‘Apartamento 23’ pierde a sus secundarios y sus objetivos en la 2ª T


'Apartamento 23' comienza su segunda temporada con fuerza para perderla progresivamente.El pasado mes de octubre analizábamos en este espacio los primeros siete episodios de Apartamento 23, serie cómica creada por Nahnatchka Khan (serie Una chica corriente) que giraba en torno a una joven que llegaba a Nueva York con la intención de triunfar y terminaba sirviendo cafés y compartiendo piso con una joven cuya forma de ver la vida es, digamos, distinta. Ya en esos primeros episodios se apreciaban problemas graves, no tanto en el concepto cómico de la producción o en los personajes, sino en el desarrollo. Su segunda temporada de 19 capítulos, lejos de desviar la atención de estos problemas, los acentúa hasta convertirlos casi en un pilar de su narración, algo que habría funcionado de estar enmarcada en el género absurdo. Por desgracia, el efecto ha sido el opuesto.

Soy consciente de que es una serie episódica, pero incluso en estos casos existe, aunque sea de forma testimonial, un argumento que cohesione la mayor parte de sus elementos. Y una de las cosas más curiosas de la serie es que, en cierto modo, existe: la protagonista busca en todo momento lograr su sueño de trabajar en Wall Street. Bajo este prisma, la trama se desarrolla con relativa lógica, presentando las desventuras de la joven hasta que logra su objetivo. El problema es la distribución episódica. Desconozco si ha sido un problema interno de la producción o si realmente se perdió el norte durante la preparación del contenido de cada episodio, pero existen numerosos problemas que afectan notablemente a la comprensión de los acontecimientos. El principal de ellos es el hecho de que la protagonista, de nuevo con los rasgos de Dreama Walker (Compliance), pasa de trabajar en una cafetería a conseguir un puesto en una empresa para volver a la cafetería como si se hubiera tratado de un sueño.

Al inicio hacía referencia al absurdo. A pesar de los numerosos momentos surrealistas de esta segunda temporada (y que son sin duda lo mejor del conjunto), Apartamento 23 no es una serie que deba ser catalogada en esta categoría, precisamente por la existencia de numerosos conceptos que la atan a la realidad (búsqueda de trabajo, lugares reconocibles, problemas y soluciones reales, etc.). Es por eso que situaciones como la vivida con su trabajo dificultan la comprensión y ofrecen la imagen de error o problema narrativo que genera confusión en los espectadores. Y la consecuencia más directa de esto es la pérdida de interés, algo que puede apreciarse en el descenso de calidad que presentan los últimos capítulos de esta segunda entrega, amén de la desaparición de secundarios como el de Liza Lapira (Repo Men). Un descenso de calidad, por cierto, motivado igualmente por la repetitiva estructura de sus episodios, en los que las personalidades de las dos protagonistas chocan en algún concepto moral para, al final, solucionarlo poniéndose cada una en el lugar de la otra y viendo la vida con otros ojos.

Todo esto convierte estos capítulos en lo que podríamos equiparar al inicio de una montaña rusa: comienza subiendo para terminar en una caída en picado. He de reconocer que los primeros episodios, sobre todo aquellos que tuvieron como epicentro la relación de James Van Der Beek con su personaje en la serie Dawson crece, fueron de lo mejor de la serie. La autoparodia del actor recuperó los mejores momentos de la primera temporada para convertirse por derecho propio en el verdadero interés de la producción. El problema llega cuando dicha vía dramática se elimina, necesitando desde entonces una forma de rellenar las tramas secundarias que completen a la irregular trama principal. Y he aquí que la serie se encuentra con dos frentes abiertos.

Los personajes evolucionan, no cambian

El primero de dichos frentes era encontrarle una motivación al actor que se interpreta a sí mismo. Desparecida la vía autoparódica del famoso venido a menos que vive del éxito que tuvo en el pasado, la labor de Van Der Beek en la serie queda relegada al mero secundario irónico cuya presencia suele generar humor casi exclusivamente con su presencia. Algo parecido a lo que hacía el personaje de Lapira, tal vez por eso eliminado. Cada vez más diluido, el personaje ha logrado hacerse un hueco en esta segunda temporada apoyándose fundamentalmente en los personajes de Krysten Ritter (Life happens) y de Ray Ford (Brother to brother), este último con algo más de libertad para dar vida a su histriónico personaje.

El segundo ha sido dotar al personaje de la “puta” que da nombre a la serie en su título original de una cierta estabilidad en forma de novio/amante del que se enamora sin querer reconocerlo y que, todo hay que decirlo, es su media naranja. El conflicto que se plantea es si un personaje como el que interpreta Ritter es capaz de cambiar de esa forma de la noche a la mañana, pasando de ser una joven que solo busca dejar huella en la vida social de Nueva York a una que busca divertirse cada vez más con un hombre en exclusiva. El giro de su personaje, si bien es cierto que se produce progresivamente, tiene su origen de forma brusca y algo precipitada, utilizando para ello un recurso habitual en la serie como es el flash-back. Y a pesar de que logra su objetivo (completar la serie) no termina de encajar en la naturaleza del personaje.

Todo esto, unido a otras tramas secundarias que comienzan pero no terminan de cuajar, da la sensación de estar ante una serie que va a la deriva a partir de su primera mitad. La falta de objetivo más allá de su personaje principal no solo provoca cierto caos, sino que difumina los valores que hicieron atractivos a muchos de los personajes, entre los que destaca Van Der Beek, auténtico corazón de la producción. Y todo esto a pesar de contar con episodios realmente logrados que arrancan la risa en casi todo su metraje, muy positivo si, por desgracia, no se produjera de forma esporádica.

Tal vez haya sido excesivamente duro este comentario de la segunda temporada de Apartamento 23. En realidad, no es una mala serie, al menos no en su punto de partida. Más bien es una serie frustrada, incapaz de encontrar su verdadera naturaleza o, mejor dicho, incapaz de evolucionar con el desarrollo de sus personajes. Este tipo de ficciones encuentran su sustento en los personajes, y si lo que se intenta es cambiar a los personajes en lugar del foco de la trama, suele producirse lo que al final ocurre: una pérdida progresiva del interés y su consecuente cancelación. Y eso siempre es algo a lamentar.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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