‘Séptimo’: el descenso a los infiernos del género


Ricardo Darín protagoniza 'Séptimo', de Patxi Amezcua.Me consta que existe mucha gente que considera la clasificación por géneros como una especie de arcaica y manida forma de abordar las tramas. Siempre las mismas claves, personajes similares, lugares comunes. Puede ser. Pero por poner un ejemplo relacionado con la nueva película de Patxi Amezcua (25 kilates), de los últimos thrillers que se han estrenado el único que ha sido realmente aclamada ha sido aquel que ha mantenido las estructuras clásicas en su desarrollo: Prisioneros, película con la que, por cierto, comparte la premisa inicial. Con esto quiero decir que no es necesario modificar sustancialmente los pilares que han funcionado desde que el hombre empezó a contar historias, aunque sí se puede innovar en el enfoque que se quiere dar de ellos.

El caso de Séptimo es otro más de esos ejemplos de innecesaria revolución a partir de una idea clásica e interesante. Lo que comienza siendo un inocente juego entre padre e hijos pasa a convertirse en la angustia de un padre por haber perdido a sus hijos en un lugar tan controlado como los pisos de su edificio de apartamentos. Hasta aquí todo correcto, desde la magnífica banda sonora (de lo mejor del film) hasta un Ricardo Darín (El secreto de sus ojos) que debe luchar contra un personaje cuyo dilema interior se atisba pero no se llega a ver con plenitud. El problema surge en estos primeros compases del segundo acto, en los que apenas hay desarrollo. En lugar de utilizar las numerosas tramas secundarias que se plantean para enriquecer la historia, muchas de ellas relacionadas con la corrupción política y policial, se limita a presentarlas para luego rechazarlas, como si no tuvieran ninguna relevancia.

El resultado es que el grueso de la película no avanza, y lo que es más importante, no genera la tensión suficiente para lograr una identificación con el angustiado padre, que a pesar de su voluntad por encontrar a los niños se limita a subir y bajar pisos como si de un ascensor se tratara. En buena medida porque el punto de inflexión, una llamada, se produce tarde, obligando a ocupar el tiempo con algo más que diálogos. Por otro lado, la resolución no termina de encajar demasiado bien con algunos de los momentos de la trama, amén de que deja libertad absoluta al espectador para componer secuencias omitidas y personajes invisibles de la historia. Muchos huecos y demasiado determinismo narrativo: los personajes, sobre todo el de Belén Rueda (Los ojos de Julia), parecen prever cuál va a ser la reacción del resto, actuando en consecuencia sin tener en cuenta que, llegados a una situación límite, las reacciones suelen ser imprevisibles.

Séptimo es, en definitiva, un film que se desinfla rápidamente. La cierta intensidad que impregna los primeros minutos, en parte gracias a un buen uso de los encuadres por parte de Amezcua, se pierde por las escaleras de un edificio en el que transcurre la mayor parte de la acción. O mejor dicho del metraje, porque acción, lo que se dice acción, hay más bien poca. Sin prácticamente ningún apoyo de secundarios y con una falta de definición de objetivos, la película se mueve, al igual que su protagonista, en círculos. La mejor forma de evitarlos es servirse de las reglas del género. Por desgracia, en esta ocasión están demasiado debilitadas.

Nota: 5/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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