Primera temporada de ‘House of cards’, guía política para profanos


Kevin Spacey, Robin Wright y Michael Kelly son los principales protagonistas de 'House of cards'.Si nos paramos a pensar en los pros y los contras de cualquier producción de corte político uno de los temas recurrentes suele ser la complejidad de sus tramas, que se mueven en un entorno donde las intenciones suelen estar ocultas bajo rostros y palabras amables, y donde los personajes relevantes se multiplican de forma exponencial a medida que pasan los minutos. Tal vez por eso la serie estadounidense House of cards, nueva versión de la novela de Lord Dobbs que ya fue adaptada a la pequeña pantalla británica en 1990, resulta tan reveladora. Su frío y parco estilo visual no solo concuerda con ese mundo trajeado y encorbatado, sino que aporta a la serie el tono perfecto para poner en imágenes unas formas de pensar y de actuar tan frías, tan calculadoras, que por momentos inquieta la falta de humanidad existente en sus personajes.

Unos personajes, por cierto, que se convierten en el pilar fundamental de esta trama que sigue al congresista Frank Underwood, pieza clave en el partido demócrata y en el Congreso, en su personal venganza contra aquellos que le prometieron un alto cargo en la Casa Blanca sin que dicha promesa se llegara a cumplir. Más allá del protagonista, interpretado por un sensacional Kevin Spacey (American Beauty), lo que de verdad sostiene este castillo de naipes (que sería la traducción al español del título original) son las intrincadas tramas protagonizadas por los secundarios. La complejidad de, por ejemplo, la mujer del congresista (Robin Wright), la de su asesor (Michael Kelly) o incluso la de la reportera a la que utiliza (Kate Mara) aportan a las intrigas palaciegas un interés añadido por cuanto tienen de amenaza para los intereses del protagonista.

Los cursos sobre escritura de guión suelen comenzar la teoría asegurando que lo importante es el tema, y que este debe ser resumido en una frase. En el caso de esta primera temporada, que consta de 13 episodios, dicha trama se puede resumir incluso en una palabra, pronunciada además por el protagonista: venganza. Tan directo y tan claro como eso. El problema podría residir en que, como suele ocurrir en el thriller político, es un tema demasiado manido. ¿Dónde reside, pues, la originalidad? En su forma de interactuar con el espectador. Del mismo modo que hacía la versión de los años 90 del siglo pasado, el personaje de Spacey hace cómplice al espectador de todas sus decisiones a través de una interlocución directa a la cámara.

La serie convierte así al público en confesor y testigo de todos los pasos que se toman en las cañerías de la política, como también se menciona en esta producción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y producida por, entre otros, David Fincher (Seven). Y no solo eso. Gracias a este recurso tan poco ortodoxo en este tipo de producciones (en realidad, en la mayoría de ellas) cualquiera que no esté versado en el funcionamiento interno de la política puede comprender de forma aproximada cómo se mueven los intereses, los favores y las conspiraciones en un mundo que se antoja casi irreal. De hecho, podría ser una fantasía si no fuese por el hecho de que todas las decisiones, todas las medidas adoptadas, poseen un aura de veracidad tal que convierte el desarrollo del arco dramático principal en prácticamente una radiografía de este mundo. Desde luego, existen pocas concesiones a la ficción más pura, y muchas de ellas suelen ir encaminadas a reforzar al protagonista como un hombre capaz de cualquier cosa por obtener lo que considera legítimamente suyo.

Un tipo serio

No dejaré pasar más tiempo sin hablar del protagonista. Al igual que ocurría con la serie Boss, el personaje principal absorbe por completo la trama, los personajes y hasta la música. Su presencia es, sencillamente, apabullante. La forma que tiene de afrontar los problemas, amén de otras situaciones como su relación extramatrimonial con la periodista, le definen mucho más que sus propios objetivos. Es evidente que no sirve cualquier actor para dar vida a un ser tan complejo que es capaz de mantener un matrimonio casi como si de un acuerdo empresarial se tratara. Y tras ver los 13 episodios, da la sensación de que no podía ser otro que Spacey. Decir que nació para este papel sería exagerar y una falta de respeto al resto de su trabajo, pero sin duda hace una labor extremadamente detallista. Por momentos amado, por momentos odiado y otras veces comprendido, tal vez lo más interesante de este congresista es que en ningún momento engaña a la audiencia, de ahí la complicidad.

Empero, no es este un personaje invulnerable. Ni mucho menos. Estos primeros 13 episodios dan una idea de la cantidad de dificultades a las que debe enfrentarse para alcanzar su objetivo. De hecho, uno de los mayores aciertos de la trama es presentar al personaje como el hombre más inteligente del Capitolio para luego descubrir que toda su previsión sirve de poco cuando los secundarios adquieren vida propia y toman decisiones no solo ajenas a la trama principal, sino deliberadamente opuestas. Esta crisis del héroe es, posiblemente, el punto más débil de este primer arco argumental. Los ataques que recibe desde varias direcciones quedan resueltos con firmeza y coherencia, pero se mueven en terrenos algo irreales, o si se prefiere, menos reales que lo que se había expuesto hasta entonces.

A pesar de eso, no desencaja del conjunto, y eso es en buena medida gracias a las constantes muestras del carácter firme y arrollador que presenta el protagonista y que permite hacer creíble lo poco creíble. En realidad, todo se reduce a eso, al protagonista. Da igual lo mucho o poco que sepamos de su pasado (al que se dedica un capítulo entero, por cierto); da igual si sus acciones están más o menos justificadas. Lo que queda, lo que realmente permanece en la mente del espectador, es la idea de un hombre que consigue lo que quiere. Y es que, como se asevera en la trama, el poder no proviene del dinero, sino de cuántas almas tiene uno en su poder. El personaje de Spacey logra apoderarse de todas las de los espectadores.

House of cards podría pasar por otra serie más sobre política, pero eso sería despreciar muchas de sus virtudes, por no decir todas. La serie es un reflejo de las relaciones que se establecen en torno al poder. Unas relaciones en las que no cabe la amistad, el amor o la comprensión. Lo único que vale es el poder, la influencia y la manipulación. Algunos personajes de esta primera temporada no logran entenderlo, con su consecuente final fatal; otros logran evolucionar hasta creer que lo dominan; y otros, simplemente, nacieron para ello. La partida de ajedrez no ha hecho más que comenzar, y la anunciada segunda temporada augura muchos frentes abiertos para ese animal político llamado Frank Underwood. La duda no está en si llegará a caer. Lo que hay que preguntarse es qué se perderá por el camino para hacerle caer.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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