2ºT de ‘Touch’, más compleja y menos profunda en su conclusión


Kiefer Sutherland, en un momento de la segunda temporada de 'Touch'.Antes de comenzar este análisis, una recomendación para todos aquellos que tengan en mente realizar una serie de televisión con la premisa de futuros paralelos u otras paradojas temporales. No es una buena idea. Las experiencias más recientes (entre las que debería incluirse la serie Touch, de la que a continuación comentamos su segunda temporada) confirman que la complejidad de estas tramas y lo difícil que es justificar algunos conceptos no permiten un desarrollo a lo largo de los episodios. No quiere decir esto que no sean historias interesantes, más bien al contrario. Son propuestas tan curiosas que su desarrollo decepciona al intentar ahondar en la premisa inicial de su piloto. Es lo que le ocurre a esta serie protagonizada por Kiefer Sutherland (Reflejos), que en estos últimos 13 episodios trata de encontrar una coherencia interna sin lograrlo.

Concretamente, lo que la serie creada por Tim Kring (serie Héroes) busca en esta segunda temporada es una trama a lo largo de todos los capítulos, y no la propuesta de historias autoconclusivas que predominó en su predecesora. Ya dijimos en su momento que la primera parte de esta ficción acerca de un padre y su hijo capaz de ver en los números las conexiones pasadas, presentes y futuras de todos los individuos era un tanto irregular. La continuación no ha mejorado el conjunto, aunque sí ha añadido elementos y personajes lo suficientemente interesantes como para conseguirlo. ¿Qué ha ocurrido entonces? Habría que decir que demasiadas cosas. Tantas que nunca se decanta por una de ellas.

Por ejemplo, es interesante aunque algo manida la idea de la todopoderosa empresa que busca hacerse con este niño y otros individuos similares (hasta 36) para sonsacarles una serie de números que les permita predecir el futuro. Su desarrollo, empero, es excesivamente lineal. Los personajes se muestran como adalides del bien y del mal, sin modificar un ápice sus motivaciones ni presentar objetivos a corto plazo que pudiesen contrastar con la idea global de conjunto y, por tanto, generar algo de intriga. En medio de todo esto, que podríamos considerar como la gran trama de esta temporada, se encuentra la búsqueda de estas 36 personas por parte de un sacerdote que quiere eliminarlos para mantener la obra de Dios intacta. Un personaje interesante en su definición inicial y en su presentación, pero que se desinfla hasta casi convertirse en un simple asesino cuya desesperación se hace palpable con cada minuto que pasa.

El motivo principal de esta falta de profundidad narrativa y de personajes es la indecisión por mostrar lo que verdaderamente ofrece la serie, que no es otra cosa que la existencia de una serie de personas capaces de ver el pasado y el futuro, y de utilizarlo en su provecho o para el bien de la Humanidad. Esta premisa, que sobrevuela todo el conjunto y se torna protagonista en algún que otro momento (sobre todo con la presencia de los judíos encargados de observar), queda resuelta de forma tosca, presentando en el último episodio al personaje de Sutherland como el guardián y protector de este grupo social. Un giro que dejaría la puerta abierta a una reinterpretación de la serie si no fuera porque ha sido cancelada tras esta temporada.

Y Amelia apareció

Como muchos seguidores de Touch se pueden imaginar, buena parte de esta segunda temporada se centra en el personaje de Amelia, interpretado por Saxon Sharbino (Julia X) y obsesión de su madre, interpretada por Maria Bello (La ventana secreta). Al igual que le ocurre al resto de papeles, la importancia de Amelia se disuelve poco a poco hasta convertirse en un aliado más de los protagonistas, cuando comienza siendo un misterio a resolver. Es más, lo que comienza siendo una especie de personaje benefactor necesario para hacer crecer en dramatismo la relación padre e hijo termina dibujado como una damisela en apuros que debe ser rescatada del castillo del villano. Y es una lástima, pues las cualidades que se le presuponen a la joven tenían un potencial único.

Como puede verse, lo que mejor define a la serie de Kring es “quiero y no puedo”. Tiene unas bases sólidas, sobre todo en esta tanda de episodios. El joven protagonista ha dejado de ser una especie de bicho raro para formar parte de un grupo de personas encargadas de que el mundo siga girando. Las cualidades del protagonista y las de Amelia unidas podrían dar lugar a una serie de paradojas, concatenación de acontecimientos y eventos aparentemente casuales que llevarían a la serie por unos derroteros de ciencia ficción y teoría numérica muy interesantes. En cambio, se opta por el drama de un padre que trata por todos los medios de proteger a su hijo, aportando de vez en cuando los detalles necesarios para no olvidar que estamos ante un producto aparentemente diferente.

Desde luego, no ayuda al conjunto el hecho de que los personajes sean prácticamente planos y, lo peor de todo, no evolucionen. En la primera temporada se podía tolerar el hecho de que Sutherland se pasara todos los episodios con la misma cara de sorpresa y agonía. Pero en esta segunda, cuando se le supone más experimentado en tratar con su hijo y más acostumbrado a sus cualidades, no tiene justificación alguna que siga cometiendo algunos errores de bulto o que siga sin comprender cómo se comporta el joven Jake. Esto no es culpa del actor, que hace lo que puede con el material, sino de realizadores y guiones que dibujan al personaje del mismo modo una y otra vez. Esto completa, como decíamos más arriba, ese panorama de blancos y negros, del bien y del mal, que domina las relaciones entre personajes y que les convierte en unos peleles. Los buenos luchan por lo correcto aunque siempre se las den en la misma mejilla; los malos campan a sus anchas para dominar el mundo.

En el fondo, Touch ha supuesto un fallido intento de ofrecer una producción con tintes fantásticos. Tal vez porque la premisa base era demasiado compleja de desarrollar, tal vez porque no existía una previsión de cómo hacerlo, el caso es que las relaciones de los números y de las personas, la posibilidad de predecir el futuro o de ver las posibilidades si se toma una u otra decisión, quedan relegadas a un segundo plano. Y no debería de ser así. Tener a un padre agobiado 24 horas al día porque no comprende a su hijo cuando el espectador ha captado desde el capítulo piloto de qué pie cojea cada uno no es la mejor forma de abordar la relación paterno filial. Quien tuviera el don de los protagonistas para haber prevenido este desenlace.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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