‘Revolutionary Road’, actores y director al servicio de una historia


Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en un momento de 'Revolutionary Road', de Sam Mendes.Ya se está empezando a vislumbrar, pero con el paso de los años será más evidente. Hollywood, y por extensión el resto del panorama cinematográfico, está asistiendo desde hace años a una renovación en la mirada que los directores ofrecen de sus historias. Una renovación liderada por nombres como David Fincher (Seven), Christopher Nolan (El caballero oscuro), Darren Aronofsky (Cisne negro) o Zack Snyder (El hombre de acero). Nombres propios que han sabido plasmar sus particulares puntos de vista y adaptarlos a todo tipo de historias (con la excepción de Snyder, que se ha decantado por el espectáculo puro y simple). De entre todos ellos, posiblemente, el más completo sea Fincher. Sea como fuere, en esa lista falta un director que se ha caracterizado por una sensibilidad excepcional a la hora de plasmar visualmente cualquier tipo de relato. Ya he mencionado antes que Sam Mendes (American Beauty) es uno de esos directores capaces de encontrar poesía en cualquier cosa, lo que logra acentuar los aspectos más intensos de sus tramas. Revolutionary Road (2002) es posiblemente el mejor ejemplo.

En el momento de su estreno quedé bastante sobrecogido por este intenso drama acerca de la monotonía, de los sueños inalcanzables y de la frustración de una vida en la que no se han cumplido, precisamente, esos objetivos irreales. Hace poco tuve la oportunidad de volver a verla, y lo cierto es que, como ocurre con las buenas películas, tuve la oportunidad de descubrir nuevos aspectos, formales y dramáticos, de esta historia que se vendió, al menos de forma indirecta, como el reencuentro en pantalla de Kate Winslet y Leonardo DiCaprio, ambos protagonistas de ese hito del cine que fue Titanic (1997). Aunque como también ocurre con las buenas películas, se impuso a sus propios actores. Y lo hizo con dos armas maravillosamente utilizadas: el guión y la labor de Mendes, amén de una complicidad de los actores que, en pocas palabras, hacen un trabajo impecable.

Pero vayamos por partes. La adaptación de Justin Haythe (La sombra de un secuestro) del libro de Richard Yates es una de esas obras que se construye poco a poco, que maneja los tiempos dramáticos a la perfección para introducir al espectador en lo que parece ser una rutina normal y corriente para, posteriormente, sacudir dicha monotonía con el subtexto emocional de cada uno de los personajes, egoístas y frustrados en su particular forma de ver el mundo. Es más, habrá quien piense que en Revolutionary Road pasan pocas cosas. Bueno, analizado desde la acción física es posible. Pero si algo hipnotiza de la película es la velocidad con la que se mueven las emociones en comparación con la aparente calma que existe en la superficie, rasgada únicamente por brotes coléricos que impactan sobremanera gracias, precisamente, a ese ambiente idílico donde nada parece ir mal.

Momentos como la discusión en el coche al inicio del film o las peleas en la casa son momentos inolvidables. Y lo son porque reflejan la realidad del ser humano y de la sociedad. De cara al exterior todo parece perfecto, el clásico matrimonio envidia de todos sus vecinos. La puerta cerrada de una casa, empero, genera una frontera que deja aflorar las verdaderas emociones. Por un lado, la ya mencionada frustración y la falta de amor en una farsa construida sobre un único momento equivocado (verdaderos motores del conjunto); por otro, la hipocresía de una sociedad que sonríe al mirar de frente y despelleja al darse la vuelta (muy evidente en el personaje de Kathy Bates). No es que sea cierto que ocurren pocas cosas en el film, pero sí es verdad que la mayor parte de la acción debe ser leída entre líneas, interpretada de miradas, diálogos y decisiones que desembocan en uno de los finales más dramáticos y poéticos de los últimos años.

