‘Orange is the new black’ evoluciona de menos a más en su 1ª T


Imagen promocional de la serie 'Orange is the new black'.Cuando una serie de televisión basa su argumento en una trama cuyo arco transcurre a lo largo de toda una temporada suele exigirse, o al menos ser necesaria, una evolución que lleve al protagonista a terminar siendo algo diferente a lo que inicialmente conocimos. Pues bien, Orange is the new black, una de las series a destacar en lo que va de año, es el más vivo ejemplo de ese cambio. En todos los sentidos, la verdad, pues no solo varía el personaje en torno al cual gira la historia, sino en líneas generales todos y cada uno de los secundarios, y con ellos la propia trama creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Todo comienza cuando una joven de clase acomodada y un estatus social medio alto ingresa voluntariamente en la cárcel por un delito que cometió hace años. Esta primera temporada de 13 episodios, que concluyó a finales de febrero, narra cómo la mujer, prometida a un escritor que trata de hacerse un hueco en el periodismo, debe enfrentarse tanto a las internas con las que comparte prisión (entre las que se encuentra una antigua novia responsable de estar encerrada) como a sus propios demonios, que poco a poco van saliendo a la superficie. Como muchos se habrán dado cuenta al leer la sinopsis, existe una cierta contradicción en los géneros utilizados. En efecto, la protagonista, interpretada con solvencia por Taylor Schilling (Argo), es bisexual, y ese es uno de los aspectos más interesantes del personaje, sobre todo por lo que provoca en las diferentes tramas.

Y es que los conflictos emocionales que se derivan del hecho de estar encerrada con su antigua novia, traficante de drogas y delatora de su participación, terminan dominando casi por completo el conjunto de la producción. O al menos se convierten en originarios de los últimos acontecimientos de la trama, realmente impactantes. En cierto modo, dichos conflictos son los que hacen que la mujer que se presenta en el episodio piloto, algo flojo por cierto, no sea la misma que termina cerrando el último capítulo. Los problemas con su prometido (un Jason Biggs que sigue encasillado en su personaje de American pie) y los escarceos amorosos con su ex amante lesbiana (Laura Prepon, la de Aquellos maravillosos 70) terminan por destruir el mundo que conocía y que consideraba seguro, revelando una naturaleza sombría y amenazadora que hasta entonces apenas se había dejado ver.

Esta es la principal evolución que puede verse en Orange is the new black. Con una estructura narrativa que utiliza los flashbacks para narrar los motivos por los que las compañeras de cárcel acabaron encerradas (una forma de evolución más), la serie adquiere verdadero significado cuando centra su completa atención en la adaptación de la protagonista a un entorno que, a priori, no es ni remotamente el suyo. Un entorno en el que delincuentes, drogadictas, asesinas o mafiosas se dan cita, y en el que las clases y grupos sociales están, si cabe, más definidos que en el mundo ajeno a esas verjas. Sin quitar relevancia a muchos de los pasados de las presas, lo realmente interesante es comprobar cómo la separación física de dos prometidos termina por modificar sus propias naturalezas y, por ende, destruir la relación iniciada. Y todo eso se logra precisamente cuando se ahonda en las decisiones y relaciones de la protagonista, muchas promovidas por los propios secundarios.

Secundarios tópicos

Precisamente otro de los pesos pesados de la serie es la cantidad de secundarios relevantes que posee, lo que ofrece infinidad de posibilidades a la hora de desarrollar tramas secundarias que adquieran entidad propia (caso de la relación romántica entre vigilante y presa) o que influyan en la historia principal. Y si bien es cierto que la forma de manejar dichos personajes e historias es brillante, la forma de presentar la cárcel resulta algo tópica, excesivamente arquetípica. Sí, la serie no aburre, e incluso provoca interés por conocer el pasado y los motivos que llevaron a esas mujeres a estar allí. Pero el problema es que las diferentes clases sociales quedan reflejadas de una forma algo genérica, sin apenas rasgos definitorios entre los integrantes de cada grupo racial. Salvo los secundarios principales, el resto conforman un marco tipo en el que integrar algunas anécdotas. Por ejemplo, las latinas quedan reflejadas como mujeres lujuriosas; las afroamericanas se muestran agresivas y amenazadoras, con un lenguaje que hace pensar en los guetos que tantas veces se han visto en las películas; y las blancas son, en líneas generales, lesbianas o devotas de algún tipo de religión.

Curiosamente, esta visión general (repito, se salvan algunos secundarios) contrasta mucho con los motivos que llevaron a las mujeres a la cárcel. Es cierto que algunas cometieron los crímenes de forma consciente, pero muchas de ellas simplemente cometieron un error o estaban en el momento y lugar equivocados. Algo parecido a lo que le ocurre a la protagonista. En otras palabras, a pesar de los humildes orígenes o el difícil pasado que puedan haber tenido, esas mujeres comparten la cruz de haber cometido un error por el que deben de pagar, pero eso no las convierte necesariamente en criminales. Unos pasados muy particulares que, como decimos, son la contrapartida de esa forma tan clasista de presentar a los diferentes grupos sociales.

Aunque si hay un secundario que destaca por encima de todos (incluso de la protagonista) es el encarnado magistralmente por Pablo Schreiber (El mensajero del miedo), un tirano vestido de guardia consciente de su poder y de la facilidad para manipular a unas mujeres que lo único que comparten es el temor a la autoridad. Aunque la definición del personaje sobre el papel puede dejar la sensación de haberse visto antes, el trabajo de Schreiber es sencillamente perfecto, componiendo un rol que genera repugnancia y respeto con su simple presencia física, y que llega a convertirse en el villano por excelencia de la serie más allá de dramas amorosos o problemas legales. El hecho de que sea un traficante en su propia cárcel, de que apenas muestre empatía o de que por momentos sea un auténtico misógino no hace sino engrandecer su figura por encima de todos los demás aspectos del drama. La mejor noticia es que la derrota que sufre hacia el final de la temporada ha abierto la puerta a nuevos aspectos de su personalidad que pueden (y deben) llevar al personaje hacia nuevos niveles.

Así, Orange is the new black es una de esas producciones que van de menos a más, de un piloto curioso pero no espléndido a un final impactante, alejado por completo del origen de la serie y que asienta las bases para un futuro con novedades. La serie es entretenida, con verdaderos momentos irónicos y otros muy trágicos. A pesar de sus definiciones algo esquemáticas de las clases sociales y de algunos personajes, el carácter realista del conjunto (muchas actrices son desconocidas), al que introduce una presentación compuesta por los rasgos faciales de verdaderas presas, aporta un tono único que la convierte en algo fresco y diferente. Podría haber sido mejor, sin duda, pero si sigue creciendo como lo ha hecho en esta primera temporada llegará a serlo.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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