‘Ben-Hur’, conflicto entre pueblos en un guión de manual


Un momento de la famosa carrera de cuadrigas de 'Ben-Hur', dirigida por William Wyler.La celebración de la Pascua en medio mundo ha servido para que, al menos en España, se mantenga la tradición de emitir en televisión producciones de diversa calidad relacionadas con la religión, la vida de Jesucristo y la época romana. A estas alturas no seré yo quien descubra que uno de los máximos exponentes de este tipo de cine es Ben-Hur, épica obra de 1959 ganadora de 11 Oscars que, basada en la novela de Lew Wallace, aborda la época en la que Jesús nació a través de la odisea que sufre el príncipe judío que da nombre al título. Abordar un comentario completo sobre una película de semejantes características requeriría más espacio del que aquí existe (al menos en un único texto), por lo que trataremos de apuntar algunos de sus rasgos más distintivos.

Narrativamente hablando, el film dirigido por William Wyler (Vacaciones en Roma) ofrece uno de los más curiosos análisis que se puedan dar. A pesar de la duración de más de tres horas y media, las peripecias del personaje interpretado espléndidamente por Charlton Heston (El último hombre… vivo) no llegan a decaer en ritmo en ningún momento, principalmente gracias a un arco dramático que pasa por prácticamente todas las fases posibles. La teoría del conflicto en un guión establece que cada acto, cada secuencia, debe contener una constante lucha entre las dos partes implicadas, generando picos que oscilan entre lo bueno y lo malo, la victoria o la derrota.

En cierto modo, Ben-Hur sigue a pies juntillas dicha teoría. La trama comienza positivamente para derivar rápidamente en una espiral dramática en la que el protagonista es llevado al límite para, posteriormente, volver a un estado de gracia que es corrompido por un nuevo golpe psicológico. Una forma física y muy visual de situar a un personaje frente a conflictos que debe superar y que definen por necesidad su propia personalidad. Empero, no hay que olvidar la época en la que se enmarca la obra, que más allá de creencias religiosas o concesiones al cristianismo está marcada por el conflicto entre Roma y los habitantes de los lugares conquistados, en este caso Judea.

La forma en que la película aborda estos acontecimientos es uno de los elementos que la definen y elevan por encima de las demás. Ben-Hur queda representado, por tanto, no solo como un superviviente capaz de enfrentarse a los retos más crueles que le depara el destino, sino también por su forma de afrontar el hecho de ser judío en un mundo romano. Este último aspecto, evidentemente, tiene su máxima expresión en la amistad/enemistad con Messala, un Stephen Boyd (La caída del Imperio Romano) que logra algo realmente complicado: dar vida a un personaje odioso hasta sus últimas consecuencias. Es la máxima expresión de esta idea, sí, pero no es la única. Su periplo está marcado en todo momento por esa idea de confrontación entre pueblos: las galeras romanas, la adopción romana. Incluso esa conclusión con Jesucristo portando la cruz y siendo crucificado puede entenderse dentro de este marco.

Una enemistad en la distancia

Por supuesto, si hay que personificar dicho conflicto el hombre a escoger es, como decimos, Messala. Como no podía ser de otro modo, el guión de Ben-Hur, además del desarrollo dramático que ya hemos abordado, se sustenta en una definición de personajes excepcional. Y si la del protagonista se fortalece con lo acontecimientos que vive, la del antagonista crece en las sombras, o mejor dicho en el olvido. Gracias a la labor de Boyd, el villano de la función permanece en el recuerdo a pesar de que su presencia en pantalla se limita casi al inicio y al final. Y lo logra porque su forma de actuar al inicio es tan despiadada y cargada de odio que marca el devenir del resto de la trama.

Aunque pueda parecer de una lógica aplastante, hay que señalar que su rol es tan impactante gracias al cambio de postura que sufre en pocos minutos, pasando de la amistad a la enemistad, del apoyo a un amigo a la defensa de unos intereses personales disfrazados con la gloria del Imperio Romano. Esta transformación tan radical, definida en el propio film como la “corrupción de Roma” obliga al arco dramático a plantear un final ineludible que solvente la disputa. Y el final es esa joya del cine de aventuras y de acción conocida como la carrera de cuadrigas.

Si bien es cierto que la trama lo disfraza con la imposibilidad de Ben-Hur de matar con sus propias manos, desde un punto de vista narrativo una enemistad como esta, fraguada en pocos minutos y con unas consecuencias tan contundentes, requería de algo más que un duelo de espadas. Sobre todo debido a esa idea de amistad tornada en enemistad (u odio, según se mire). Se entiende que el clímax, por su propia definición, debe ser mucho mayor que el conflicto que origina toda la historia, y eso se logra con dicha carrera, que por cierto debería ser modelo para cualquier director que quiera rodar secuencias de este tipo, por mucho que los cánones y las tendencias modernas tiendan a cambiar.

Evidentemente, son muchos y muy variados los elementos que convierten a Ben-Hur en la obra maestra que es. Vestuario, Banda sonora, fotografía, diálogos, … todo en ella encaja como las piezas de una maquinaria perfecta que lleva al espectador en una montaña rusa cuyo final religioso es, en cierto modo, lo de menos. La base de todo, empero, es un guión que sigue las pautas formales y las teorías dramáticas paso a paso. Irónicamente, de todos los premios que consiguió no logró el de Mejor Guión Adaptado, premio que se llevó el drama Un lugar en la cumbre.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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