Zombis: 45 años devorando el miedo social en constante evolución


Los zombis han cambiado con la sociedad a lo largo de los últimos 40 años.Entre las dos imágenes que acompañan este texto han pasado 45 años. Cuatro décadas y media en la que los monstruos protagonistas de estas historias, los zombis, no han dejado de evolucionar. Es más, lo han hecho tan rápido como la propia sociedad. Se ha dicho hasta la saciedad, y en este mismo espacio lo hemos recogido, que los muertos vivientes son el reflejo de los miedos sociales, de las inquietudes y de todo aquello que sobrevuela el imaginario popular de la época en la que se realizan. Algunas es evidente que sí, y otras simplemente los convierten en una excusa para desarrollar el gore más violento posible. En ambos casos, sin embargo, los zombis han cambiado mucho hasta convertirse en algo distinto a lo que fueron originalmente, lo que no es necesariamente malo.

Los seguidores de este subgénero ya habrán identificado las películas de las que están sacados los fotogramas. De La noche de los muertos vivientes (1968) ya hablamos hace algún tiempo. En aquella época estos muertos que se levantaban de sus tumbas lo hacían con motivo de vertidos químicos y de fallidas pruebas con determinados productos. Con el paso de los años se ha hecho cada vez más evidente el mensaje de miedo a un posible tercer conflicto mundial del que se temía, ante todo, los efectos que las armas atómicas podrían tener en el ser humano. No era lo único, claro está, pues la presencia de estos cadáveres que se alimentan de humanos permitió a George A. Romero (Amanecer de los muertos) plasmar la tensión racial y social que alimentaba el subconsciente norteamericano.

Una vez superado el miedo, los zombis se convirtieron en la excusa perfecta para dar rienda suelta al descontrol de una criatura a la que se le auguraron muchos y fructíferos hijos. Más allá de la saga del propio Romero, que pasó de la noche al amanecer, del amanecer al día, y de ahí a la Tierra y a diarios audiovisuales de dudosa calidad, los directores empezaron a experimentar con otras formas de zombis, por decirlo de alguna manera. Propuestas como las de Posesión infernal (1981) o Re-animator (1985) son ejemplos palpables de la necesidad social de experimentar cada vez más con el nuevo producto, tal vez un poco agotado por las limitaciones narrativas de unos seres lentos e implacables. Experimentos, por cierto, que no solo indagaban en los orígenes y formas de estas criaturas, sino en los géneros con los que se las envolvía. Muchos puritanos pondrán el grito en el cielo por convertir en cinta de acción historias que deberían ser de terror, pero… ¿qué hay de comedias como Braindead (1992) o la propia Re-animator?

En cualquier caso, y dejando a un lado ese extraño experimento que fue Memorias de un zombi adolescente (que contenía, sin embargo, algunos apuntes interesantes a incorporar a la mitología zombi), el gran evento del año ha sido Guerra Mundial Z. En la crítica ya avancé algunos de los aspectos más interesantes. En efecto, estos muertos vivientes han dejado de ser cadáveres reanimados para convertirse en infectados, una de las vías de desarrollo experimentadas en los años anteriores (como el díptico formado por 28 días después y 28 semanas después). Más que infectados, los zombis son la representación física y a tamaño natural de una enfermedad, de una pandemia que lo único que busca es reproducirse en huéspedes sanos. Poco importa ahora el hambre de carne humana que existían en aquellos primigenios monstruos. Lo relevante es, ante todo, infectar a través de los mordiscos, propagarse como un virus. Por cierto, algo que se refleja en su forma de moverse cuando atisban un objetivo humano.

