Un botones sustenta las irregulares historias de ‘Four rooms’


Tim Roth es el protagonista de los cuatro fragmentos de 'Four rooms'.Los hoteles, ya sea a modo de excusa argumental o como verdaderos protagonistas de la trama, han estado muy presentes en el cine a lo largo de toda su historia. Puede que una de las películas más surrealistas realizadas en estos lugares sea Four rooms (1995), un irregular experimento en el que cuatro directores realizaron cada uno una especie de cortometraje o, mejor dicho, una historia ambientada en un extraño hotel durante Nochevieja. Cuatro historias, por tanto, unidas por la presencia de un botones que empieza a trabajar ese mismo día y que se verá envuelto en todo tipo de desventuras, desde un aquelarre hasta una peligrosa apuesta. Allison Anders (Mi vida loca), Alexandre Rockwell (En la sopa), Robert Rodriguez (Desperado) y Quentin Tarantino (Pulp Fiction) son los nombres propios tras esta idea.

Una idea que, como decimos, terminó siendo algo irregular. Como suele ocurrir con cualquier creación, el tiempo ha sido la que ha puesto en su sitio la obra, y sobre todo a sus realizadores. La película va de menos a más en todos los sentidos, desde el ritmo hasta el surrealismo, pasando incluso por el número de estrellas que participan en el film. Y no por casualidad los segmentos de historia dirigidos por los dos directores más conocidos de este cuarteto son los que más se recuerdan tras casi 20 años de existencia. Dejando a un lado el interés que puedan generar un aquelarre de brujas o un hombre apuntando a su mujer amordazada con un arma, lo que realmente impide que los dos primeros fragmentos estén al mismo nivel que los dos últimos es el estilo visual utilizado, mucho más comedido, más académico y con un ritmo mucho menor.

Tanto ‘El ingrediente que faltaba’ como ‘El hombre equivocado’, títulos de esas primeras aventuras del botones interpretado magistralmente por Tim Roth (Funny games), no logran aprovechar al máximo sus opciones narrativas, revelándose como relatos lineales dentro de un proyecto que, por su propia definición, posee un arco dramático quebrado. Son, por así decirlo, historias que preparan tanto al protagonista como al espectador para lo que está por venir, lo cual juega a favor de Rodriguez y Tarantino, pero en detrimento de Anders y Rockwell. Sí, cada uno posee un estilo único y muy definido, pero precisamente eso es lo que demuestra el talento de unos y la manufactura de otros. En cierto modo, lo que sostiene la primera mitad del metraje es el propio Roth, quien aprovecha esos instantes para sentar las bases de la psicosis de un personaje sobrepasado por las circunstancias que intenta, por encima de todo, sobrevivir sin volverse loco.

Como decía antes, es curioso comprobar cómo estas cuatro historias reflejan no solo las narrativas de cada director, sino también la capacidad de convocatoria y atractivo de cada una de ellas. En efecto, los primeros dos episodios de Four rooms cuentan con algunos nombres conocidos, mientras que los dos siguientes están protagonizados por estrellas de Hollywood. Y eso en un film dirigido por directores en sus inicios por aquel entonces. Claro que la película pudo contar con muchos de ellos porque tanto Rodriguez como Tarantino acababan de terminar dos de sus éxitos más importantes protagonizados, precisamente, por los mismos actores que participan en sus segmentos.

Violencia ‘in crescendo’

En cierto modo, esta película dividida en cuatro partes tiene, además, una división más general en dos fragmentos. Si el primero está marcado por un tono algo monótono, sin grandes sobresaltos y con una visión más bien artesanal, el segundo peca precisamente de los contrario, imprimiendo un ritmo enloquecido que aumenta de forma exponencial hasta derivar en una surrealista apuesta que representa, en cierto modo, la vía de escape de un hombre frente a la locura y la sin razón de un mundo plagado de mafiosos, brujas y psicópatas encubiertos. Me refiero al botones, por supuesto. Y si antes decía que tanto Anders como Rockwell imprimen sus estilos personales a sus historias, Rodriguez y Tarantino no se quedan atrás. Es más, al igual que pasó en ese otro experimento titulado Grindhouse (2007), ambos directores dan rienda suelta a sus instintos y a todos los conceptos que les definen.

Bajo el título ‘Los niños malos’ el director de Abierto hasta el amanecer (1996) compone un fresco de lo más salvaje visualmente hablando, a medio camino entre la locura y lo apocalíptico (esa imagen de Roth con una muerta en la cama, los niños a su lado y el fuego de fondo es inimitable) que, curiosamente, comienza de la forma más anodina. Es este el verdadero punto de inflexión del film, aquel en el que adquiere verdadera hilaridad y ácida ironía al tomarse a broma todo lo visto con anterioridad (y lo que se verá con posterioridad). Es aquí también donde el botones protagonista toca fondo, donde el personaje supera con creces todas sus limitaciones morales para encontrarse en medio de una locura sin sentido de la que solo quiere escapar. Me atrevería a decir que ocurre desde el momento en que el personaje de Antonio Banderas (La máscara del zorro), un mafioso, deja a sus hijos, verdaderos diablos, a cargo del botones, quien debe multiplicarse en sus dos funciones.

Evidentemente, el devenir de la historia convierte esas ganas de dejar su trabajo en verdadero instinto de supervivencia, no solo por la presencia de Banderas, una especie de parodia de otros personajes similares, sino porque el hotel se revela en ese momento como una especie de caja de Pandora en el que todos los males se hallan ocultos en los rincones más insospechados. Pero si Rodriguez deja su sello en este fragmento, el corto titulado ‘El hombre de Hollywood’ solo podría estar firmado por Tarantino (quien, por cierto, aprovecha para hacer su habitual cameo). No tanto por la violencia implícita y explícita de lo que en él ocurre, sino por la inteligencia de los diálogos y la determinación a la hora de resolver la secuencia, un ejemplo más de que sus personajes, si bien tienden a ser poco complejos, actúan siempre conforme a su naturaleza, incluso en sus últimas consecuencias. Por no hablar de su apuesta por el plano secuencia, una muestra más de su genialidad.

Four rooms queda en la memoria, por tanto, como un interesante experimento que, como suele ocurrir en estos casos, no logra toda la repercusión que podría obtener. Buena parte se debe al desequilibrio entre los directores, dos de ellos convertidos en referentes de un tipo de cine con el paso de los años y los otros dos reciclados en televisión o en cintas de poca difusión, pero no toda la responsabilidad es de ellos. El propio formato impide que el espectador se identifique completamente con la historia, asistiendo a las desgracias de un botones cuyo techo moral se va resquebrajando hasta desaparecer. Sí, su decadencia, mostrada con un tono irónico y ácido, genera comicidad y lástima a partes iguales, pero no logra conectar. Al final lo que se recuerdan son las historias, y entre ellas las de Rodriguez y Tarantino.

Anuncios

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: