El musical derrota al drama en la última temporada de ‘Smash’


'Smash' llega a los Tony en su segunda y última temporada.Hay historias que, a pesar de poseer un desarrollo coherente y una serie de bazas atractivas con las que atraer al público, no logran mantener el interés que se exige hoy en día a cualquier producción, sea cinematográfica o para televisión. La serie musical Smash ha visto cómo la fuerza que tuvo en la primera temporada ha ido decayendo durante su segunda etapa hasta obligarla a desaparecer, y uno de sus grandes problemas ha sido establecer como marco dramático el mundo del teatro, de los musicales y de la vanidad de los actores. Un mundo complicado de retratar en el que los conflictos se antojan algo inocentes y en el que las motivaciones no conectan con el público. Dos temporadas es lo que ha durado en pantalla, y como si de un autohomenaje se tratara, su creadora, Theresa Rebeck (guionista de Ley y orden: Acción criminal), ha decidido dar un final feliz a todos sus personajes y poner un broche de oro a la propia obra protagonista de la serie, el musical sobre Marilyn Monroe (Los caballeros las prefieren rubias) titulado ‘Bombshell’.

Estos nuevos 17 episodios afrontaban la difícil tarea de continuar narrando la lucha por la fama de sus dos actrices principales. Una rivalidad que se ha trasladado a un terreno mucho más general ajeno al propio musical, y que ha permitido introducir una nueva obra con nuevos números, nuevas canciones y nueva música. La forma de conseguirlo, a través de una lucha en los despachos que termina con el personaje de Katharine McPhee (Paz, amor y malentendidos) renunciando a su gran sueño, resulta algo forzada, pero obsequia con unos frutos realmente interesantes que se traducen en una obra capaz de competir en los Tony, los premios más prestigiosos del teatro norteamericano. Igualmente, la presencia de otra obra de teatro ha permitido a la serie expandir su marco dramático, incorporar nuevos personajes y dar salida a secundarios que en la primera temporada eran poco más que apoyos puntuales.

El devenir de Smash a lo largo de esta segunda tanda de episodios ha sido, en líneas generales, correcta. Desde luego, la serie nunca ha sido brillante, pero en ningún caso ha resultado mediocre o absurda. Si bien es cierto que buena parte de sus tramas secundarias son, por decirlo de algún modo, irrelevantes, el conflicto principal entre las dos actrices, en el que se ven involucrados de forma indirecta buena parte del resto de personajes, funciona lo suficientemente bien como para evolucionar hacia un punto de equilibrio que se rompe con esa gala final en la que la rivalidad vuelve a aflorar. Es más, todo en esta temporada está planteado para conducir al espectador hacia el clímax emotivo y feliz que tiene lugar en el último episodio, cuando los premios son entregados y los esfuerzos reconocidos.

Emotivo y feliz. La verdad es que, si se analiza fríamente, la opción de que todos los personajes, a pesar de lo que sufren y lo que se sacrifican (la muerte de uno de ellos es uno de los puntos fuertes de la temporada), terminen de la mejor forma posible chirría un poco. No me malinterpreten, encaja relativamente bien con el tono de la serie, que nunca sobrepasa la línea de la ligereza dramática endulzada con buenos números musicales. Pero teniendo en cuenta lo que se ha visto con anterioridad, algunas decisiones parecen poco lógicas. En realidad, los personajes se ven obligados a poner buena cara ante el inevitable final, a resolver sus problemas personales y a perdonar todo lo que previamente parecía insalvable. Es el sino de tener que finalizar una serie de forma más o menos coherente cuando todavía queda algo más que contar.

Más música en ‘Hit list’

Quizá la mejor consecuencia de que Smash hubiera agotado las posibilidades de su propia obra musical en la primera temporada es que ‘Hit list’ haya hecho acto de presencia. Ya he comentado que la presencia de dos obras de teatro ha expandido notablemente el tono dramático de la serie, planteando conflictos de intereses, rivalidades entre equipos creativos (y no entre los egos de dos actrices que quieren llegar a lo más alto) y, sobre todo, más música. Y si en esos primeros episodios la historia de ‘Bombshell’ pretendía ser una especie de reflejo de lo que viven las dos protagonistas, el nuevo musical es claramente un representación de lo que viven los protagonistas de dicha obra. Una especie de metalenguaje que tiene sus puntos buenos y sus puntos malos.

No cabe duda de que los buenos están relacionados con la música. Frescos y diferentes, los números musicales de la nueva obra se antojan atractivos ante la saturación que provoca la obra sobre Monroe. Es por eso que gana presencia a medida que avanza la temporada, sobre todo cuando uno de sus responsables sufre el funesto destino que sufre. Pero ahí queda todo. El potencial dramático que aportan los nuevos personajes se queda en eso, en potencial. Los secretos que acompañan al personaje de Jeremy Jordan (Joyful noise), quien por cierto no es una mala incorporación musicalmente hablando, se mueven en un ámbito de incertidumbre que obliga a realizar forzadas concesiones al dramatismo, como la relación romántica con el personaje de McPhee o la huída hacia adelante que tiene lugar con la tragedia de su amigo. Dramáticamente hablando, su rol representa la falta de objetivos de una obra que tiende a caer demasiadas veces en la exageración emocional. Por no hablar del personaje de Debra Messing (Lucky you), perdida en sus propias emociones.

Esta segunda temporada, más que una continuación, es un complemento, un intento por revitalizar lo ocurrido en la primera temporada, igualmente agradable, divertida y atractiva para los amantes al musical. La evolución dramática de sus protagonistas queda ahora relegada a un segundo plano, tal vez porque las transformaciones más interesantes se produjeron en aquellos episodios, tal vez porque sus responsables han sido incapaces de encontrar una nueva salida a esa evolución. Pensándolo bien, la ausencia de este tratamiento de personajes, ahora con problemas mucho menos interesantes, puede que haya sido determinante para introducir el nuevo musical y las nuevas canciones, distrayendo de este modo la atención sobre el resto de cosas y, en definitiva, volviendo más liviano el conjunto.

Sea como fuere Smash se despide con esta segunda temporada por todo lo alto, es decir, llevando sus dos obras a los premios Tony. Todos ganan, nadie pierde. El futuro de cada personaje se antoja brillante de diferentes modos. La verdad es que la serie, con sus altibajos y su tono ligero y agradable, merecería algo más de desarrollo. Empero, la desaparición de muchos de los aspectos dramáticos de la primera temporada, resumidos en que para lograr el éxito hay que hacer sacrificios personales, merma la producción. Sigue siendo entretenida, de eso no hay duda, pero no solo de música vive un musical. La serie que comenzó sustentando su historia en sus personajes ha terminado con un homenaje a su propia imagen gracias a ese último plano que acompaña este texto y que, curiosamente, define perfectamente la producción. No hay actores, solo Smash.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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