‘La vida inesperada’: costumbrismo neoyorquino


Raúl Arévalo y Javier Cámara son primos en 'La vida inesperada'.El cine, sea cual sea el género, es un arte de conflictos. Si no existe será una creación audiovisual, pero no será cine. Y dicho conflicto puede ser puramente físico y visual o psicológico e introspectivo. Sin embargo, conseguir que cualquier persona se interese por lo que ocurre en el interior de un personaje requiere normalmente de una proyección externa de dicha dualidad interna. Esta idea es la piedra angular del guión que la escritora Elvira Lindo, autora de los libros sobre Manolito Gafotas, ubica en Nueva York, en el mundo del teatro y de los sueños imposibles. Y esta idea, precisamente, es la que hace un flaco favor a la trama, a los personajes y al ritmo dramático en general.

Si atendemos al plano visual, La vida inesperada ofrece un cierto atractivo tanto en la ciudad como en la recreación de los entornos en los que se mueven los personajes. El director Jorge Torregrossa (Fin), a pesar de una evidente limitación narrativa, logra que sus actores hagan un trabajo lo suficientemente bueno como para olvidar ligeramente la planificación lineal del conjunto. Nada sobresale en ella, pero en general nada desentona para mal, generando la sensación de una producción que, sencillamente, buscan contar una historia más o menos íntima sin grandes alardes y con la humildad que derrochan unos personajes que han fracasado en sus intentos de vivir sus sueños.

El problema reside, fundamentalmente, en lo que se narra en pantalla. La historia no conecta en ningún momento, ni emocional ni intelectualmente. Los personajes, a pesar de sus muchas posibilidades, se mueven de un lado para otro sin un objetivo claro, salvo tal vez demostrar que los sueños son perfectos precisamente por eso, porque son sueños. El film, que inicia su andadura de forma relativamente prometedora (la llegada del familiar con promesas de desajustar la vida del protagonista), se ve abocado rápidamente a una espiral de tedio y desarrollo sin principio ni fin. Muchas de las secuencias son, sencillamente, poco comprensibles, puede que porque buena parte de lo que ocurre se produce en el interior de unos personajes incapaces de expresar sus sentimientos. El resultado es una historia cuyas intenciones de explicar que el destino siempre termina poniendo las cosas en su sitio quedan patentes, pero que falla notablemente en su forma de contarlo. Y no me refiero al movimiento de la cámara, sino al propio guión.

La vida inesperada se revela incompleta, como si las piezas que debieran hacer girar este engranaje estuviesen dañadas o se hubieran extraviado en la sala de montaje. Los actores son, con diferencia, lo mejor del film, haciendo lo que pueden con unos roles que deambulan por la ciudad que nunca duerme sin un objetivo claro, derivando todo en un final que modifica ligeramente la visión del personaje de Javier Cámara (Torremolinos 73) pero que, en líneas generales, deja todo como estaba. Elvira Lindo vuelve a demostrar que es única creando escenarios costumbristas y personajes que se definen más por sus flaquezas y su realismo que por cualquier otra característica. El problema es que una película necesita algo más.

Nota: 4/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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