‘Hijos del Tercer Reich’, alemanes en una guerra dirigida por nazis


Los cinco amigos protagonistas de 'Hijos del Tercer Reich' brindan antes de separarse por la guerra.Más de 10 millones de euros de presupuesto. Una década de trabajo. Una media de siete millones de espectadores en su país de origen, Alemania. Ese es el balance que deja la miniserie Hijos del Tercer Reich. Tres episodios de hora y media de duración cada uno que narra la II Guerra Mundial desde una perspectiva pocas veces vista: la de los soldados y ciudadanos alemanes. Ante tal fenómeno televisivo la pregunta es obvia: ¿es para tanto? ¿Realmente aporta algo a las incontables aproximaciones al conflicto armado más brutal del siglo XX? Habrá muchos que la critiquen e incluso se sientan molestos por la humanización de los que tradicionalmente se han presentado como villanos en la ficción. Pero esta serie escrita por Stefan Kolditz (Burning Life) y dirigida por Philipp Kadelbach (serie Unschuldig) es mucho más que una simple mirada bondadosa a los nazis.

De hecho, los nazis son retratados como individuos deshumanizados, absorbidos por una ideología en la que no había lugar para la compasión y a los que les importaba más bien poco la muerte de sus soldados o de niños inocentes, como demuestra una de las escenas más impactantes del primer episodio, titulado Otra época. Precisamente es en este punto donde se encuentra el gran atractivo de la serie. Los protagonistas son cinco jóvenes cuyas vidas (auténticas, si tenemos en cuenta las fechas mostradas de cada uno en el último episodio) se mueven más o menos ajenas a ideologías y conflictos bélicos. Dos de ellos, hermanos, están a punto de partir al frente para luchar en una guerra que ni siquiera comprenden del todo, movidos más por un sentimiento generalizado en la población que por una creencia ferviente en la ideología nazi. Una chica también conocerá la guerra de cerca al haber aprobado el examen para enfermera. Y los otros dos, novios desde hace años, vivirán en sus carnes la intolerancia y la hipocresía del régimen: él es judío y ella quiere ser artista, para lo que tendrá que someterse a los deseos de un mando de la Gestapo.

Como se deduce de la premisa con la que se inicia la serie, ninguno de ellos es nazi, sino alemán. Una distinción que muchas veces se pasa por alto pero que en la producción alemana, cuyo título original es Unsere Mütter, Unsere Väter (Nuestras madres, nuestros padres), es la clave para comprender no solo determinadas decisiones, sino la evolución de cada uno de los cinco amigos, auténtico leit motiv de la miniserie. A lo largo de sus episodios el espectador comprueba cómo la guerra fue un infierno para aquellas personas que arriesgaron (y en muchos casos dieron su vida) por su país porque en aquel momento era lo que se respiraba en el ambiente, y no por un convencimiento pleno de lo que Hitler promulgaba. Para estos jóvenes la guerra se antojaba un paseo (como de hecho fue el avance alemán hasta la invasión de Polonia), un compromiso con su país. Una actitud, en definitiva, similar a la de otros soldados de todo el mundo, con la diferencia de que al frente se hallaba el partido nazi.

Para poder comprender algunos de los detalles es imprescindible tener todo esto en cuenta. Es la base para que, por ejemplo, la frustración y desilusión del personaje de Volker Bruch (El lector) tenga sentido. O para que el calvario que sufre Greta, personaje interpretado por Katharina Schüttler (Oh boy) adquiera un mayor significado. Esto no quiere decir, ya lo mencionábamos, que los órganos de gobierno alemanes no queden retratados como lo que eran. Prácticamente todo aquello que se aleja del frente se antoja cruel, hasta sádico, capaz de tomar decisiones sin importar las vidas de sus soldados, cada vez más jóvenes a medida que el conflicto llega a su fin. Capaces de asesinar a niños, de dar órdenes prácticamente suicidas y de provocar una reacción de rechazo allá por donde pasan. Un rechazo que sufren en sus carnes los soldados, no ellos.

Mención aparte merece el tema de los judíos, abordado aquí de forma tangencial en lo que se refiere a las decisiones internas de Alemania, y más frontalmente en la actitud del resto de países con este pueblo. De hecho, si tuviese que señalar algo impactante sería el trato que recibe el amigo judío de aquellos que luchan contra el ejército nazi y que, se supone, se oponen a su ideología. Hijos del Tercer Reich deja perfectamente claro que el odio a los judíos no era algo exclusivo de Hitler, como muchas veces se ha querido vender. A partir del segundo episodio (posiblemente el mejor de los tres), titulado Otra guerra, la serie centra buena parte de sus esfuerzos en mostrar que los judíos son tratados como auténticos parias, condenados al rechazo absoluto allá donde vayan. Da igual el país en el que estén. El odio, el desprecio que se desprende de los diálogos y de ciertas actitudes, no deja de ser sorprendente a la par que inquietante.

La guerra te transforma

Todos estos aspectos, sin embargo, son los pilares que enriquecen la trama principal, que como decíamos más arriba es la evolución de cada uno de estos cinco amigos. O más bien, cómo la guerra les convierte en algo muy diferente a lo que eran cuando se separaron tras esa despedida en plena noche en un bar. En este sentido, las miradas que se cruzan los supervivientes cuando regresan al bar, prácticamente el único símbolo que queda en Berlín de glorias pasadas, son impecables. Miradas que combinan la culpa, el odio, la derrota y la desolación en ese final del tercer episodio titulado Otro país. Capítulo, por cierto, que contiene algunos de los momentos más indignantes de toda la serie, como es la revelación de que algunos mandos nazis lograron salvarse gracias a su colaboración con los rusos.

Unas evoluciones que no consisten tanto en dar un giro de 180 grados a su forma de ser como en mostrar la madurez forzosa que deben realizar todos y cada uno de ellos. Sí, hay algunos cuyo cambio es más simple, por decirlo de algún modo (caso del personaje de Bruch, que pasa de ser un entusiasta soldado a un desertor que no entiende el sentido de la guerra). Pero de hecho, ni es el más enriquecedor de la trama ni el más interesante. Es realidad, cada una de las cinco historias supone una especie de hilo conductor que, unido a las demás, conforma un tejido dramático que ofrece una visión completa y bastante trágica de cómo esta guerra fue también un infierno para los alemanes.

Empero, todo lo que la miniserie posee a nivel dramático, fruto de los años de investigación, le falta a nivel visual y narrativo. No significa esto que esté mal contada o resulte irregular en su exposición de los hechos, sino que aporta más bien poco a la forma de contar el conflicto. Tal vez sea porque Steven Spielberg ha sentado un precedente de difícil comparación con Salvar al soldado Ryan (1998) y el díptico formado por las series Hermanos de sangreThe Pacific, pero lo cierto es que el estilo de la producción es excesivamente formal y manido en los momentos bélicos, mientras que los acontecimientos que ocurren en la retaguardia no poseen la intensidad que podría esperarse de ellos, sobre todo en lo concerniente a la Gestapo o a los nazis.

Pero en cualquier caso, Hijos del Tercer Reich es una producción relevante en lo que a la II Guerra Mundial se refiere, principalmente porque aporta una visión fresca y diferente a lo que tradicionalmente estamos acostumbrados a ver. Quizá la mejor prueba de su valía sea el hecho de que la rabia, la pena y la angustia se apoderan del relato y del espectador a medida que los jóvenes idealistas y soñadores se convierten en adultos cínicos y desilusionados. Un proceso trágico que ninguna persona debería vivir. Un proceso que no hace distinción entre rusos, americanos, franceses o alemanes. Alemanes, no nazis.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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