‘Hace un millón de años’, los dinosaurios revividos por Harryhausen


Los dinosaurios de 'Hace un millón de años' es uno de los elementos más atractivos del film.Antes de que Steven Spielberg revitalizara a los dinosaurios con Parque Jurásico (1993), y mucho antes de que los personajes creados por ordenador interactuaran con actores de carne y hueso, los efectos especiales debían nutrirse de las técnicas mecánicas y cinematográficas que fuesen necesarias para aportar el realismo necesario para generar las emociones propias de la escena. En este sentido uno de los grandes maestros fue Ray Harryhausen, cuyo fallecimiento en el día de ayer a los 93 años deja para la posteridad un nombre clave en el desarrollo de la imaginación y de la técnica cinematográficas. Desde Toma Dos, y a modo de homenaje, abordaremos uno de sus títulos más famosos, Hace un millón de años (1966), historia en la que humanos, dinosaurios y fantásticas criaturas se dan cita para narrar temas tan universales como la exclusión social, el racismo o el amor.

Vaya por delante que, desde un punto de vista puramente personal, considero que es el mejor trabajo de Harryhausen, posiblemente porque fue mi introducción al género fantástico y al mundo de los dinosaurios en mi más tierna juventud. Nostalgias aparte, es inevitable reconocer que la película dirigida por Don Chaffey (Criaturas olvidadas del mundo) ha adquirido con los años un aura de referente de género obligado si se quiere conocer de dónde provienen buena parte de los actuales realizadores. Sin ir más lejos, y salvando las distancias temporales y tecnológicas, la anteriormente mencionada Parque Jurásico debe buena parte de su imaginería a lo que cuenta esta trama que sigue las aventuras de un cavernícola que debe sobrevivir en una prehistoria casi mitológica tras ser expulsado por su clan. Durante su periplo conocerá a una tribu costera tan diferente a él que terminará por ser rechazado, no sin antes conocer el amor de una de las mujeres de dicho clan que le acompañará en su viaje para encontrar un nuevo hogar.

Que nadie espere encontrar un rigor histórico. Hace un millón de años es una aventura pura y dura, un relato que combina con eficacia drama, acción, ternura y diversión durante más de una hora y media. Y lo hace sin pronunciar una sola palabra en todo su metraje, algo digno de alabar no solo por la dificultad de transmitir el desarrollo de la trama, sino por lo que implica de cara al espectador. Podríamos decir que en la actualidad un proyecto así sería rechazado por el gran público, pero se me ocurren varios ejemplos recientes que rebatirían dicha afirmación. En realidad, esta película de aventuras prehistóricas es toda una declaración de principios: el arte cinematográfico es, por su propia definición, puramente audiovisual, no hablado. Si la trama se estructura adecuadamente los diálogos se convierten en un estorbo innecesario.

Y así ocurre en el film. Los momentos más determinantes de la trama, como la expulsión del clan o la evolución en la relación de los dos protagonistas, son fácilmente comprensibles simplemente con las miradas y los gestos. Un alarde casi teatral que en buena medida ha logrado sobrevivir con fuerza hasta nuestros días. Claro que ello es posible gracias al reparto, comenzando por una Raquel Welch (Los tres mosqueteros) impecable en su papel y en un biquini casi imposible, y continuando por John Richardson (El ojo en la oscuridad), Percy Herbert (Los cañones de Navarone), Robert Brown (Panorama para matar) y Martine Beswick (Desde Rusia con amor).

Caminando entre dinosaurios

Es gracias a los actores que los diferentes temas que aborda la trama, como son el rechazo social de los semejantes o el racismo ante aquello que no se conoce o de lo que se desconfía, logran un desarrollo lo suficientemente amplio como para emocionar al espectador en los momentos esenciales de la historia. Empero, este no es un film intimista, es evidente. No, lo más llamativo de la historia son, por supuesto, sus criaturas. Y aquí es donde entra la mano prodigiosa de un genio como Harryhausen. Gracias a la técnica de stop-motion, que consiste básicamente en grabar el movimiento fotograma a fotograma, el especialista logra sumergir al espectador en un mundo donde dinosaurios, tortugas gigantes y otros fenómenos fantásticos convivan y, tal vez lo más importante, interactúen.

Porque sí, los dinosaurios no se limitan exclusivamente a caminar por un fondo grabado previamente. Son numerosas las secuencias en las que el protagonista (y no solo él) debe enfrentarse a peligros que le superan en tamaño y número. Una épica del hombre contra la naturaleza (o si se prefiere, el hombre contra su destino) que ejemplifica en imágenes el duro camino interno que debe transitar un hombre prehistórico abandonado por los suyos en un mundo tan árido y arisco como desolador. En este contexto, las criaturas de Harryhausen, cuyos movimientos son, incluso hoy, dignos de alabar, se convierten en un elemento indispensable de la trama.

La interacción entre personajes y criaturas representa, sin ningún género de dudas, algunos de los mejores momentos del relato, como es la defensa con lanzas que debe hacer el clan costero ante la llegada de un dinosaurio que, por cierto, termina con la vida de alguno de los miembros. Dada su complejidad y la limitación de recursos de la época, es de admirar no tanto el realismo conseguido como la planificación de dichas escenas. Desde un punto de vista analítico la forma de mirar de los actores a las criaturas, o la forma en que estas reaccionan a la presencia de los personajes, es un alarde de técnica en una época en la que no existían ordenadores para analizar la dirección de las miradas o para renderizar las imágenes grabadas e insertar en ellas criaturas digitales.

Todo era manual. Todo era físico. Todo era real. Ese es, o era, el secreto del arte de Ray Harryhausen. Su labor era artesanía pura, paciente y detallista. Tres valores que pueden apreciarse en, por ejemplo, las luchas entre criaturas que se dan en Hace un millón de años, desarrolladas con un cuidado que actualmente sería casi impensable, entre otras cosas porque buena parte de las secuencias de acción están plagadas de planos cortos y cercanos que no hacen sino generar la confusión necesaria para crear adrenalina. Pero en 1966 la tensión y el drama de un combate debía lograrse con pocos planos, normalmente abiertos. De ahí la necesidad de crear algo perfecto y creíble.

El creador de los efectos de Furia de Titanes (1981) o Jasón y los argonautas (1963) era un maestro en esta técnica. No me refiero al stop-motion, sino a la creación de magia. Tal vez para entender esto es necesario ver sus films con los ojos de un joven que descubre el cine por primera vez, ajeno a efectismos digitales o a facilidades tecnológicas (con todo lo bueno que conllevan, por supuesto). En el Museo del Cine de Berlín se dedica una sala especial a sus personajes y a la labor de este artesano y artista, amén de otros iconos del cine. Tal vez esto nos permita hacernos una idea de la mente creativa que acaba de perder el cine. Por suerte, siempre podremos seguir disfrutando de sus mundos fantásticos.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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