que la fuerza te acompañe” sonará en las salas de todo el mundo.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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