‘Sherlock’ dedica su tercera temporada a comprender a Watson


Martin Freeman y Benedict Cumberbatch viven nuevas aventuras en la tercera temporada de 'Sherlock'.La primera temporada fue un espléndido experimento que adaptaba las aventuras del personaje de Arthur Conan Doyle a la época moderna. Su segunda entrega iba un paso más allá para distanciarse algo de los parámetros de las historias clásicas y componer una trama más acorde con los nuevos tiempos. La tercera temporada de Sherlock, que como sus predecesoras cuenta con tres únicos y excepcionales episodios, sigue esta tendencia para explorar, directamente, historias propias que poco o nada tienen que ver con las aventuras más clásicas del famoso investigador londinense. Y tal vez haya sido por eso, por levantar el vuelo lejos de la seguridad que ofrece la base literaria, que estos nuevos episodios son, posiblemente, de lo mejor de toda la serie.

Aunque sin duda tiene mucho que ver el hecho de que esta temporada no haya puesto el acento en el personaje que da nombre a la serie, sino en su fiel compañero de aventuras. Para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de ver la producción británica simplemente decir que, al final de la anterior entrega, Sherlock Holmes moría, o al menos eso se intentaba hacer creer. Es por eso que la trama se retoma con un John Watson destrozado por la pérdida, y su desarrollo dramático centra todos sus esfuerzos en arrojar luz sobre un personaje que siempre ha estado a la sombra del genio, pero sin el cual dicho genio muchas veces no obtendría resultados. Unos esfuerzos que se materializan en una boda, en un secuestro con consecuencias casi trágicas, y en un caso que involucra a la que, desde esta temporada, será su mujer.

Todos y cada uno de los casos, al igual que ocurría en la segunda temporada, tienen mucho que ver aunque aparentemente sean inconexos. Más allá de la sutileza con la que sus creadores, Mark Gatiss (guionista de Dr. Who y rostro del hermano de Sherlock) y Steven Moffat (serie Jekyll) son capaces de unir todas las piezas del puzzle, por secundarias que sean, lo más destacable del arco argumental de Sherlock es la inteligencia de sus secuencias. Detenerme en la forma de desarrollar los casos sería una tarea tan manida como innecesaria, por lo que considero más interesante abordar la serie desde el punto de vista de los diálogos, su expresión formal y, ante todo, la originalidad con la que se presentan y definen tanto los personajes como las relaciones que establecen.

Por poner un ejemplo que permita encontrar un nexo de unión entre John Watson y esa original definición de los personajes, estos tres episodios ofrecen una visión muy particular del doctor metido a investigador privado. Una visión que pasa, curiosamente, por un tipo de adicción muy diferente al que sufre su adorado Holmes. ¿O tal vez no? Aquellos que conozcan el personaje sabrán que la adicción del protagonista surge por la inexistencia de retos intelectuales y criminales que le motiven. En base a esta idea, la producción incluye al personaje interpretado por Martin Freeman (El hobbit: La desolación de Smaug) en esa categoría de adictos a un estilo de vida, a una forma de entender el día a día. Adicto al riesgo, al peligro. Watson queda definido, por tanto, como un hombre incapaz de escapar a unas necesidades de las que ni siquiera él mismo es consciente, buscando en todo momento aventuras y crímenes que le lleven a experimentar algo más allá que la mera existencia.

En este punto es donde adquiere mayor relevancia un nuevo personaje ya presentado en la temporada anterior: su esposa Mary (Amanda Abbington), cuya evolución de mujer con un pasado algo trágico y solitario ha dado paso a toda una conspiración en la que ella es de todo menos una esposa al uso. Personalmente considero un riesgo una decisión dramática de semejante calibre, entre otras cosas porque condiciona mucho el resto de la narrativa, pero dejando valoraciones a un lado, no cabe duda de que encaja como un guante en el estilo general de la serie y en las motivaciones de los dos principales protagonistas.

Un personaje inmortal

Como decía al inicio, esta tercera temporada de Sherlock es, casi con toda probabilidad, lo mejor del conjunto, y sin duda de lo mejor que se puede ver ahora mismo en la pequeña pantalla. Ya he confesado en más de una ocasión cierta predilección por las producciones británicas. Son, de lejos, las más originales y completas en todos los aspectos. Ahí está Black Mirror, por decir alguno. Desde luego, esta modernización del personaje de Conan Doyle no se queda atrás en lo que a originalidad se refiere. Con un uso (y puede que para muchos un abuso) sin igual de los recursos narrativos que ofrece un medio audiovisual, los tres nuevos episodios llevan a un nuevo nivel conceptos como las sobreimpresiones en pantalla, el salto constante entre la realidad y el mundo psicológico, o simplemente entre el pasado, el presente y el futuro.

Aunque si algo ha permitido constatar es el hecho de que estamos ante un Sherlock Holmes que ha pasado a la historia. Si durante décadas Peter Cushing (La guerra de las galaxias) fue el rostro del investigador en su aspecto más clásico, Benedict Cumberbatch (Agosto) ha hecho suyo el personaje hasta convertirlo en todo un referente. Y lo ha conseguido gracias a una valentía y un descaro que le ha hecho ignorar de algún modo todo lo realizado anteriormente. Gracias a un ácido humor y a esa soberbia típica del personaje Cumberbatch compone un rol fascinante, a medio camino entre la autoparodia y la más absoluta inteligencia, capaz de manipular a todos los que le rodean únicamente para conseguir un fin.

Esta ha sido la temporada de Watson, de eso no cabe duda. Pero definir a uno es hablar del otro. Es inevitable. Y el hecho de centrar la atención sobre el compañero ha permitido liberar algo de carga dramática de los hombros de Holmes para tomar distancia y poder analizarlo en perspectiva. Ahí queda, por ejemplo, la espléndida forma en la que se reencuentran ambos personajes (deliberadamente hilarante) o esa consciente definición de un vestuario que, a pesar de su simplicidad, resulta ya inconfundible (incluyendo el mítico sombrero que solo utiliza para salir ante las cámaras). Todo ello, en definitiva, ha ayudado a comprender mejor un personaje inmortal, y no me refiero a la mitología creada a su alrededor a lo largo de los años. Me refiero a la categoría de icono que ya ha adquirido esta versión moderna.

Desde luego, Sherlock se ha convertido por derecho propio en uno de los títulos de la élite televisiva actual. Su tercera temporada, que se distancia aún más de la base literaria, aprovecha sin embargo la ocasión para autodefinirse de forma más clara todavía. Y lo hace a través de sus personajes en unos casos cuya originalidad y complejidad, tanto visual como dramática, están a la altura de los mejores casos del detective. Hemos descubierto facetas nuevas de John Watson. Hemos visto a Holmes superar situaciones límite gracias a su capacidad de razonamiento (por cierto, la forma de mostrar ese proceso es de lo mejor de la serie). Y hemos visto un final que prepara el terreno para una cuarta temporada muy prometedora.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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