20 aniversario del año de Spielberg (I): ‘La lista de Schindler’


Ben Kingsley y Liam Neeson protagonizan 'La lista de Schindler', de Steven Spielberg.El reestreno hace un par de semanas de Parque Jurásico en 3D suponía una pieza más en esa maquinaria que está buscando desesperadamente desenterrar grandes éxitos para conseguir más ingresos. Sin embargo, también coincide con una efeméride que en Toma Dos queremos abordar, aunque solo sea como homenaje. Nos referimos al año 1993, en el que el cine de Steven Spielberg, director de aquella, fue el gran triunfador de los Oscar con dos títulos que ya se pueden considerar inmortales: la citada aventura con dinosaurios y la película que comentaremos a continuación, La lista de Schindler, basada en el libro de Thomas Keneally y centrada en la historia de este nazi que logró salvar del exterminio a más de 1.000 judíos durante la II Guerra Mundial.

A estas alturas, con el reconocimiento a nivel mundial del film, destacar sus múltiples virtudes formales y narrativas puede resultar algo repetitivo. Sin embargo, para hablar de las emociones que es capaz de transmitir es imprescindible. Quizá uno de los momentos más analizados y recordados sea aquel de la pequeña con el vestido rojo por cuanto representa el punto de inflexión en la conciencia del protagonista. Hasta entonces sus intenciones se resumían más o menos fielmente en hacer dinero, en conseguir el máximo beneficio con el menor riesgo. Y eso se lo proporcionaban los judíos. Será a raíz de esa escena, que narra con crudeza uno de los momentos más brutales de la trama, cuando este empresario nazi opte por empezar a salvar vidas humanas independientemente del beneficio.

Con todo, no es ni con mucho el mejor aspecto formal del relato. La labor fotográfica en blanco y negro de Janusz Kaminski, colaborador habitual de Spielberg (Salvar al soldado Ryan, por ejemplo) es una verdadera obra de arte que fue reconocida con numerosos premios. Su forma de captar el contraste entre luces y sombras, fiel reflejo de las emociones a flor de piel de un personaje tan aparentemente contradictorio como el interpretado excepcionalmente por Liam Neeson (Batman Begins), genera una narrativa paralela que ayuda al espectador a comprender ciertas conversaciones, a apreciar las intenciones reales de cada decisión. En la memoria se graban a fuego primeros planos como el de Ben Kingsley (La invención de Hugo) brindando mientras una lágrima recorre su mejilla.

En este sentido, la banda sonora de John Williams (La guerra de las galaxias), emotiva como pocas, se ajusta a la perfección a un relato que basa buena parte de su fuerza en el aspecto fotográfico y en la crudeza de su realización, en la que por cierto Spielberg vuelve a demostrar su maestría y buen gusto para horrorizar al espectador sin necesidad de mostrar casi nada. El uso de coros, muy propios de la época, o de un ritmo pausado y denso aportan una mayor sensación de desasosiego ante un destino que parece inevitable, como si de una marcha imparable se tratara.

Describir las emociones tan complejas y variadas que provoca La lista de Schindler es difícil. Casi tanto como las que provoca el documento original. Hace un año aproximadamente tuve la oportunidad de ver uno de los pocos originales que se conservan en uno de los Museos del Holocausto que existen en el mundo. Tal vez fuese por la forma de mostrar esta oscura época de la Historia del hombre, o simplemente porque representa la esperanza en medio de la desolación, pero lo que sentí al ver ese documento se aproxima mucho a lo que Spielberg es capaz de transmitir. Esto viene a demostrar, al menos para un servidor, que el director de E. T., el extraterrestre (1982) es uno de los pocos realizadores actuales capaz de estructurar un relato para ordenar toda esa amalgama de sentimientos que antes mencionaba.

Una estructura dramática

Steven Spielberg ha asegurado en muchas ocasiones que La lista de Schindler ha sido uno de sus proyectos más personales. Hasta 10 años ha estado madurando la historia. Es por eso que más allá de la visión acerca del Holocausto, más allá de la belleza formal que atesora o de la profundidad de sus personajes, todos ellos con los rasgos de unos actores excepcionales, se halla un guión estructurado perfectamente y al milímetro para envolver al espectador en un drama humano sin parangón. El texto escrito por Steven Zaillian (Gangs of New York) es todo aquello que un guión debe ser, es decir, una estructura compensada en todos sus actos, un vehículo que diversifica y dosifica el tiempo de cada personaje y de cada trama secundaria, de cada momento histórico y de cada decisión.

Y es también una narración sin diálogo o, mejor dicho, con subtexto en el diálogo. Cierto es que la época en la que se enmarca la historia facilita esa máxima de que un diálogo no debe ser lo que dice, sino lo que quiere decir, pero es que incluso en esta situación la forma de hacer avanzar la acción es de manual. Sin ir más lejos, ese cambio que se produce en el protagonista puede pasar casi desapercibido si no se presta la suficiente atención. Tanto Zaillian como Spielberg optan por una evolución silenciosa, realista y ajustada al contexto en el que se produce. Resulta casi ridículo, por tanto, que exista un diálogo en el que Schindler explique sus intenciones. Vamos, que en ningún momento se hace con la bandera de defensor y salvador. Es algo mucho más personal, intimista y sutil.

Pero esto es solo un ejemplo. El desarrollo dramático de la trama principal, apoyada de forma imprescindible por algunas líneas argumentales secundarias como la relación con el personaje de Ralph Fiennes (Skyfall), permite un análisis perfecto de cómo abordar todo tipo de escenas, de cómo se construyen los personajes desde la acción y no la descripción, y cómo las secuencias deben estructurarse desde el conflicto y sus constantes fluctuaciones. En este aspecto el film de Spielberg solo podría pecar de una cosa, y es su exceso de dramatismo en su clímax final, con un discurso del protagonista en el que afloran todos esos sentimientos que han sostenido la trama hasta ese momento. Una concesión que, si bien encaja con el resto de la historia y pone el broche a la pesadilla, choca un poco con el tono general de la historia.

No cabe duda de que La lista de Schindler es una de las cintas claves dentro de ese subgénero bélico que recoge aspectos de la II Guerra Mundial. Una película personal, fruto de años de estudio, de trabajo y de sentimientos. Una obra bella en todos sus aspectos, incisiva y cruel en muchos momentos que busca remover conciencias sin necesidad de impactar violentamente al espectador. Spielberg es único logrando eso, y este es uno de sus mejores testimonios. Al final, el hecho de que consiguiera 7 Oscars no debería suponer un mayor reconocimiento a la película, aunque sí debería hacer pensar acerca del reconocimiento académico que ha recibido un director capaz de cambiar el concepto del cine y del entretenimiento. Pero ese es otro debate.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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