Elegancia formal e interpretativa

Al comienzo mencionaba que los actores eran cómplices de la calidad del film. Puede que la afirmación resulte absurda por lo obvia que es. Me explico. Muchas buenas películas que cuentan con grandes actores tiene repercusión por eso, porque tienen grandes actores. Revolutionary Road, a pesar del éxito de sus intérpretes, se sobrepone a ellos gracias a que los propios protagonistas se mimetizan con sus personajes hasta hacerse casi invisibles. De Winslet poco hay que decir que no se haya dicho ya. Su capacidad dramática está fuera de toda duda, y en esta ocasión alcanza cotas muy difíciles en las que equilibra dolor y rabia, odio e indiferencia, a partes iguales, pero sin llegar a caer en el histrionismo. El caso de DiCaprio, sin embargo, no es tan evidente. Tras muchos papeles en los que predominaba su físico por encima de todo, fue en la época de esta película (tal vez algunos años antes) cuando empezó a tomarse el mismo en serio como actor, eligiendo papeles más complejos y, lo más importante, saliendo airoso de los retos. En el caso que nos ocupa, y al igual que su compañera de reparto, logra encontrar el equilibrio perfecto de un hombre aparentemente tranquilo que es capaz de sacar su ira en los momentos más críticos. Por no hablar de los secundarios, entre los que destacan Michael Shannon (serie Boardwalk Empire) y David Harbour (serie The newsroom).

Y por último, el director. La película es el cuarto trabajo de Sam Mendes en el largometraje, y ya entonces se había definido como uno de los realizadores más preciosistas y visualmente elegantes del cine. A pesar de su corta carrera, elegir cuál es su mejor film en el aspecto visual es una tarea muy complicada. Eso sí, todos poseen, en mayor o menor medida, una serie de componentes en común que este drama refleja maravillosamente bien. Por un lado, tenemos la fotografía y el uso de la iluminación. Gracias a la luz dura y los colores apagados el director crea esa sensación de lugar idílico, de retiro tranquilo y sosegado que, sin embargo, se antoja falso, una máscara que oculta una realidad muy distinta. En este sentido, uno de los planos más representativos e impactantes es el último de Kate Winslet, bañada por una luz pálida en un entorno blanco, impoluto, que se revela diametralmente opuesto a medida que la cámara se aleja de ella.

Esto me lleva al otro gran elemento del trabajo de Mendes: la composición de los planos. Puede pasar desapercibido, pero en líneas generales el realizador se sirve de dos estilos narrativos diferentes para mostrar el mundo exterior y el mundo interior de los personajes. O mejor dicho, la intimidad y la imagen que proyectan al exterior. Mientras que buena parte de las secuencias que abordan sentimientos, emociones y discusiones de pareja se cuentan con planos en movimiento, con cámara al hombro y con el salto de un personaje a otro, aquellas que cuentan, por ejemplo, el trabajo del personaje de DiCaprio se basan más en la estática de la cámara, utilizando planos más abiertos. Una forma de expresar en imágenes la soledad, el tedio y lo rutinario de un trabajo, unos compañeros y una vida que transcurre de casa al trabajo y del trabajo a casa, con permiso de algún que otro desliz. Son imborrables los momentos en los que los hombres, trajeados y con sombrero como si fueran clones, esperan en la estación de trenes, o aquellos en los que se mueven como autómatas bajando y subiendo unas escaleras alrededor de un DiCaprio inmóvil.

Todo ello genera una única línea narrativa que acentúa el subtexto que antes mencionaba, esa otra película que transcurre en las imágenes de Revolutionary Road y que se deja ver en momentos muy puntuales que se suceden con más y más frecuencia hasta el desenlace final. Es, por así decirlo, un trabajo de equipo al servicio de una historia, y no una historia al servicio de los actores, el director o los efectos especiales. Todos y cada uno de los elementos está planteado para aportar a la trama el valor necesario, ni más ni menos. Empero, la película podría haber sido mucho más mediocre sin la labor y la elegancia de Mendes o sin la aportación de unos actores involucrados con sus personajes de forma admirable. Es pronto para saber cómo evolucionará, pero no cabe duda de que será uno de los grandes dramas de principios del siglo XXI.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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