‘True Detective’, soberbia combinación de cine y televisión en la 1ª T


Woody Harrelson y Matthew McConaughey son los protagonistas de 'True detective'.Es difícil recordar exactamente todo lo que se escribe, sobre todo cuando son más de 700 entradas las de este pequeño rincón de Internet. Pero creo que ya dije en alguna ocasión que el teatro es el medio de los actores, el cine el de los directores y la televisión el de los guionistas. Esto viene a reflejar también los diferentes estilos entre películas y series, las primeras normalmente más libres desde un punto de vista puramente formal. Por eso la serie True Detective, que finalizó su primera temporada el pasado 10 de marzo en Estados Unidos, se ha revelado como una creación única, personal y perfecta; porque es capaz de fusionar cine y televisión en un único espectáculo. Sí, la producción ideada por Nic Pizzolatto (guionista en la serie The killing) y dirigida por Cary Joji Fukunaga (Jane Eyre) es espectacular, inquietante, soberbia, excepcional. Poned todos los calificativos que queráis, y os quedaréis cortos.

Y curiosamente, la serie no destaca por su trama, o mejor dicho por los giros que la investigación policial, centro de toda la historia, genera a lo largo de sus imprescindibles 8 episodios. De hecho, vista con cierta distancia se puede considerar hasta tópica: la investigación a lo largo de varios años de una serie de crímenes de carácter religioso en una zona de Estados Unidos donde la religión, el misticismo y las tradiciones paganas influyen en el día a día de la mayor parte de la población. Lo verdaderamente fascinante de la serie, y lo que la ha convertido en el fenómeno de la televisión en este 2014, es su capacidad para narrar en imágenes, para contar una historia con un sinfín de saltos temporales y de referencias sin más herramienta que una cámara, aprovechando la genial visión de Fukunaga para aportar al conjunto un aire cinematográfico que, esperemos, derive en toda una corriente nueva de hacer televisión.

Desde luego, True Detective es una serie que exige mucho al espectador. Pide esfuerzo, atención a los detalles. Incluso que deje de respirar, como ocurre con el magnífico clímax del último episodio o ese final en plano secuencia del capítulo 4 que confirma la idea de estar más ante una película que ante una serie de televisión. A cambio, la producción devuelve un torrente de emociones, de inteligentes diálogos y de personajes sencillamente únicos, complejos, admirables y, hasta cierto punto, entrañables. La verdad sea dicha, esta primera temporada está pensada para verse de forma continuada, y no episódicamente cada semana, entre otros motivos porque la información es tanta que resulta imposible acaparar todos los detalles y los giros argumentales sino existe una continuidad. Otro ejemplo más, por cierto, de la fusión entre cine y serie.

En este sentido, uno de los factores más admirables es la forma que tienen Pizzolatto y Fukunaga de narrar la historia. Como decía antes, no existen los clásicos textos aclaratorios acerca del lugar en el que transcurre la acción (únicamente se permiten ese lujo con la información que aparece en las cámaras de vídeo) ni de la época en la que suceden los acontecimientos. Toda esa información se diluye en el desarrollo de la trama mediante diálogos, cambios físicos en los personajes y los escenarios, y las apariciones y referencias de documentos policiales y nuevos roles. Dicho de otro modo, la historia que centra esta temporada (y que es autoconclusiva) es una telaraña de información, lugares y personajes que están conectados entre sí, a veces de forma evidente, a veces de forma sutil, y que reta al espectador a tratar de comprenderla. Cosa que, por cierto, es muy difícil de lograr. Nada está dejado al azar. Ningún diálogo es vacuo, y ninguna decisión carece de consecuencias. Un guión sencillamente perfecto desde el punto de vista teórico y práctico.

Una obra de personajes

Al mencionar la sinopsis afirmaba que la trama es lo menos impactante de True Detective. Evidentemente, la complejidad formal y la cantidad de matices que posee el desarrollo dramático aportan un mayor interés al arco argumental, pero en cualquier caso la serie no se centra tanto en la investigación como en sus personajes. Sobre todo en la relación entre sus dos protagonistas, un Matthew McConaughey (Dallas Buyers Club) y un Woody Harrelson (Los Juegos Del Hambre: En llamas) sublimes en su labor de ofrecer todos los matices que pueden escaparse a los diálogos o sus decisiones. Son ellos los verdaderos artífices de muchos de los momentos más aterradores e inquietantes de la temporada, y son ellos igualmente los que logran generar las pocas sonrisas que puedan escaparse, si es que se escapa alguna.

Me imagino que en la profusión de análisis y comentarios acerca de la producción se destaque fundamentalmente a McConaughey, soberbio en su recreación de un hombre apático en su realismo al que todo aquello que se aproxime siquiera levemente a una creencia de fe le genera cierto rechazo y un evidente desprecio. Un hombre cuyo estilo de vida le lleva a una decadencia de la que solo sale con una especie de epifanía final. Empero, me gustaría centrarme más en la labor de Harrelson y en un personaje que, si bien no posee la radicalización de su compañero, tiene muchos más claroscuros y matices. Sin ir más lejos, su imagen de policía ejemplar (un poco en contraposición al de McConaughey) queda fracturada casi en el piloto. Su facilidad para destruir todo aquello que ama y todo aquello que le importa le convierten en un ser que lucha con todas sus fuerzas contra una naturaleza que no quiere aceptar. Una naturaleza que le lleva a buscar algo que ni siquiera quiere o conoce, y que le impulsa a regirse y ejecutar una justicia personal y muy próxima a los valores más básicos de la sociedad.

Dos personajes que pueden parecer antagónicos al comienzo, pero que terminan siendo complementarios al final. Sin ir más lejos, la imagen con la que se cierra la temporada (ellos dos mirando al cielo) les presenta como amigos a los que la vida ha puesto en su sitio, es decir, les ha llevado a comprenderse. Algo que, por cierto, se aprecia en esos interrogatorios que definen el estilo narrativo de la primera parte de estos 8 capítulos, cuando ambos ofrecen un testimonio idéntico sobre algo que no ocurrió. La forma que tienen los creadores de la serie de contar de forma paralela lo que ocurrió y lo que cuentan que ocurrió es un ejemplo más de la calidad, en todos los sentidos, de una serie única. Todo ello, por tanto, define este thriller como una obra de personajes, como un relato en el que dos roles evolucionan al mismo tiempo que avanza la trama, creando un arco dramático único compuesto por varios arcos que discurren de forma paralela hasta un final que no puede dejar indiferente a nadie.

True Detective es un punto y aparte en la televisión. Es una producción espléndida en todos sus aspectos, desde el visual al sonoro (los títulos de crédito iniciales ya auguran lo que vendrá después), pero eso no implica que no tenga defectos, aunque estos pasen desapercibidos. Uno de los más curiosos es el hecho de que la resolución se quede casi en una anécdota una vez los héroes se han enfrentado al monstruo y han salido más o menos victoriosos. Aunque lo cierto es que importa poco. Como digo, es una serie de personajes, y como tal lo más interesante es comprobar el camino recorrido. Y este camino es tan tortuoso como bello, tan inquietante como apasionante. Una obra que debería servir de referencia en muchos ámbitos, imprescindible para todo aquel que disfrute con las series o que quiera aprender algo de arte cinematográfico. Porque, al fin y al cabo, es prácticamente una obra cinematográfica.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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