‘Apartamento 23’, buenos secundarios sin trama principal


James Van Der Beek, Dreama Walker y Krysten Ritter, protagonistas de 'Apartamento 23'.Es indudable que la comedia de situación en televisión está cambiando. Habrá quien crea que lo hace para mejor, y quien piense que el género nunca había estado en mejor estado de forma. Pero lo que parece claro, tanto por las producciones premiadas como por las que tienen más éxito, que la fórmula de Friends o de Seinfield, por poner algunos ejemplos, forma ya parte de la historia. Nuevas temáticas, estilos formales menos encorsetados, problemáticas más originales, … Una de las últimas incorporaciones a este club ha sido Apartamento 23, serie creada por Nahnatchka Khan (serie Una chica corriente) y cuya primera temporada de apenas siete episodios terminó de emitirse en Estados Unidos en mayo del año pasado. Unos episodios que sirvieron de prueba para su segunda (y última) temporada y que ya dejan entrever diversas flaquezas en su planteamiento, a medio camino entre lo clásico y lo moderno.

La historia no podría ser más simple. Una joven llega a Nueva York con la promesa de un trabajo en Wall Street y unas ganas incontenibles de comerse el mundo. Lo tiene todo en su vida: un trabajo, un novio desde hace años, unos padres sacrificados que lo han dado todo por ella. Pero todo cambia cuando pisa su empresa por primera vez. Afectada por la crisis financiera, ha quebrado y todos los trabajadores tratan de salvar y llevarse lo que pueden. Sin trabajo y sin casa, termina viviendo con una chica que es la envidia de toda joven triunfadora en la gran manzana, pero que al mismo tiempo posee una moralidad y una forma de ver el mundo algo distorsionada. Entre medias, famosos como James Van Der Beek (Dawson Crece), un vecino fisgón y una vecina obsesionada con la p*** del Apartamento 23.

Esta última referencia, por cierto, no es gratuita. El título original del programa es Don’t trust the b*** in apartment 23 (“No te fíes de la p*** del apartamento 23”), y en sí mismo el título contiene algunos de los mejores referentes de la serie. Desde luego, sus puntos fuertes residen tanto en el personaje de Krysten Ritter (Algo pasa en Las Vegas) como en los secundarios que aparecen y la parodia, ácida y muchas veces sin escrúpulo ninguno, de los famosos que han desaparecido prácticamente del panorama audiovisual tras un éxito arrollador en los años 90 del siglo XX. El mejor exponente es el propio Van Der Beek, cuyas constantes referencias a la serie que le impulsó a la fama y sus dudas acerca de su influencia en la sociedad le convierten en el icono cómico más sólido de toda la producción.

Igualmente, el resto de secundarios crean un microcosmos único, a medio camino entre la psicosis que genera una ciudad tan grande y bulliciosa como Nueva York y el ridículo que pueden llegar a generar la fama y el papel de modelo a imitar. Es en este aspecto donde más se desarrollar el personaje de Ritter, una mujer joven sin preocupaciones que vive, a tenor de lo visto, de su destreza natural para engatusar a todo el que se cruza en su camino, y cuya visión de la vida y de las relaciones humanas la convierten en… pues eso, en un personaje odioso y repelente en la vida real, pero gracioso y hasta comprensible en la ficción de Apartamento 23.

Un protagonista sin fuerza

Me imagino que muchos a estas alturas se estarán preguntando qué pasa con la protagonista. En efecto, hemos hablado de secundarios y del personaje al que hace referencia el título original de la serie, pero ninguna mención de la joven que llega a la Gran Manzana. Este es el principal problema de Apartamento 23. Su protagonista, a la que da vida Dreama Walker (Gran Torino), brilla por su ausencia en estos primeros siete episodios. O más bien, está tan poco y mal definido que termina por ser arrollado por el resto de roles. En cierto modo, parece más bien una excusa para mostrar el lado más salvaje del resto de personajes, utilizando al que debería ser el eje de la serie (junto al personaje de Ritter) en un apoyo para sobresalir.

En este sentido, la serie no funciona, y termina lastrando toda la producción. Su arco dramático, que debería moverse por los problemas típicos de la mujer neoyorquina (al menos por lo que plantea en su piloto) y por la relación entre las compañeras de piso, se desvanece demasiado pronto entre los arcos de los demás para aparecer, aunque de forma tímida, al final de esta primera entrega. Todo para hacer ver al espectador que, por un lado, la arpía que tiene por compañera es en realidad una mujer buena y con corazón, con unos sentimientos fácilmente identificables a pesar de estar bañados por una capa de cinismo y egocentrismo. Y por otro, para demostrar que todo el mundo puede cambiar, aunque sea de forma episódica y sin demasiada influencia en el futuro más inmediato. En otras palabras, el personaje de Walker no es más que el catalizador para la moraleja de cada episodio, sin que luego exista una referencia real a lo ocurrido en los siguientes episodios.

A esto habría que sumar el hecho de que, más allá de la parodia a los famosos y de algún que otro gag interesante, los problemas que aborda la serie y la estructura narrativa, el formato de la sitcom es excesivamente plano, sin una definición clara por una idea narrativa concreta. Curiosamente, la impresión final que queda en el espectador es la de un cierto caos, una anarquía que encaja bien con la del personaje del Apartamento 23, pero que no ayuda demasiado a sentar unas bases que identifiquen de forma rápida y directa al producto. Es de suponer que esto ha tenido buena parte de culpa en el devenir posterior de la serie, cuya cancelación tras la segunda temporada ha estado precedida por unas variaciones constantes de su posición en la programación y, consecuentemente, por un importante y pronunciado descenso en la audiencia.

Apartamento 23 no es, ni mucho menos, una buena serie cómica. Pertenece a ese sector de las series y películas (sean del género que sean) que resultan simpáticas, lo cual en el fondo quiere decir que ni gusta ni desagrada, ni enciende ni enfría. Vamos, que pasa más bien desapercibida. Y es una pena, pues tiene algunas ideas realmente interesantes, como la ya mencionada autoparodia de actores famosos venidos a menos (por ahí aparecen Dean Cain o Kevin Sorbo) y la mirada a determinados estereotipos que transitan las calles de Nueva York. Pero esto son elementos secundarios que deberían enriquecer una relación principal sólida y que, por desgracia, tiene una definición más bien inexistente. Claro que todo esto ocurre únicamente en siete episodios que se antojan una especie de conejillo de indias para comprobar si la fórmula funciona. Una segunda temporada con formato completo debería dar salida a todas las irregularidades de su primera entrega.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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