‘The Walking Dead’ T. 4 ( y II), menos acción y más personajes


Andrew Lincoln, Norman Reedus y Danai Gurira se enfrentan a sus propios demonios en la segunda parte de la cuarta temporada de 'The Walking Dead'.Si hay alguien que a estas alturas todavía se pregunte de qué va una serie como The Walking Dead, que vea los últimos 8 episodios de su cuarta temporada, cuya emisión finalizó el pasado domingo en Estados Unidos, y un día después en España. Puede que muchos de los fans más fieles piensen que esta segunda parte de la temporada ha sido, en comparación con los capítulos anteriores, una decepción en cuestión de ritmo, intensidad y violencia, pero a esa idea habría que dotarla de muchos matices. Es evidente que después de lo ocurrido en la cárcel, con un ataque que quita el aliento y una huída caótica y desesperada, era complicado mantener el listón tanto de villanos como de intensidad emocional. Los responsables del cómic (porque esto es algo que ocurre, a grandes rasgos, de forma idéntica a la obra en papel) eran conscientes de ello, y la serie ha seguido, a su modo, los mismos pasos. Sí, la forma de abordarlo ha sido muy distinta, pero el resultado es el mismo: una profundización mayor en la naturaleza de cada personaje.

Ya lo dije cuando escribí sobre esa primera tanda de episodios de la temporada: la serie ha sabido aprovechar el parón en la emisión para diferenciar claramente sus dos partes. Ha pasado de mostrar la convivencia en un lugar seguro a volver a desarrollar el instinto de supervivencia de sus protagonistas; ha dejado a un lado los enemigos del exterior para centrarse en el interior de los personajes; y sobre todo ha abandonado el dinamismo de algunas de las mejores secuencias de la serie para volver a la tensa calma, al desarrollo de un terror más propio de zombis. Irónicamente, este último aspecto es lo de menos. Porque si alguien espera que en estos episodios los zombis adquieran más protagonismo, mejor será que no desespere. Tras todas estas tempodas a nadie se le escapa que la creación de Frank Darabont (serie Mob City) utiliza a estos muertos vivientes como una mera excusa para situar a los personajes en un entorno extremo en el que aflore la verdadera naturaleza del ser humano.

Como decía al inicio, posiblemente The Walking Dead haya definido su temática mejor que nunca en esta segunda parte de la temporada. Y no ha sido nada fácil teniendo en cuenta que los protagonistas estaban dispersos, lo que ha obligado a una narrativa escalonada, dedicando un episodio o dos a cada uno de los grupos que se forman, y exigiendo al espectador hacerse un cuadro mental de la situación en la que se encuentra cada uno. Sin embargo, y a pesar de la dificultad, el desarrollo dramático ha sido bueno. Personalmente, ha estado por encima de otros momentos de la serie. A través de las crisis que vive cada uno de los personajes el espectador logra comprender un poco mejor las motivaciones de todos ellos. En algunos casos incluso puede llegar a generar desconcierto. Los casos más interesantes, como no podía ser de otro modo, son los de los tres mejores roles de la producción: Rick, Daryl y Michonne, que se revelan como los verdaderos pilares de la serie junto con, y estos ya en un segundo plano, Glenn, Maggie y Carl.

Curiosamente, entre los tres primeros se produce una especie de flujo narrativo que los lleva a ocupar posiciones contrapuestas respecto a lo que se venía viendo en la trama. Y me explico. Mientras que el personaje interpretado por Andrew Lincoln (Los seductores) inicia esta andadura apocalíptica como un personaje íntegro que busca, ante todo, evitar confrontaciones, los otros dos (de nuevo con los rasgos de Norman Reedus y Danai Gurira) se antojaban en un inicio personalidades conflictivas, solitarias y con ciertos rasgos violentos. A lo largo de estos 8 capítulos el shérif, cuya única obsesión es proteger a su hijo, se ha transformado en un ser mucho más oscuro, más decidido, e incluso más salvaje. Desde luego, la prueba más evidente es el encuentro con un grupo en plena carretera en el último episodio, pero en general su forma de afrontar el día a día evoluciona notablemente desde la huída de la cárcel.

