‘Dexter’ cambia los cuchillos por la psicología en su última temporada


Michael C. Hall y Charlotte Rampling en la última temporada de 'Dexter'.Ocho temporadas irregulares. Ese es el balance de cadáveres que deja Dexter Morgan tras su paso por la pequeña pantalla y la vida de todos sus seguidores. Ocho años en los que la serie Dexter ha ofrecido personajes inolvidables, etapas monótonas y un buen puñado de episodios brillantes. Pero como todo en esta vida, ha llegado a su fin. Un final de 12 episodios que ha levantado cierta polémica, algo por otro lado normal teniendo en cuenta la psicología del personaje y el carácter general de la serie. ¿Es el final que el personaje merecía? ¿Habría sido mejor una resolución más directa? ¿Le han sobrado temporadas a la serie? Todas estas y muchas más preguntas surgen tras ver el epílogo del último episodio, que no desvelaremos. Y todas ellas, como suele ocurrir, tienen diferentes respuestas.

Esta octava temporada terminó hace más o menos una semana. Si he tardado tanto en abordarla en Toma Dos es porque un análisis en caliente sería poco justo para la producción. Sé que muchos espectadores, tal vez llevados por la pasión, consideren que el personaje debería haber tenido un final más violento, acorde con lo que se ha visto en la serie. Pero ante todo debemos tener presente un concepto que ha marcado, en realidad, las aventuras de este forense/asesino en serie: la evolución. No hay que olvidar que el personaje de Michael C. Hall (Gamer) no es un psicópata al uso, sino un hombre que no se siente cómodo con esa necesidad de matar que le consume día tras día. Una emoción que poco a poco se ha ido diluyendo hasta prácticamente desaparecer en estos últimos episodios, dejando como única huella de su existencia las habilidades innatas del protagonista como asesino. Puede que esto desvirtúe a Dexter, y en cierto modo así es, pero un buen personaje nunca se mantiene inamovible a lo largo de su vida.

Esto no implica, ni mucho menos, que el final de la serie haya sido un cuento de hadas. Todo lo contrario. Ya mencionábamos aquí que la anterior temporada encauzaba la historia hacia dos posibles vías. Afortunadamente, se eligió la más coherente y dramática. Lo que más define al protagonista desde un punto de vista psicológico no son los asesinatos, sino la soledad de un comportamiento censurado por la sociedad que le obliga a aislarse de un mundo en el que, para su desgracia, cada vez se siente más cómodo. Ese es su verdadero purgatorio. Y su destino. Que la forma de afrontarlo haya sido mejor o peor queda reservado para el gusto personal de cada uno. Personalmente, y a pesar de algún que otro altibajo, los guionistas han sabido darle a la serie y al personaje la resolución que tenía que ser, ni más ni menos.

Pero estamos hablando mucho de la psicología del personaje, de sus emociones y de su evolución. ¿Y los asesinatos? ¿Es que Dexter ha cambiado ya los cuchillos por la consulta de un psicólogo? Bueno, más o menos. Desde que tuviera su hijo el protagonista ha entrado en una espiral familiar que le ha llevado a acercarse más a los que quiere, pero también a destruirlos. Estos 12 capítulos inciden de forma notable en este aspecto, no solo desarrollando las consecuencias que el impactante final de la anterior temporada tuvo en el personaje de Jennifer Carpenter (The factory), sino introduciendo a esa especie de madre moral que es la Dra. Vogel, a la que da vida la siempre interesante Charlotte Rampling (Melancolía). Su aparición a la vez que un terrible asesino que rebana el cerebro de sus víctimas crea un nuevo entorno familiar enfermizo que pretende dar respuesta a muchas de las preguntas que todavía quedaban sin responder del protagonista.

Tal vez uno de los problemas de la temporada sea la cantidad de personajes introducidos para llevar a Dexter por ese camino pseudofamiliar. A la hermanastra y la madre moral se le suma la recuperación de Hannah McKay (Ivonne Strahovski), objeto de deseo inalcanzable, y un joven aprendiz que bien podría ser su hijo con algunos años más. Por no hablar de la verdadera identidad del asesino de esta temporada, quien pretende ser una especie de hermano. Todo ello, es cierto, crea el marco ideal para mostrar todo lo que podría tener y todo lo que va a perder de un modo u otro, pero termina resultando tan excesivo, tan abrumador y apabullante, que se antoja un tanto recargado, máxime si atendemos a la forma de solucionar las tramas de cada uno de los personajes, algunas realmente simplonas y rápidas.

Sin apoyo de las tramas secundarias

La muerte sigue presente en la temporada ocho de 'Dexter'.Desde luego, esta última temporada de Dexter es un buen estudio de la psicología del personaje. El debate interno del protagonista, siempre centrado en la evolución que mencionábamos al comienzo, enriquece buena parte de sus decisiones y otorga al final un aire mucho más poético y romántico del que cabría esperar. La forma en la que realiza el último asesinato de la serie, a quién mata y todo lo que se esconde tras ello (no hay ansia asesina, ni sangre, ni maldad, sino compasión y dolor) es un claro ejemplo de que, a pesar de que tratemos de cambiar, nunca podremos dejar atrás el pasado.

Sin embargo, desde un punto de vista dramático la temporada ha sido muy irregular, en muchos casos ridícula y en otros tantos incoherente. Y todo por una alarmante ausencia de las tramas secundarias que han enriquecido en tantas ocasiones anteriores la serie. Es aceptable que en esta ocasión, por la cantidad de cabos sueltos que se debían solucionar dentro del propio Dexter, no exista nadie que le persiga. Pero lo que no es comprensible es la presencia de personajes secundarios cuyo fin es, simplemente, rellenar líneas de diálogo que no aportan nada ni a la serie en conjunto ni a la trama principal, verdadera finalidad de estos personajes.

No voy a entrar en el papel perdido de personajes como el de David Zayas (Skyline), pero sí es llamativa la relación romántica entre dos de los secundarios, una relación cuya única finalidad es aportar un mayor drama lacrimógeno al desenlace de la serie. En sí mismo, el desarrollo es coherente, pero la resolución, apresurada y poco sólida, deja una sensación de falta de previsión, como si sus creadores hubiesen querido dar a última hora un mayor dramatismo al destino de los personajes de esta ficción. Por no hablar de la presencia de un nuevo personaje, la hija de Vince Masuka (C. S. Lee), innecesaria desde cualquier punto de vista.

Si tuviese que decantarme por uno u otro bando, desde luego la resolución de Dexter ha sido la correcta. Esta última temporada ha sabido profundizar en los orígenes del personaje para facilitar una mayor comprensión de su psicología, de su carácter y sus motivaciones. Y el final que tiene es el único que podría merecer. Es, por así decirlo, una temporada menos visual y más profunda. Sin embargo, decir que ha sido una de las mejores tal vez sea demasiado arriesgado. Precisamente es esta necesidad de explicar al personaje lo que perjudica al resto de elementos, que quedan vagamente dibujados para figurar en un juego donde ya no pintan nada.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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