‘Dates’ exhibe la naturaleza del ser humano en las primeras citas


Logo de la serie británica 'Dates'.He de reconocer que, en líneas generales, las producciones inglesas para la pequeña pantalla tienen siempre algo fresco, algo que no ocurre con las estadounidenses. Desconozco si es por la saturación de productos que provienen del país norteamericano (o porque lo que llega desde Inglaterra es solo lo mejor), pero desde luego una producción de las islas siempre es sinónimo de, cuanto menos, algo a tener en cuenta. El caso de Dates, serie creada por Bryan Elsley (serie Skins), encaja bastante bien en el perfil. No tanto porque tenga un formato diferente o novedoso, sino por la forma de desarrollar sus tramas y, sobre todo, por ese inconfundible estilo inglés a la hora de dar forma a las historias.

Para aquellos que todavía no hayan visto los 9 episodios que conforman su primera temporada, la serie se puede definir como un estudio de las relaciones sociales, y más concretamente de las “citas” que dan nombre a la producción. A través de las miradas y de las diferentes personalidades de sus protagonistas el espectador asiste a ese extraño baile que son las primeras citas, en esta ocasión orquestadas a través de alguna de las múltiples plataformas digitales que existen para conocer gente. Es, por tanto, una serie en la que a priori ninguno de los episodios guarda relación con el anterior, presentando en cada uno conflictos diferentes.

Como decimos, no es en sí un tema novedoso. El hecho de que cada capítulo tenga protagonistas diferentes y una trama única ya ha sido tratado en numerosas ocasiones. De hecho, habrá quienes vean en Dates una falta de originalidad pasmosa al descubrir que los personajes son, en su gran mayoría, arquetipos. Los homosexuales no declarados, la joven que busca el amor a través de Internet, un médico divorciado, una chica de compañía, … Todos ellos responden, en mayor o menor medida, a los estereotipos que la sociedad ha impuesto para este tipo de páginas o plataformas para conocer gente.

Y sí, es cierto que dicho estereotipo existe… ¿y qué? Esa es la pregunta que debe ser contestada. La televisión está plagada de esos personajes que responden a una definición bastante sencilla de los ideales que todos los espectadores tienen en la cabeza. En el caso que nos ocupa, además, es algo secundario. Que una joven no termine de aceptar su homosexualidad por las presiones familiares, por poner un ejemplo, es lo de menos. Lo realmente interesante es comprobar si la evolución dramática de los personajes en estos pequeños bocados de realidad que son cada episodio (unos 20 minutos cada uno) tiene la entereza suficiente para generar interés. Y aquí, personalmente, me decantaría por el sí.

Una serie de actores

Dividido cada uno de estos 9 primeros episodios en dos partes bien diferenciadas, la sencilla y aparentemente arquetípica trama sirve de base para exponer al ojo de la cámara los defectos, las virtudes, los miedos y las bondades de estos personajes que poco o nada tienen en común. En cada uno de los capítulos, además, el espectador logra un conocimiento exhaustivo de los personajes gracias a la sutileza con la que son presentados y, sobre todo, a la elegancia formal y narrativa de distribuir los puntos de giro y los conflictos de personalidades que tienen lugar en esos bares, cafeterías, restaurantes u hoteles en los que transcurre. Por no hablar de los diálogos, todo un ejercicio del que deberían aprender muchos guionistas.

En buena medida, los actores tienen mucho que ver en esto. Bueno, más bien son imprescindibles. Dates es, por así decirlo, una serie simple. Un escenario, a lo sumo dos, con dos actores y algún secundario en forma de camarero. Con este planteamiento, la labor interpretativa es esencial, y lo cierto es que todos los actores que pasan por las tramas, o casi todos, bordan cada una de sus interpretaciones, desde los más habituales como Oona Chaplin (serie Juego de Tronos), Ben Chaplin (El retrato de Dorian Gray) o Will Mellor (serie Broadchurch) hasta los más esporádicos como Neil Maskell (serie Utopía) o Andrew Scott (serie Sherlock).

Todos ellos, sin excepción, conforman un universo único en el que sus inseguridades marcan el devenir de sus acciones. Este es, en el fondo, el verdadero sentido de la serie. A pesar de su aparente éxito, de sus personalidades dominantes o de sus atractivos físicos, todos los personajes poseen una serie de inseguridades y de miedos que les convierten en atractivos para el público. El hecho de que se conozcan por Internet es, al final, secundario (de hecho, es un dato que se conoce por menciones de los propios personajes). Lo realmente interesante es comprobar cómo hacen frente a sus propias debilidades y a las de sus citas.

Dates no es, por tanto, una serie rompedora en ningún sentido. Es un producto de personajes, una serie de relatos intimistas sobre aquello que el ser humano suele guardar escondido bajo numerosas capas de formalismos y convenciones sociales. Y a pesar de no mantener una relación directa entre cada una de sus historias (con la excepción de las que protagonizan los dos Chaplin y Mellor), sí que encuentra un denominador común en el retrato social que presenta. No es una serie hecha para aquellos que buscan entretenimiento puro, eso es evidente. Pero divierte, sobre todo con las personalidades surrealistas de algunos personajes.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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