‘Ismael’: no sin mi padre


Mario Casas y Larsson do Amaral en 'Ismael', de Gonzalo Piñeyro.La nueva película del director de El método (2005) es todo un canto a las segundas oportunidades, presentes desde el primer minuto de metraje en todos los ámbitos que presenta la trama. Pero contrariamente a lo que se pueda pensar, Marcelo Piñeyro se aleja conscientemente de la lágrima fácil para presentar un drama familiar y social en el que los papeles de padre coraje e hijo desamparado se intercambian, siendo el hijo el motor de la historia. Y a pesar de contar con buenas actuaciones en general y algunos momentos muy bellos, la película no logra erigirse como un film emocional.

Y no lo consigue fundamentalmente por un motivo: la falta de conflicto. A lo largo de su desarrollo dramático Ismael plantea las bases de un gran conflicto físico y emocional que, por lógica, debería concretarse al final del segundo acto. Sin embargo, dicho conflicto físico nunca llega a ser real (trata de simularse con una especie de revuelta en un instituto), y el conflicto emocional se queda enrocado en sí mismo para no desprenderse nunca del trío protagonista. La autoimposición de que la trama no se desvíe demasiado del pasado que relaciona a los personajes, de sus errores y de su incapacidad para arreglar las situaciones convierte al film en su tramo final en una historia sin excesiva emotividad, plagada de buenas intenciones pero carente de un corazón que lata con fuerza.

Claro que eso importa relativamente poco. Tan solo una vez que se encienden las luces el espectador comprende que algo se ha perdido por el camino. Más o menos como le ocurre al personaje de Juan Diego Botto (El Greco). Precisamente es este actor uno de los culpables de que importe poco. Y me explico. El punto fuerte del film son sus actores, y más concretamente los secundarios. Tanto Botto como Sergi López (Pa negre) logran unas interpretaciones espléndidas, robando el protagonismo al resto del reparto en los minutos que están en pantalla. A esto habría que sumar la labor del joven Larsson do Amaral, cuya frescura y sencillez le convierten en el perfecto Ismael. Curiosamente, los protagonistas son los peor parados en este aspecto. Si bien es cierto que Mario Casas (Fuga de cerebros) da otro paso para consolidarse como el buen actor que se intuye que es cada vez más, todavía evidencia ciertas carencias a la hora de afrontar algunos aspectos de su personaje. Y Belén Rueda (Mar adentro), simplemente, no termina de comprender el personaje, algo que queda patente en cierta incomodidad que transmite en algunas secuencias.

En cualquier caso, el reparto es el verdadero protagonista de Ismael. Su trabajo es digno de aplaudir en líneas generales, hasta el punto de que ver a algunos de los actores aparecer en pantalla ya es motivo suficiente para disfrutar del film. Sin embargo, que nadie vaya en busca de un drama humano sin precedentes, porque la película de Piñeyro queda muy lejos de eso. Es romántica, hermosa y delicada como buen drama, pero nada más. Ni los conflictos llegan nunca a concretarse en algo verdaderamente grave ni el desarrollo de los personajes es todo lo completo que podría esperarse. Podría haber dado algo más de si.

Nota: 6/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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