Pero, ¿qué representa esto a nivel social? Más allá del contenido del libro en el que se basa, el film de 2013 refleja uno de los mayores miedos a nivel mundial de los últimos años: las nuevas enfermedades. No hace falta remontarse mucho en el tiempo para recordar cómo el mundo se estremeció ante virus como el de las vacas locas o la gripe aviar (por cierto, alguno de ellos mencionado en la película). Y no son pocos los testimonios de expertos que afirman que las próximas guerras que se libren, sean por el motivo que sean, tendrán un importante componente biológico, algo que parece estar latente en el subconsciente social. Todo esto compone un contexto en el que la película de Brad Pitt (12 monos) encaja como un guante, ofreciendo además una radiografía bastante inquietante del comportamiento humano en momentos de crisis y solidaridad como los que se viven en la película.

El miedo a los espacios abiertos

Claro que todos estos aspectos no dejan de ser componentes del subtexto social que rodean a este tipo de historias. Lo que sí está claro para cualquier seguidor de este subgénero son los cambios físicos que se han experimentado en las películas, entre los que destacan sobre todo los espacios abiertos y la movilidad de los muertos. Este segundo siempre ha sido el más polémico, principalmente por la falta de información acerca de estas criaturas. Y me explico. Al comienzo de cada película casi siempre se ofrece una escueta información de los acontecimientos que dan lugar al levantamiento de los muertos. Durante los primeros minutos quedan patentes sus cualidades físicas y sus preferencias alimenticias. Pero lo que no suele abordarse es qué es lo que les hace moverse.

El cine ha pasado de presentarles como seres que tienen las funciones básicas para subsistir a criaturas que son capaces de cazar, violentas, rápidas e implacables. Decir que una versión es mejor que otra sería algo muy osado, pues normalmente cada una se adecua a las necesidades de la historia. El caso más reciente de los velocistas es la ya mencionada Guerra Mundial Z, mientras que de los impasibles tenemos la serie The Walking Dead. El hecho de que ambos casos convivan armónicamente me lleva a pensar que todavía estamos en un proceso de exploración y evolución de este tipo de historias que lo único que puede conseguir es una mayor riqueza mitológica.

El otro factor, el de los espacios abiertos, tal vez sea menos evidente pero mucho más significativo del cambio producido en el subgénero y en la sociedad. Por supuesto, los zombis siempre se han movido en espacios abiertos, pero las tramas de las películas más clásicas (y de algunos remakes como el de Amanecer de los muertos en 2004) transcurrían en espacios muy acotados: una casa, un centro comercial, una cabaña, … Las características de estos espacios, unido a la diversidad social y moral que se refugiaba en sus muros, permitía a guionista y director crear un microcosmos de denuncia social que destapase todas las miserias, miedos y envidias del ser humano. Los muertos vivientes se convertían así en una barrera infranqueable externa que obligaba a los protagonistas a enfrentarse a sus propios fueros internos.

Sin embargo, cada vez es más frecuente que los protagonistas se enfrente en campo abierto a estos seres. Casos como los de la serie basada en los cómics homónimos o el último ejemplo cinematográfico sitúan a los seres humanos en igualdad de condiciones que los zombis, es decir, a campo abierto y muchas veces sin armas. El miedo a lo que hay fuera, por tanto, desaparece (de nuevo, al igual que ha desaparecido el miedo a las amenazas externas) para convertirse en supervivencia. Supervivencia en un mundo donde todo, zombis y humanos, es hostil; donde cualquier debilidad, cualquier mala decisión, puede suponer la muerte o, aún peor, la conversión. En cierto modo, los zombis representan ahora los peligros de una sociedad en la que hay que ser el mejor para poder sobrevivir. O tal vez simplemente el que tenga más ganas de conseguirlo.

Casi medio siglo ha pasado desde que estos muertos vivientes comenzaran a poblar las pesadillas del imaginario colectivo. Al igual que otros monstruos, ha sabido evolucionar para no quedarse obsoleto. Una evolución que siempre ha estado marcada por las tendencias, miedos e inquietudes sociales de la época. Asegurar hacia dónde caminan estos seres es un ejercicio absurdo de elucubración, pues ni siquiera la sociedad sabe hacia dónde va en estos momentos. Lo que parece claro es que seguirá manteniendo ese afán por morder las pesadillas del ser humano para reflejar todo aquello que teme y que él mismo desconoce.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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