‘House of lies’ da un vuelco y se cambia al drama en su 2ª T


'House of lies' abandona el humor en su segunda temporada.Cuando se desarrolla una historia por capítulos siempre existe la duda acerca de la conveniencia de determinadas ideas. Normalmente el camino lo indican las audiencias, lo cual no quiere decir que sea el más indicado para el carácter de cada serie. Por eso tratar de evolucionar dentro de un producto siempre es arriesgado, y desde luego no siempre sale bien. Solo hay que echar la vista atrás. Por eso el caso de House of lies me resulta, personalmente, tan interesante. Tras una primera temporada realmente transgresora en todos los aspectos, la serie creada por Matthew Carnahan (serie Dirt) da un giro completo a su trama para convertirla en algo un poco más convencional, más dramático y con personajes más desarrollados. El resultado puede defraudar, pero no es necesariamente peor.

A grandes rasgos, estos nuevos 12 episodios relatan cómo el protagonista, interpretado magníficamente por Don Cheadle (Iron Man 3) se debate entre continuar en una empresa de la que ya no se siente parte, y empezar una nueva carrera creando su propia empresa asesora. En medio de todo esto, nuevos clientes a los que poder exprimir, nuevos conflictos morales y emocionales en su equipo de trabajo y en su vida personal, y Matt Damon (Monuments Men), sobre el que hablaré más adelante. Comparada con la primera parte, esta segunda temporada se antoja relativamente similar en su desarrollo de la historia. Empero, hay numerosos conceptos que la diferencian. Y el más evidente es la ausencia total de la complicidad con el espectador.

Desconozco si ha sido una decisión motivada por la imposibilidad de mantener el ritmo de su estilo visual, si sus responsables comprendieron que repetir capítulo tras capítulo las mismas bromas podía llegar a aburrir, o si se ha optado por ahondar más en los personajes. Sea cual sea el motivo, todo lo que definía a House of lies desde un punto de vista formal ha desaparecido. Nada de congelar la imagen. Nada de hablar con el espectador (apenas alguna mirada cómplice). Ni siquiera hay burlas sobre los clientes a los que se pretende asesorar. Se podría decir que el humor más gamberro desaparece. Como decía antes, un cambio arriesgado siempre y cuando no haya un plan B que frene la caída. Por fortuna, Carnahan parece tenerlo, y no es otro que profundizar algo más en todos los secundarios, especialmente en el equipo que acompaña al personaje de Cheadle.

En efecto, si durante los primeros episodios el carácter de Marty Kaan, asesor sin escrúpulos donde los haya, queda definido a la perfección, en esta ocasión son sus colaboradores los que toman las riendas de esa definición y dan un paso al frente. No implica esto que Cheadle pase a un segundo plano, pues la historia sigue girando en torno a él y a su evolución moral hasta convertirse en un individuo más “humano”. Pero con algo hay que llenar todos esos huecos que deja la ausencia de explicaciones a cámara y el humor algo bruto que rezumaba la primera temporada. Y nada mejor que utilizar a los personajes ya conocidos (más alguno nuevo que completa el cuadro) y dotarles de una mayor entidad. Sobre todo al interpretado por Josh Lawson (Crave), que se convierte por derecho propio en el mejor secundario de la serie gracias a esa definición a medio camino entre la ingenuidad, la inteligencia y el querer encajar a toda costa entre sus semejantes, y a la espléndida labor del propio Lawson.

Menos humor, más Damon

Del mismo modo, la falta de ese humor ha obligado a House of lies a tomarse más en serio a si misma. A lo largo de estos 12 episodios las diferentes tramas secundarias (y por extensión la principal) han ido cargando de dramatismo el aspecto general de la serie. Apenas queda hueco para el humor, y mucho menos para el humor que impregnó la primera temporada. Los diferentes conflictos morales, románticos, sociales y familiares (en todos los sentidos, pues el equipo de trabajo es una especie de grupo familiar) se tornan mucho más sombríos, más inciertos, obligando no solo a los personajes, sino al espectador, a mirar de otra forma la serie. Evidentemente, siempre quedan rasgos de lo que en su momento fue la serie, sobre todo en lo referente al sexo o a algunos de los surrealistas clientes que consiguen, pero la sensación general es la de estar ante un cambio.

Al comienzo afirmaba que esto no convierte a esta segunda temporada en algo peor que la primera. Simplemente es distinta. Personalmente, la serie pierde algo de su identidad, pero mejora notablemente en su dramatización. Si logra encontrar un término medio podría alcanzar un nivel muy superior a lo visto hasta ahora. Nivel que, por ejemplo, se logra con el episodio en el que el propio Matt Damon participa como artista invitado interpretándose a si mismo o, mejor dicho, mofándose de su carácter de estrella solidaria y comprometida. En el que posiblemente sea el mejor capítulo de la temporada, el actor de El caso Bourne (2002) acapara todos los focos para revelar una faceta pocas veces vista en él: la de una autoparodia salvaje y excéntrica que finaliza con un spot de televisión de lo más surrealista. A lo largo de su metraje la trama logra una combinación perfecta entre el humor de índole sexual y algo zafio y el drama al que se ve sometido el protagonista, esclavo de una engreída estrella a la que debe complacer para que firme con su compañía, la cual tiene intención de dejar.

Quizá la mayor evidencia de la apuesta por el carácter dramático en lugar del cómico es la forma de concluir la temporada, diametralmente opuesta a la de su predecesora. Mientras que en aquella ocasión el triunfalismo ponía el broche de oro a una escalada de tensión en clave cómica, en esta segunda parte la sensación que permanece es la de que el tablero de juego en el que se mueven todos los personajes ha cambiado para siempre, separándoles y enfrentándoles a sus propios demonios, algo que ocurrirá, casi con toda probabilidad, en la tercera temporada que actualmente está emitiéndose en Estados Unidos y que ha comenzado hace poco en España. Dos finales que reflejan con precisión las dos formas distintas de entender la serie.

La verdad es que no podría decantarme por una u otra temporada de House of lies. La verdad es que tampoco se pretende en este rincón cinéfilo y seriéfilo. La serie ha cambiado, de eso no hay duda. De unos inicios más gamberros y arriesgados formalmente hablando se ha pasado a una narrativa más clásica, más reformada. Pero a pesar de todo, el espíritu ha quedado intacto, algo que debería probar la calidad de la producción. Sus diferentes tramas siguen generando interés, puede que más que antes, y sus personajes han ganado en solidez e independencia respecto al protagonista. ¿Era necesario abandonar las señas de identidad para conseguirlo? Puede que no, pero es el camino que se ha tomado. Y lo cierto es que el espectador puede descubrir algunas cosas que no sabía que existían.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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