‘Hora cero’, personajes adimensionales en una serie circunstancial


Los protagonistas de 'Hora cero' se enfrentan al secreto de sus vidas.Si en el momento del estreno de una serie de televisión solo se emiten sus tres primeros episodios por falta de interés del público, algo extraño pasa. Desde luego, nada tiene que ver con lo extraño de su argumento, aunque sin duda influye en la percepción final del conjunto. Por eso había cierto interés en comprobar qué era lo que había ocurrido con Hora cero, nueva serie creada por Paul Scheuring, autor de Prison break, y de la que ahora mismo se están terminando de emitir sus últimos capítulos en Estados Unidos. Visto el conjunto, no es de extrañar la reacción de rechazo provocada. El producto no tiene, en líneas generales, ningún aliciente para enganchar al espectador. Su historia se centra demasiado en lo circunstancial para ocultar su verdadera naturaleza, pero es que además los personajes involucrados son extremadamente planos, simples y muy poco definidos.

De hecho, es este elemento el que más juega en contra de la serie a lo largo de sus 13 episodios. Cada uno de los protagonistas es tan arquetípico, tan tópico, que situarlos a todos ellos en medio de una conspiración religioso científica como la que centra la trama es poco menos que tarea divina. Y para muestra un botón. Pocos argumentos son tan aptos para los giros argumentales como este, y sin embargo las reacciones de los personajes a los descubrimientos que realizan son, por así decirlo, frías y distantes. Poco importa que de buenas a primeras el protagonista sea el centro de atención de dos grupos religiosos o que se convierta en la llave para encontrar una reliquia cristiana. Todo vale, y lo que es más importante, todo pasa como si fuese algo natural. Pocas cosas hay más dañinas en un guión que eso.

Para aquellos que no hayan tenido acceso a la serie, esta se centra en el editor de una revista que se dedica a desmontar creencias religiosas y mitológicas a través de pruebas científicas. Su vida da un giro de 180º cuando su esposa es raptada después de adquirir un reloj en un mercadillo. Dicho reloj desencadena una serie de acontecimientos que le llevan a descubrir otros relojes en los que está escondida la ubicación de una reliquia cristina. Durante su viaje descubrirá importantes secretos de su pasado y del de su esposa hasta llegar a comprender que en sus manos está la salvación de la Humanidad. Visto así, el argumento parece prometer una serie de elementos fundamentales como secretos, revelaciones sorprendentes e intrigas religiosas. En cierto modo es así, pero lo hace de un modo tan escueto que llega a resultar cansino.

El principal problema de la serie, al menos a nivel narrativo, es que nunca, ni siquiera en sus últimos instantes, se decide por una línea argumental concreta. La consecuencia más directa de este problema es la dilatación en el tiempo de conflictos que deberían quedar resueltos en un episodio, tal vez en dos. Por ejemplo, la búsqueda de los mencionados relojes, que no deja de ser una pieza del puzzle, se desarrolla a lo largo del primer tercio del producto, mientras que las revelaciones más importantes y relevantes acerca de los personajes principales se dejan para los últimos episodios a pesar de que la información se desvela poco a poco desde el segundo o tercer programa, generando una expectación intermitente al no ser mantenida en cada uno de los capítulos.

Da la sensación de que Scheuring no llega a decidirse nunca por entrar de lleno en la trama, aferrándose con pasión a acontecimientos secundarios de una historia que podría haber dado mucho más de sí, sobre todo si se atiende a algunos destellos originales relacionados todos ellos con la clonación, idea que prácticamente solo aparece al comienzo y al final de esta primera y única temporada. En cierto modo, le ocurre algo similar a lo que le pasó en la ya mencionada Prison break: la premisa inicial de la historia es interesante, pero el desarrollo no puede ir más allá de esa idea. La fortuna del thriller carcelario fue que contó con unos personajes muy fuertes dramáticamente hablando, aunque con todo y con eso perdió buena parte de su fuerza a partir de la segunda temporada. Lo malo de Hora cero es que ni siquiera puede presumir de personajes.

Actores sobrepasados

Valorar la labor de los actores se me antoja extremadamente difícil. No creo tener el derecho de denostar el trabajo de una serie de intérpretes que han hecho lo que han podido con unos roles adimensionales. Sin embargo, eso no les impedía aportar algo más a lo poco que había en el papel, algo que hubiese ofrecido más entidad a la incredulidad que generan sus papeles en las situaciones que se ven obligados a vivir. Desde su protagonista, un Anthony Edwards (serie Urgencias) cuyo rostro no termina por modificar sus expresiones ante la sorpresa o el dolor que sufre su personaje (a lo mejor es que ni siente ni padece), hasta secundarios como Jacinta Barrett (Poseidón), que hace lo que puede con un dilema moral mal extendido y entendido a lo largo de sus episodios, ninguno de los actores parece sentirse cómodo con su personaje.

En cierto modo, todos han sido sobrepasados por sus respectivos roles, pero en el mal sentido. Hay ocasiones en las que un personaje es tan sólido que un actor simplemente tiene que poner el rostro. En otras, empero, debe poner todo lo que puede para no dejarse arrastrar por la mediocridad de la definición en el guión. Este es el caso, y salvo el villano interpretado por Michael Nyqvist, el protagonista de la saga Millennium, ninguno de ellos es capaz de sobreponerse a la inmensidad de la plana dimensión de los personajes. Y esto ocurre con los personajes principales. No digamos ya con unos secundarios tan arquetípicos que podrían saltar a otra serie y otro contexto y pasar desapercibidos. Como decimos, el único que logra una cierta dignidad es Nyqvist, y tampoco es que pueda hacer mucho con un villano que comienza con cierta fuerza para desinflarse como un globo mal sellado.

A primera vista, la poca calidad de los personajes termina por provocar el tedio en el espectador, que asiste atónito a la impasibilidad de los protagonistas ante los fenómenos religiosos e inexplicables que se suceden. Unos fenómenos, por cierto, que según se da a entender al final de la esta temporada centrarían cada una de las ya inexistentes futuras temporadas. Ya lo hemos mencionado antes y lo volvemos a hacer. La idea en sí no es mala, tiene su público objetivo, pero la forma de realizar el tratamiento dramático ha sido errónea. La necesidad de pasar por los acontecimientos secundarios que acompañan la trama principal provoca la sensación de que no se quiere afrontar las dificultades que esta puede provocar, lo que obliga a pensar al final que tal vez esa idea básica no tenía la fuerza necesaria para crecer en un tratamiento posterior, algo que es más habitual de lo que cabría esperar.

Se puede considerar que Hora cero ha sido un experimento fallido, una idea que está bastante relacionada con su trama, por cierto. Y lo ha sido, al menos analizado a posteriori, por una falta de argumentos a la hora de desarrollar el conflicto principal, esa lucha religiosa que debería encontrar en esos 13 episodios el combate final tras siglos y siglos de confrontación. Lo que se narra, sin embargo, es la historia de un pobre hombre (y no debería ser así) que tan solo busca la historia de su vida… es decir, a su mujer secuestrada… quiero decir, conocer cuáles son sus verdaderos orígenes… Como decimos, ese es el auténtico problema. Las tramas secundarias son tan variadas y adquieren un protagonismo alterno tan remarcado que la serie se pierde en conceptos que, en otra situación, solo aportan solidez a un esqueleto que debería estar bien formado.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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