Terminus no es más que el principio

Del mismo modo, la cuarta temporada de The Walking Dead ha servido para conocer mejor el pasado tanto del personaje de Reedus como del de Gurira. Ambos personajes fueron presentados al espectador como individuos duros, capaces de hacer lo que sea para sobrevivir y con una cierta tendencia al individualismo que, todo sea dicho, en ellos no es necesariamente una debilidad. Pero en estos episodios asistimos a una evolución hacia un polo moral totalmente distinto. Sobre todo en la implacable samurai, cuyos sueños/flashbacks de lo que ocurrió durante los primeros días de la epidemia zombi son a la par reveladores y trágicos. Su vuelta a la casilla de partida, con esos dos muertos vivientes mutilados y atados con cuerdas, la define ahora como una mujer cuya coraza no es más que una herramienta para sobrevivir, una vía de protegerse no solo de sus agresores, sino del caos que la rodea. El hecho de que haya bajado sus defensas emocionales no la hace menos peligrosa, pero sí supone una oportunidad única para desarrollar mucho más al personaje.

Claro que toda esta evolución dramática solo puede lograrse con cierta calma formal y narrativa. Los numerosos huecos en el argumento que deja la ausencia de secuencias de mutilaciones y de combates cuerpo a cuerpo (lo cual no quiere decir que no haya) obliga no solo a profundizar, sino a encontrar nuevos personajes. La aparición del grupo militar con el científico que cree conocer el origen de los zombis supone una incorporación interesante, pero en el fondo poco desarrollada para las posibilidades que podría tener. Eso no impide, sin embargo, que dichas incorporaciones al elenco principal no carguen con la promesa de un interesante trasfondo emocional, al menos por lo poco que se ha podido ver. Será interesante comprobar cómo se enfrentan todos a esa nueva amenaza que, al menos a priori, es Terminus, esa ciudad-terminal que, en un sentido algo más amplio, supone también el final del viaje iniciado en la cárcel… aunque no sea un final necesariamente bueno.

Un viaje que, por cierto, no es solo físico, sino también psicológico. Es ciertos que los personajes que más evolucionan son los que ya hemos comentado, pero todos, en mayor o menor medida, han modificado su forma de ver el mundo que les rodea. Pero volviendo a esa terminal con la que finaliza la serie, no quiero dejar pasar la ocasión para señalar algunos aspectos realmente interesantes. Lo más evidente es que en uno de esos espléndidos finales a los que la serie nos tiene acostumbrados faltan muchos personajes que han sido protagonistas a lo largo de la temporada y cuyos arcos dramáticos todavía no han sido cerrados, si es que ese es su destino. También es destacable la forma de manejar los tiempos, la fusión entre calma y peligro, o la forma de presentar a los que, a priori, serán los próximos villanos. Lo menos evidente, y eso es algo que viene a corroborar la evolución de los personajes, es la cantidad de matices que esconde la frase con la que se cierra el arco argumental de esta entrega; frase que también se encuentra en el cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlard, Tony Moore y Cliff Rathburn y que en ambos casos marca un antes y un después en el personaje de Andrew Lincoln. En el caso que nos ocupa no solo promete una quinta temporada apasionante, sino que por extensión define a todo el grupo que se encuentra encerrado.

No me cabe duda de que muchos se habrán sentido decepcionados con la conclusión de esta cuarta temporada, pero eso puede ser debido a que estábamos acostumbrados a un ritmo de acción bastante alto cuya culminación llegó, precisamente, al final de la primera parte. Pero vista en perspectiva, The Walking Dead nunca ha sido una serie de acción, sino de tensión, de personajes sometidos a un mundo en el que el mayor peligro, sobre todo ahora que todos estamos acostumbrados a los muertos vivientes, es el propio ser humano. La capacidad de evolución de los protagonistas, sobre todo de ese sheriff que ha pasado de héroe a antihéroe, es de lo mejor que puede ofrecer esta serie, más allá de satisfacer los deseos de los fans del gore. En cierto modo, la finalización de la temporada es el broche de oro a la mejor entrega de las cuatro hasta ahora, pues en su conjunto supone todo un viaje. La seguridad de la cárcel se puso en entredicho por una enfermedad; el ataque destruyó todo aquello por lo que habían trabajado; la vuelta a la carretera reveló una naturaleza desconocida en los protagonistas; y la Terminal ha sido todo menos un refugio. Si después de la tormenta siempre llega la calma… ¿qué ocurre cuando se termina la calma? La siguiente temporada tiene las respuestas.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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