1ª T de ‘Political Animals’, drama estándar de una familia típica


Sigourney Weaver encabeza el reparto de 'Political Animals'.A estas alturas de la televisión creo que cualquier persona atisba a comprender, aunque sea de forma general, que la producción de ficción para la pequeña pantalla vive una época dorada. Es uno de los temas recurrentes en las conversaciones, la calidad dramática de las historias es muy alta (en ocasiones bastante más que la de su eterno hermano mayor, el cine) y el acabado técnico es impecable. Para colmo, muchos de los profesionales están emigrando hacia un medio que les aporta más prestigio y mayores retos en sus respectivas carreras. Pero todo esto tiene una cara oculta, o mejor dicho una complicación. En esta escalada de calidad surgen productos con aspiraciones que se quedan en eso, en una aspiración. Es, en cierto modo, lo que le ocurre a Political Animals, miniserie de 6 episodios creada por Greg Berlanti (serie Eli Stone) que mezcla el drama y la política en un producto algo desafortunado.

No quiero decir con esto que sea una mala producción, ni mucho menos, pero atendiendo al reparto y a su argumento cabría esperar algo más interesante, menos estándar. La serie comienza cuando una ex primera dama de Estados Unidos pierde las primarias del partido demócrata. Dos años después, sin embargo, está trabajando a las órdenes de su rival como Secretaria de Estado de la Casa Blanca. En ese puesto tendrá que lidiar no solo con los conflictos internacionales, sino con los problemas familiares (un hijo drogadicto que ha intentado suicidarse y un ex marido que trata de reconquistarla) y con el acoso de una periodista que ha hecho carrera a base de tratar de destrozar su vida profesional y personal. Todo ello sin renunciar a su sueño de convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos.

El principal problema de la trama, y que es lo que lastra el conjunto hasta convertirlo en algo corriente, es la simpleza, o mejor dicho la estandarización, de sus conflictos y de sus personajes. La verdad es que la familia protagonista de esta especie de tragedia griega es prototípica: la madre fuerte que se deshace por sus hijos, el ex marido promiscuo, la abuela con cierta tendencia a la bebida, el hijo homosexual, el otro hijo que busca el constante reconocimiento, … Todos y cada uno de ellos está dibujado de una forma tan tópica que apenas dejan margen para la sorpresa. Por ejemplo, si un personaje es drogadicto ya se sabe de antemano que cualquier intento por desengancharse fracasará estrepitosamente.

Unido estrechamente a esto se encuentra la trama. Como decíamos antes, el desarrollo dramático podría haber dado mucho más de sí. El hecho de que la protagonista busque por todos los medios acceder a la presidencia la convierte en un potencial elemento discordante en un mundo plagado de hombres. Y el hecho de que sea más inteligente que cualquiera de ellos abre la puerta a intrigas y desconfianzas que bien podrían haber provocado algún que otro giro argumental de cierto peso. En lugar de eso, Berlanti opta por eliminar intrincados senderos narrativos para tomar los atajos necesarios que le permitan centrarse en el drama familiar. El resultado no es más que una serie sobre las miserias de la familia ambientada en política. Bueno, el hecho de que el marco sea la política casi es lo de menos.

Seis episodios a mitad de trama

En este contexto el reparto poco puede hacer salvo aportar consistencia a unos personajes algo pobres en su definición. Sigourney Weaver (Alien) demuestra su calidad interpretativa incluso en aquellos diálogos algo forzados que buscan una crítica a determinadas ideologías o actuaciones políticas; Carla Gugino (Spy Kids), acostumbrada a papeles algo más ligeros, convence como una periodista que busca recuperar un prestigio perdido, si bien es cierto que en ocasiones es excesivamente evidente las intenciones de aleccionar al periodismo con su rol por parte de los guionistas. Incluso personajes como los dos hijos (James Wolk y Sebastian Stan) o secundarios como los de Ellen Burstyn (Main Street) o Dylan Baker (Spider-man 2) se muestran convincentes en sus respectivas tramas secundarias. El problema de todos ellos, sin embargo, es que son demasiado tópicos, demasiado previsibles en sus decisiones debido a la poca profundidad de su definición.

La nota discordante la pone el personaje de Ciarán Hinds (serie Roma), curiosamente uno de los más odiosos y al mismo tiempo mejor desarrollados de la trama. De hecho, es uno de los mejores elementos de estos 6 episodios. Por un lado, su carácter promiscuo, ególatra y algo altivo generan inicialmente rechazo. Por otro, su forma de analizar el contexto político y de comprender el carácter de las personas le convierten en el único rol capaz de provocar expectación en el espectador. Pero es una isla en un océano. La brillantez de Hinds a la hora de engrandecer un personaje tan interesante como este contrasta demasiado con la mediocridad de muchos de los demás. Da la sensación en muchas ocasiones de que Berlanti utiliza a los personajes para expresar sus propias convicciones. Sé que muchos pensarán que en buena medida los personajes están para eso. Es cierto, pero una de las primeras leyes del diálogo es que lo que se dice nunca es lo que se dice, sino lo que se quiere decir.

Desconozco si estaba previsto o no, si la idea era desarrollar la serie en una segunda temporada o si realmente se quería dejar en el aire todo lo planteado en estos seis episodios, pero curiosamente lo más importante de toda la trama ocurre en el último capítulo… y se queda en el aire, planteando muchas dudas y abriendo unas vías dramáticas muy interesantes para desarrollar. No vamos a desvelar aquí lo que ocurre en esa conclusión de la miniserie, pero sin duda es un acontecimiento impactante. Tanto que se podría considerar como el punto de giro más importante de toda la trama. Su presencia pone patas arriba todo el orden establecido hasta ese momento, provocando como decimos un sinfín de posibilidades que, por desgracia, se quedarán suspendidas al no existir una segunda temporada.

Tal vez sea lo mejor. Political Animals no ha sido la propuesta política que cabría esperar. Los intentos por desarrollar el drama familiar y social son más que evidentes y, en muchos casos, fructíferos, pero en un mundo como la política, donde las intenciones jamás se muestran y los discursos suelen ocultar la verdadera opinión, presentar unos personajes que apenas tienen nada que esconder salvo sus miserias personales es una débil propuesta. Tal vez enmarcada en otro contexto esta familia habría dado mucho más, aunque también es verdad que sería necesaria la reescritura de algunos conceptos de sus personajes. Es una lástima.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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