3ª temporada de ‘Juego de Tronos’, modelo de desarrollo dramático


Emilia Clarke en uno de los impactantes momentos de la tercera temporada de 'Juego de Tronos'.Aquellos que por un motivo u otro no vean la serie Juego de Tronos posiblemente piensen que lo que van a leer a continuación obedece a un criterio poco objetivo. Es posible. Aun así, no puedo encontrar otro calificativo para la tercera temporada de esta producción basada en los libros de George R. R. Martin que el de perfecta. Tal vez sea aventurar demasiado, pero es muy probable que estos 10 episodios sean estudiados por los futuros guionistas como el ejemplo más claro de lo que debe hacerse para generar tensión dramática e intriga, y sobre cómo guiar al espectador a uno de los momentos más dramáticos de los últimos años, tanto en cine como en televisión. Sea objetivo o no, analizando fríamente el desarrollo de la trama no cabe duda de que estamos ante uno de los mejores trabajos de la temporada.

Cierto es que el trabajo de David Benioff (Troya) y D. B. Weiss se basa en la evolución que presentan las novelas, pero no reside ahí la espectacular labor de estos dos guionistas. No, el trabajo de llevar a la pantalla tantas historias transcurriendo al mismo tiempo en lugares tan diversos y con personajes tan dispares es lo verdaderamente interesante, sobre todo si logran que capítulo tras capítulo esta producción con uno de los comienzos más hermosos de la televisión tenga coherencia e interés. Si a esto sumamos su capacidad para impactar al espectador, tenemos el plato perfecto. Y eso que tras dos temporada uno debería estar escarmentado. En la primera temporada fue el protagonista el que murió, interpretado por Sean Bean (El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo), dando un giro novedoso al final de la temporada. En la segunda fue una cruenta batalla la que modificó el rumbo de la trama en uno de los episodios más épicos y mejor rodados de la pequeña pantalla.

Sin revelar ningún detalle de esta tercera temporada, se puede decir que la complejidad dramática que se intuía al final de su predecesora queda más o menos resuelta en ésta, y como no podía ser de otro modo lo hace de forma brutal y sangrienta en una progresión rítmica muy, muy interesante. Muchos especialistas opinan que los primeros episodios poseen una cadencia algo lenta, sobre todo teniendo en cuenta cómo terminó la segunda temporada. Sin embargo, no debería ser interpretado como ritmo pausado, sino como reorganización del escenario. La serie se toma un tiempo precioso en situar a cada personaje en su sitio y con sus ambiciones. Desde luego, aquellos que esperen violencia tendrán que esperar, pero los que disfruten con los intensos y sibilinos diálogos se desharán en elogios hacia este comienzo.

La trama, como es lógico, evoluciona cada vez más hacia un enfrentamiento directo entre los principales personajes. Empero, no es esto lo relevante, sino el camino que cada uno recorre y cómo dicho camino desvela y define el carácter de cada uno de ellos. A través de diálogos, pero sobre todo de acciones y decisiones, los guionistas muestran al espectador un auténtico “juego de tronos”, una partida de ajedrez en la que cada participante mueve sus fichas. Un combate casi más estratégico que físico en el que lo relevante es la imagen que se proyecta sobre tus enemigos. Posiblemente el personaje que mejor refleja esto sea el de Emilia Clarke (Spike Island), la madre de dragones que se ha convertido en líder de un ejército casi perfecto a base de buscar la libertad allá donde va. Las espectaculares imágenes de los miles de hombres moviéndose y los alegatos contra la esclavitud del personaje evidencian un carácter que va más allá de la mera lucha por un trono hecho con espadas. Es una declaración de intenciones.

Un episodio 9 inmortal

El personaje de Nikolaj Coster-Waldau sufrirá un cambio en la tercera temporada de 'Juego de Tronos'.Pero si algo ha impactado por encima de cualquier otra cosa ha sido el episodio 9 de la temporada, llamado a cambiar el rumbo del relato al igual que hicieron los novenos capítulos de entregas anteriores. Si la temporada debe ser mostrada como ejemplo de evolución dramática, estos 60 minutos son el modelo para aprender cuál es la mejor forma de generar emociones encontradas en el espectador. El episodio posee todo aquello que en la teoría del guión se explica: una acción y una reacción, el paso de un momento álgido a otro lúgubre y viceversa. Benioff y Weiss llevan dicha teoría a su máxima expresión. Claro que no es menos cierto que los acontecimientos se nutren poco a poco de lo que ocurre en anteriores episodios, pero es sin duda la forma de contarlo lo que convierte a este Las lluvias de Castamere (así se titula el capítulo) en una pieza bella, inquietante y angustiosa como pocas.

Desde luego, Juego de Tronos es una serie que siempre se ha apoyado en la calidad de sus guiones. Pero eso es únicamente el esqueleto. La factura técnica y visual del conjunto se ha superado con los años, y ha alcanzado en esta temporada un grado muy elevado de perfección. Más allá de la integración de fotografía, escenarios digitales y espacios naturales, el diseño del vestuario, los detalles de armas y armaduras o los planos escogidos en muchas ocasiones ofrecen una riqueza formal que convierten a la producción en un proyecto único.

Con todo, sería injusto no repetir una mención especial a un reparto sencillamente brillante en todos sus aspectos. No pueden existir críticas para ninguno de los miembros, ni siquiera los secundarios. Cada uno en su medida, los intérpretes aportan veracidad y peligrosidad a sus diálogos. En la memoria quedan las conversaciones entre los Lannister, principalmente entre los personajes de Peter Dinklage (I love you too), llamado una temporada más a convertirse en una pieza clave, y el de Charles Dance (Templario), cuya sola presencia infunde el miedo que se le presupone. Por no hablar del odio que generan roles como el de Jack Gleeson (All good children) como el joven rey o de la evolución que sufren personajes como el de Nikolaj Coster-Waldau (Mamá), que ha pasado de ser algo odioso a convertirse en un ser humilde que incluso inspira lástima.

Ver en esta tercera temporada de Juego de Tronos una evolución de las regias luchas entre los Siete Reinos implica un acercamiento a la serie muy superficial. En efecto, entretiene mucho, muchísimo, pero no se limita simplemente a eso. Enamora, apasiona y, lo más importante, trata con un gran respeto e inteligencia al espectador. Cierto es que la proliferación de nombres puede inducir a la confusión, pero es un mal menor cuando se sigue la trama con cierta atención. Eliminada dicha traba, lo que se abre ante los ojos del espectador es un verdadero juego de inteligencia y astucia, una partida en la que los personajes no luchan por un reino, sino por emociones e ideales tan antiguos y humanos como la venganza, el odio, la libertad o la ira. Por mucha fantasía que atesore, la serie es en realidad un reflejo de las luchas intestinas más comunes del día a día. Y eso la diferencia del resto.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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