‘Sleepy Hollow’ reinventa los mitos norteamericanos en su 1ª T


Nicole Beharie y Tom Mison deben luchar contra el Jinete sin cabeza en la primera temporada de 'Sleepy Hollow'.Es curioso cómo algunos relatos son capaces de traspasar las fronteras del tiempo para adquirir la categoría de mitos y, por extensión, desvirtuarse hasta convertirse en algo diferente. Me imagino que si Washington Irving, autor del cuento conocido como La leyenda de Sleepy Hollow, pudiese ver lo que ha dado de sí esta historia del jinete sin cabeza se sorprendería. Eso cuanto menos. Sobre todo si asistiese a esa transgresión tan deliberada de su obra que lleva por nombre Sleepy Hollow y que, a modo de serie, recupera la historia de Ichabod Crane y el jinete armado con un hacha que busca desesperadamente su cabeza. Aunque en realidad, esto es una mera excusa para algo mucho mayor. Habrá puritanos que tal vez queden decepcionados con el devenir de su primera temporada, pero los fans del fantástico encontrarán en ella uno de esos placeres que a veces da vergüenza anunciar a los cuatro vientos.

Y no debería ser así. Si bien es cierto que su factura técnica deja que desear en algunos momentos, esta serie creada por Alex Kurtzman y Roberto Orci (guionistas de Fringe, serie con la que comparte puntos en común) en colaboración con Phillip Iscove y Len Wiseman (Underworld) posee todos los elementos para convertirse en una aventura dinámica e interesante, capaz de sacar mucho rédito a una historia literaria más bien limitada. Es cierto que el episodio piloto da comienzo con los protagonistas de la historia original, pero ese es prácticamente el único punto en común. A partir de ese momento sus guionistas realizan un desarrollo dramático que incluye a brujas, demonios y el Apocalipsis bíblico, amén de un sinfín de mitos de la cultura norteamericana. Todo con un tono irónico que sobrevuela un tratamiento en clave de aventura policíaca con una atípica pareja protagonista.

En líneas generales, esta primera temporada de 13 episodios mantiene un alto nivel, lo que no quiere decir que no existan numerosos altibajos, fundamentalmente provocados por la profusión de personajes que poco a poco toman protagonismo en la trama y obligan a complicar no solo las relaciones personales de los protagonistas, sino las líneas argumentases secundarias, algunas ciertamente innecesarias. Tal es el caso, por ejemplo, del personaje interpretado por Orlando Jones (El circo de los extraños), un jefe de policía que hacia el final de esta primera etapa parece diluirse en su propia trama, perdiendo algo del protagonismo que parecía haber adquirido en favor de unos conflictos familiares que poco o nada aportan a la trama principal.

Claro que es un aspecto secundario. Sin duda uno de los mejores aciertos de la serie es la relación que se establece entre la aguerrida policía protagonista (rasgos de Nicole Beharie, vista en Shame) y el resucitado Ichabod Crane (Tom Mison –La pesca del salmón en Yemen-) como consecuencia de un hechizo que une su destino al del jinete sin cabeza. Ambos personajes dejan a un lado los senderos narrativos habituales en las parejas de policías de sexos diferentes para centrarse en los problemas que tiene Crane al vivir en un mundo que no comprende (con detalles tan originales como su primer contacto con un ordenador o su cara al ver que el agua se compra) o en el destino de ambos, llamados a ser los testigos que detendrán el fin del mundo. Gracias a esto, el espectador se encuentra ante una relación habitual en la pequeña pantalla pero narrada desde otro punto de vista.

Los senderos ocultos de la religión

Al inicio afirmaba que Sleepy Hollow tiene numerosos puntos en común con esa joya de la ciencia ficción llamada Fringe. Soy consciente de que sus temáticas son diametralmente opuestas, pero es que sus semejanzas no se encuentran en la trama, sino en la forma de desarrollarse. Por ejemplo, la joven protagonista deja su cuerpo de policía para formar una especie de unidad secreta de la que solo tienen conocimiento unas cuantas personas. Los casos, si bien es cierto que al comienzo parecen autoconclusivos, poco a poco van conformando una trama mayor. Y por si esto no significara mucho, la presencia de John Noble (El señor de los anillos: El retorno del rey), el inolvidable Walter Bishop, reafirma una cierta sensación de semejanza. Pero que nadie se lleve a engaño. Aunque su papel es una especie de consejero que lucha por el bien, su trama da un giro tan inesperado como interesante en el último episodio, y el mejor, de la temporada.

Por supuesto, las semejanzas terminan ahí. Porque si aquella serie abordaba las posibilidades de la ciencia, esta se centra más en las conspiraciones, leyendas y mitos en torno a los orígenes de Estados Unidos como país. Todo bajo la omnipresente presencia de la religión combinada con la brujería. ¿Y cómo encaja el jinete sin cabeza en todo esto? La respuesta, evidentemente, tiene mucho que ver con estos elementos, más concretamente con los 4 jinetes del Apocalipsis. En efecto, lejos de limitarse a tratar de desarrollar el mito literario capítulo tras capítulo (algo difícil de digerir, todo sea dicho), los autores optan por darle un pasado (se llega a conocer su verdadera identidad), unas motivaciones y un sentido que, creyentes o no, tiene más sentido y, lo más importante, ofrece más posibilidades narrativas.

Es más, la presencia del Jinete, como se le conoce en la serie, se vuelve más y más testimonial a medida que avanza el argumento. Es un muy buen punto de partida, y la verdad es que los primeros episodios en los que tiene presencia son de lo mejor de la serie. Su diseño, además, evidencia un intento por dotarle de una entereza única, mucho más convincente la de otras criaturas cuya participación no supera la historia episódica. Pero eso no quiere decir que el desarrollo dramático se enroque en sí mismo una y otra vez. Afortunadamente para la salud de la narrativa y para los espectadores, la historia apunta hacia cotas más lejanas desde un primer momento, y en estos primeros 13 episodios explora muchos caminos que nada tienen que ver con el cuento en el que se basa. Los personajes originales conservan nombres y profesiones, pero el mundo que se ha creado alrededor de ellos trasciende por encima de cualquier posible mención que exista en el relato de Irving.

Al final, Sleepy Hollow se revela como un entretenimiento puro y duro, una aventura fantástica con constantes referencias bíblicas que bebe de los mitos norteamericanos (como la que sitúa al general Washington al frente de una guerra por la salvación de la Humanidad). Es indudable que podría ser mejor, tal vez más oscura, y sin lugar a dudas con unos personajes más elaborados. Sobre todo teniendo en cuenta el exigente nivel de las producciones actuales. Pero eso no debería ser un impedimento para disfrutar de ella. Sobre todo con ese episodio final que rompe todos los esquemas planteados hasta ese momento y que deja abierta la puerta a una segunda temporada que, por lo menos, contará con la inestimable presencia del Jinete que busca su cabeza.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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