‘La red social’, innovar en historias de personajes contemporáneos


Andrew Garfield, Joseph Mazzello y Jesse Eisenberg, protagonistas de 'La Red Social'.Las biografías de personajes influyentes en la sociedad, ya sean históricos o contemporáneos, siempre ha sido un tema muy apreciado por cineastas y actores. Quizá la mejor prueba de ello sea que aquellos intérpretes que adoptan las características de dichos iconos suelen estar nominados a la mayoría de premios, consiguiendo muchos de ellos. Ashton Kutcher (Algo pasa en Las Vegas) será el último en sumarse a esta tendencia con su papel en jOBS, que aborda la vida del fallecido creador de Apple y que en pocos días llegará a medio mundo. Casualidad o no, hace tres años el mundo de la informática e Internet ya fue tratado en otra recreación de la vida de uno de los gurús de este mundo: Mark Zuckerberg, creador de Facebook. La red social, dirigida por David Fincher (El curioso caso de Benjamin Button), es uno de esos experimentos audiovisuales en los que una historia aparentemente poco cinematográfica se convierte en una pieza de estudio desde varios puntos de vista.

Y digo lo de “aparentemente poco cinematográfica” porque poco hay en su trama que pueda destacarse como algo fuera de lo común. El argumento no tiende en ningún momento a generar sorpresa o intriga. Ni siquiera provoca cierto malestar, salvo que se considere al protagonista como el verdadero villano del film (algo que, por cierto, se consigue en muchas ocasiones). El verdadero atractivo de la película, por tanto, reside en el retrato que se hace de los personajes y en la labor del propio Fincher, que vuelve a demostrar su talento en un film que, repasando su filmografía, encaja poco con sus otros proyectos.

Esto no es algo casual. Si los personajes tienen el peso que tienen en la trama es gracias a la labor del que es uno de los mejores guionistas en la actualidad: Aaron Sorkin (serie The Newsroom). Su habilidad innata para crear diálogos frescos y dinámicos en los que el contenido de lo que se dice es fundamental para comprender el desarrollo dramático, así como su capacidad para crear situaciones y secuencias corrientes cargadas de significado convierten esta historia sencilla en un estudio sobre la ambición, sobre la amistad (o la falta de ella) y sobre el poder de controlar nuestro entorno. Lo más destacable en este sentido posiblemente sea su retrato del protagonista, un hombre cuya alarmante falta de empatía y su egocentrismo sobrepasan el resto de aspectos de su personalidad.

Hace poco tuve la oportunidad de hacerme con una copia del libreto de la película en su versión original. Y tras leerlo solo se pueden destacar dos aspectos. Uno es precisamente esa agilidad a la hora de componer diálogos, entre otras cosas porque son textos cortos, incisivos y muy calculados. El otro es que cualquier estudiante de guión debería analizarlo en profundidad. Tal vez no en el sentido de la estructura dramática del film, sino en la forma de escribir, de estructurar la acción en cada una de las secuencias. Y todo ello sin la necesidad de contar una historia original o creativa. Simplemente adaptando el libro escrito por Ben Mezrich sobre una historia que, por su actualidad, buena parte de la sociedad ya conoce. Ahí radica el éxito de la obra.

El tándem perfecto

Claro que todo este aspecto narrativo es conveniente analizarlo una vez visto el film y leído el texto original. El otro gran pilar de la película, el visual, es mucho más directo y atractivo. Como ya hemos señalado, la historia en sí misma tiene pocos alicientes. Un drama de estas características con algún que otro detalle de intriga ofrece pocas posibilidades a la innovación, no digamos ya a la revolución. Empero, David Fincher logra crear algunos de los momentos más interesantes en lo que podríamos llamar una lección de dirección cinematográfica en toda regla.

La red social es un claro ejemplo de la máxima que obliga a no planificar por encima de las posibilidades de la historia. Y una trama como esta exige una planificación más bien neutral, con poco margen para filigranas con la cámara. Eso no impide que haya algunos momentos brillantes que, todo hay que decirlo, tienen buena parte de su mérito en el montaje, la fotografía o la música. En este aspecto hay dos momentos que pueden ser reveladores. Uno de ellos es la secuencia inicial, aquella que nos define al protagonista y que pone la semilla para el posterior desarrollo de la serie. Es una simple conversación de dos personajes sentados en una mesa. ¿Hay algo más simple y más manido? Puede que no, pero Fincher lo convierte en un frenético intercambio de ideas en el que los planos de uno y otro se suceden casi sin respiro hasta el punto de inflexión de la secuencia, aquel en el que la cámara se para para mostrar un contexto más amplio de la situación. En esta ocasión, la visión del director no hace sino acrecentar el tono del guión, convirtiendo el diálogo en una auténtica batalla verbal.

El otro es la regata. De nuevo, un momento sencillo y con poco margen a la innovación. Y si bien en este caso la planificación no es excesivamente novedosa (aunque tiene algún que otro detalle), resulta interesante comprobar cómo la fotografía y la música pueden jugar un papel igual o más determinante en uno de los papeles fundamentales de todo relato: transmitir emociones. La secuencia va de menos a más en todos sus elementos. Mientras que el inicio es pausado el final es tenso y un tanto dramático. El montaje, al contrario que la secuencia antes analizada, pasa de ser lento y con planos más o menos largos y amplios, a ser dinámico, con planos cortos y centrados en los elementos más significativos de la trama en ese momento. Del mismo modo, la música crece en intensidad hasta llegar al clímax en la resolución de la carrera. Es, como decimos, una forma de dramatizar un momento que a priori no significa nada dentro del cuadro general de la trama para convertirlo en una pieza que aporta una mayor profundidad a los personajes que la protagonizan.

Resumiendo, La red social es uno de esos films que, con los años, deberían ser analizados en profundidad. Tal vez no pase a la historia; tal vez ni siquiera sea el mejor trabajo de cada uno de sus responsables. Pero desde luego es un claro ejemplo de lo que es un buen guión, en su estructura general y en su narrativa particular, y de lo que se puede hacer visualmente hablando si lo que se trata es de narrar con cierta originalidad situaciones cotidianas repetidas hasta la saciedad a lo largo de los años. No por casualidad, Aaron Sorkin y David Fincher, dos de los talentos más interesantes del panorama actual, son los responsables.

Anuncios

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: